Levedad. La luna se refleja, ondulante, sobre la respiración del mar. La oscilación de su destello es el único brillo que atraviesa la noche. Más acá, en la aspereza del mundo, la ciudad extiende su bostezo. A lo lejos, las gargantas de los pájaros recitan virtuosismos en éxtasis. La luna y las aves parecen danzar sobre un único misterio: ¿Cuál? ¿Cuál? En la danza que juegan la imagen y los cánticos, y como si de un enigmático ritual se tratase, la escena nos invita a fantasear con un cierto orden tonal y total, nos seduce a soñar con una voz integradora de disonancias y capaz de modular la impronunciable presencia de un principio superior. ¿Cómo ha de ser posible esa armonía de fondo en el curso de esta bifurcación de sucesos y de excesos? ¿Cómo han de resultar entretejidos el destello de la luna marina con el poseso silbido del ruiseñor al seno de una única experiencia? ¿Qué o quién ha de abrir y tender la mano para que el ojo pueda dibujar el canto recitado en la profundidad del oído? Quizás sólo se trata de esto: de la com-unidad de las formas, de una esencial topología con que los entes expresan su ser. Sí. Milenios antes de concebir el apriorismo sintético entre el concepto y la intuición, participamos en una fascinante y fantasmática com-unidad inmanente a la vida. ¿Participamos? ¿Quiénes? ¿Cuál conjunto de primeras personas participamos en dicha com-unidad sin nombre? Participación común de la vida en la vida, physis expansiva de la física más allá de cualquier mecanicismo, proliferación de especies sujetas a géneros increados y eternos en su organicidad; Kósmos liberado de su arché cuyo orden nunca nos será simplemente caótico ni plenamente determinado. Al fin, el ser siempre se ha dicho de muchas maneras.
Aldo Bombardiere Castro
Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: (El don del) Perdón
FilosofíaImperdonable
El perdón no tiene condiciones ni sentido. ¿Cuál sería el valor de perdonar a una persona por haber cometido un perjurio si tal acto fuese simplemente perdonable?
Sin embargo, a veces se da: adviene el acontecimiento del perdón. Podemos empeñarnos años en perdonar a alguien; podemos estar toda la vida intentándolo, disponernos sinceramente a ello, pero, finalmente morir sin lograrlo. Otras veces, no sabiendo bien cómo ni por qué, logramos perdonar a la persona que nos ha ofendido y, sin proponérnoslo, lograr lavar el dolor del rencor. En suma, no se trata de un logro propiamente tal, sino de un don, del acontecimiento de un don. Cuando acontece el perdón, irrumpe al modo de un don, de un acto, de una palabra performática que, sin tener sentido previo, instala un sobresentido nuevo, un sobresentido que renueva, lava y aligera los sentidos previos desde el intempestivo instante de su irrupción.
Aldo Bombardiere Castro / Trituradora
Filosofía, Política“Fue espantoso observarlo [a Von Neumann] saltando arriba y abajo igual que un niño sobreexcitado mientras trataba de ver por encima de la muchedumbre, frotándose las manos y mordisquéandose las uñas al sentir las vibraciones de aquella lenta procesión de instrumentos de la muerte, tal vez los mismos que luego arrasaron Europa, triturando los huesos de los vivos y los muertos, puntas de lanza de la tempestad de acero que los nazis desataron sobre el continente antes de comenzar el meticuloso exterminio de mi pueblo de todas las formas imaginables”
Benjamín Labatut, en Maniac
El pasado viernes 10 de mayo, ante el pleno de la Asamblea General de Naciones Unidas, el Embajador de Israel en dicho organismo, Gilad Erdan, de ascendencia rumana, introdujo en la Carta de Naciones Unidas en una trituradora eléctrica. ¿El motivo? La indignación israelí frente a la abrumadora mayoría de Estados (143 a favor; 25 abstenciones; 9 en contra) de acuerdo con la ampliación de derechos de Palestina en el seno de la ONU, haciéndola pasar desde el status de Estado observador no miembro a Estado miembro de derecho pleno. Como se sabe, esta resolución no es, de suyo, vinculante, pues requiere de la aprobación del Consejo de Seguridad, instancia donde las potencias occidentales y particularmente EEUU suelen hacer efectivo su derecho a vetar propuestas emanadas de la Asamblea. No obstante, desde la perspectiva simbólica brinda un apoyo considerable a la causa de autodeterminación política del pueblo palestino, y más aún en el contexto de la intensificación del genocidio que actualmente ejecuta Israel en Gaza.
