Tras haber fracasado en detener un genocidio en Palestina, haber fracasado incluso en protestar (1) por el secuestro del presidente venezolano con acusaciones totalmente infundadas, (2) la instalación y aprobación de un gobierno títere en el país, (3) el sometimiento de Cuba a sanciones hasta casi su extinción contra la voluntad de una inmensa mayoría de los miembros de la ONU, (4) el lanzamiento de una guerra no provocada contra Irán, (5) la negativa a asegurar un acuerdo en Ucrania, surge una pregunta. ¿Para qué sirve la ONU? Y si la respuesta es que para muy poco, ¿por qué no abolirla y buscar otras soluciones más representativas? Mi modesta propuesta es abolir la ONU, vender el edificio comprado originalmente a Rockefeller y donar las ganancias a los países que lo necesiten.
Naciones Unidas
Paola Caridi / Orgullo colonial
PolíticaLos cinco siglos de nuestra culpa, la culpa occidental de haber colonizado el mundo, se convierten —para el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, en su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich— en la epopeya sobre la cual construir el futuro. «Durante 5 siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente se expandió. Sus misioneros, peregrinos, soldados, exploradores fueron más allá de sus costas para cruzar océanos, colonizar nuevos continentes, construir enormes imperios que se extendieron por el planeta.»
Es el orgullo colonial, versión Tercer Milenio, después de un tiempo en el que hubo una admisión de responsabilidad. Aquí, en cambio, en Marco Rubio y no solo en él, no hay ningún sentimiento de culpa, solo el sentido de la fuerza total que se manifiesta en clave militar, cultural, económica y también religiosa (cristiana), como Rubio explica ampliamente. Aplastar, imponer, definir. Debemos «construir un nuevo siglo occidental», dice Rubio en Múnich. Escalofriante, la frase y el lugar designado. El Olimpo occidental de Marco Rubio incluye a Mozart (¿la música o los bombones?), Dante y Shakespeare, Miguel Ángel, los Beatles y los Rolling Stones, como un compendio del Occidente estereotipado. Y precisamente en ese orden. Al final, el condimento lo forman las bóvedas de la Capilla Sixtina y las «agujas imponentes» de la catedral de Colonia. Horizontal y vertical, como la Cruz, en definitiva.
