Giorgio Agamben / Pensamiento e imaginación. Nuevamente sobre la inteligencia artificial

Filosofía, Política

El problema de la inteligencia artificial, sobre el cual hoy se discute no siempre con natural inteligencia, ha tenido en la historia de la filosofía occidental — como ya hemos tenido ocasión de mostrar aquí — un precursor: el intelecto único y separado del averroísmo latino. La analogía es tan estricta — un intelecto único y separado que piensa al margen de los individuos singulares — que puede incluso coincidir en la sigla que la expresa: Inteligencia Artificial – Intelecto Agente (como los averroístas llamaban al intelecto separado). Para los filósofos medievales, en esto más cautos que nuestros contemporáneos, el problema crucial era el del modo en que el intelecto único y separado se une (copulatur) a los hombres singulares, para que el pensamiento sea adquirido (adeptus) por el individuo y se pueda decir hic homo intelligit, este hombre piensa. El medio que permite esta unión era, para Averroes, la imaginación, de la cual nuestros contemporáneos parecen en cambio absolutamente privados. En la inteligencia artificial, en efecto, hic homo non intellegit, el hombre singular renuncia a pensar y delega la más preciosa de sus facultades a una máquina, que debería pensar en su lugar y mejor que él. Para seguir las instrucciones de este ineluctable maestro, la imaginación no es de ninguna utilidad (aunque incluso para aplicar una norma alguna forma de imaginación podría ser necesaria). Quizá el verdadero problema de la inteligencia artificial es que ha sido hecha posible por una pérdida general de la facultad de la imaginación, casi como si su advenimiento hubiera sido precedido por la instauración de una omnipresente imaginación artificial. Una humanidad que había perdido la imaginación estaba lista para privarse también del pensamiento (que, por lo demás, como ya enseñaba Aristóteles, sin la imaginación no es simplemente posible).

Tariq Anwar / La técnica y el pensamiento

Filosofía, Política

El despliegue de la técnica que caracteriza nuestra época oculta una paradoja que debemos pensar con urgencia. Aquello que se presenta como continua innovación y transformación no es, en su esencia más profunda, sino un dispositivo de conservación radical del mundo. Cada producto que la técnica – esa fusión ya indistinguible de ciencia y tecnología – arroja al mercado, no hace sino consolidar las mismas reglas de productividad que lo hicieron posible, perpetuando en un círculo sin salida la acumulación del capital. Lo nuevo es siempre lo mismo disfrazado de novedad. La máquina ha dejado de ser un instrumento entre otros para convertirse en el paradigma mismo de la existencia contemporánea. No es que usemos máquinas: es que la vida humana se ha vuelto indistinguible del funcionamiento maquinal. Trabajamos, amamos, pensamos según protocolos que replican la lógica algorítmica. El dispositivo técnico no transforma el mundo: lo conserva en una suerte de presente perpetuo donde cada gesto humano es inmediatamente capturado y devuelto como dato procesable.