Aldo Bombardiere Castro / Apuntes sobre geopolítica y extrañamiento
Filosofía, PolíticaGeopolítica
La noche del 14 de Abril, la República Islámica de Irán dirigió un ataque, directo y limitado, contra objetivos militares del Estado de Israel. Dicha acción fue ejecutada como represalia al atentado que, el 1 de abril, la entidad sionista había efectuado contra el consulado iraní en Damasco, cuyo resultado arrojó el asesinato de 13 personas. Este último hecho perpetrado por Israel, e independientemente de una serie de asesinatos selectivos, principalmente enfocados en militares ligados a los Guardianes de la Revolución, así como contra científicos iraníes vinculados al programa de desarrollo de energía nuclear del país persa, pareciera constituir, al menos en primera instancia, razón suficiente para que Irán haya materializado su represalia. Así, lejos de la narrativa mediática que le confiere motivaciones religiosas, el contraataque iraní debe ser entendido, a primera vista, como una respuesta ante este hecho puntual. Por lo mismo, tal respuesta ya había sido anunciada públicamente en conferencia de Ebrain Raisi, presidente de Irán, lo cual determinó el nombre de la operación: Promesa Verdadera.
Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: Donar-se
FilosofíaPese al ruido de la ciudad, advierto la oxidada circularidad de sus pasos. Me levanto del sofá y camino hacia el balcón. Desde allí la veo. La bicicleta tiembla tal cual lo hacen sus manos empuñadas al volante. Antes de estacionarse alza sus ojos, asiente levemente con la cabeza y levanta su mano en señal de saludo. Aunque no entiendo lo que dice, respondo casi por inercia: levanto ligeramente mi mano hasta sentirme ridículo e infantil. Noto que ladea la bicicleta apoyándola contra la reja del jardín y, con una lentitud muda pero dolorosa, interna su curvado cuerpo en el edificio. Ahí la pierdo de vista. Algo en ella me recuerda a mi madre. O quizás a mi abuela, quien fuera el primer cadáver que vi cuando, a la edad de cinco años, mi madre me alzó en brazos para obligarme a besar el cristal del ataúd: “tienes que desearle esos lindos sueños que ella te deseaba cada noche”, me dijo ella, mientras mi beso caía a la altura de los párpados mal cerrados de mi abuela. Los golpes de la puerta interrumpen ese recuerdo. Me apresuro a abrirla. Veo el rostro de la mensajera, su uniforme de la empresa de correo, ambos más ajados que nunca. Con todo, ella sonríe. Yo también lo hago. Entonces procede a entregarme los envíos. Extiende las cartas más pequeñas sobre la encomienda más grande, pero, retardando el ritmo, deja una pequeña carta para el final, y la coloca en mi mano realizando una exagerada parábola en el aire, como si con ese gesto buscara dibujar la prolongación de su sonrisa. Es un regalo, me dice sin hablar. Y mientras intento descrifrar el nombre del remitente, mientras me obsesiono por saber a cuál rostro refieren esos signos ininteligibles escritos por una mano temblorosa, el rostro de la anciana desaparece de mis pensamientos. Cuando lo noto, ya todo parece demasiado tarde. Ella se ha ido y, desde el balcón, sólo logro ver, a lo lejos, cómo el meta de su bicicleta refleja los primeros rayos del amanecer.
Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: Poema
Literatura, PoesíaExtendió su cuerpo hacia atrás con los brazos alzados sobre la cabeza. La silla crujió suavemente. Por fin había terminado. Tan sólo restaba el título: elegir un título directo y punzante, capaz de atestiguar la torrencial violencia de los versos. Se inclinó hacia delante, apoyó los codos en la mesa y sostuvo su frente con ambas manos. Esta vez la silla no crujió. Sorprendido, sintió que el pecho se le comprimía. Buscó respirar profundo y con lentitud, pero, en cambio, lo embargó un inesperado bostezo, como si recién hubiese concluido una intensa jornada de trabajo -cuestión que de alguna manera era cierta-. Sin quererlo, sus párpados cedieron y nublaron su vista, mas no el infierno de su alma: el dolor de cabeza le despertó la imagen de que su cerebro no encajaba con su cráneo. Mareado, se levantó de la silla. Caminó hacia el ventanal mientras la pantalla del computador se ennegrecía. Afuera, un atardecer salvaje y repleto de acuarelas fueguinas se mecía sobre la ciudad. En un arrebato de ingenuidad, acarició la idea de titular a su poema «Ocaso”. Pero dicho título pecaba candidez: necesitaba algo menos contemplativo, más ardiente y visceral, como la sed que nos desgarrará justamente el día después del último ocaso. De pie, encendió un cigarro y, tras aspirarlo solamente una vez, permaneció absorto hasta que terminó de consumirse. Pensó muchas cosas, quizás demasiadas, cosas que no cabían en el poema ni menos en su posible título. Pensó en sus hijos y, más disolutamente, en sus padres; luego pensó en el mar y en África; en Rimbaud, en Palestina y en Dios; pensó en todo eso mientras el crepúsculo proyectaba ante su mirada el propio apocalipsis de sus entrañas. Obviamente también pensó en su poema, el cual sin duda debía ser un gran poema (inmediatamente tras ese acto de pensamiento sospechó de la enunciación de la palabra “sin duda” en ocasiones donde ha de imperar la supuesta certeza de que lo enunciado no merece duda). Finalmente, antes de volver al escritorio, se convenció de que se sentía así precisamente gracias a la grandeza de su poema. Como una ráfaga delirante, justo cuando se sentaba, lo maravilló la súbita idea de pasar el resto de sus días a la sombra de esos versos intitulados: comprometerse con la tarea de encontrar un título a un gran poema, bien podía constituir el tema de una novela: justamente la carencia de título permitiría abrir la experiencia de un poema perfecto e infinito, capaz de brindarle sentido y cobijo, ebriedad y pan, regocijo y sobrevivencia hasta los confines de su vida y hasta el final del tiempo. Para él sólo eso era suficiente y necesario: la eternidad. Por ello, a la oscura luz de su intitulado poema se sustraía la amplitud de todos los horizontes: todo lo otro, lo fragmentario, el mundo con sus limitaciones, la promesa de Paraíso cuya función consiste en dilatar la llegada del Paraíso, los pecados que un día atormentaron a los hombres y el terror que ha mantenido a las bestias en calidad de bestias. Nada importaba en cuanto tal, ni siquiera él mismo importaba. En el fondo, tampoco importaba la eternidad, pues -recién ahora lo comprendía- nunca había existido fondo ni eternidad, ni lenguaje intocable ni conceptos vacíos. Todo era superficie: pliegues, despliegues y repliegues de una absoluta topología. Lo único importante era “éste aquí” ya sin nombre: una dicha en su anuncio creciente, un ocaso desraizado de la catástrofe, el advenimiento de un placer -desde ya- jamás culpable, el erotismo de unas formas liberadas y liberadoras de cualquier objeto. En fin, sólo importaba la conjunción entre lo ofrendado ante su mirada y el caleidoscopio de fantasías que se posaba sobre la piel del universo. Y por medio del incoincidente (o imposible) título de aquel poema, era la misma porosidad del universo la que no cesaba de respirar.
