Paola Caridi / Orgullo colonial

Política

Los cinco siglos de nuestra culpa, la culpa occidental de haber colonizado el mundo, se convierten —para el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, en su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich— en la epopeya sobre la cual construir el futuro. «Durante 5 siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente se expandió. Sus misioneros, peregrinos, soldados, exploradores fueron más allá de sus costas para cruzar océanos, colonizar nuevos continentes, construir enormes imperios que se extendieron por el planeta.»

Es el orgullo colonial, versión Tercer Milenio, después de un tiempo en el que hubo una admisión de responsabilidad. Aquí, en cambio, en Marco Rubio y no solo en él, no hay ningún sentimiento de culpa, solo el sentido de la fuerza total que se manifiesta en clave militar, cultural, económica y también religiosa (cristiana), como Rubio explica ampliamente. Aplastar, imponer, definir. Debemos «construir un nuevo siglo occidental», dice Rubio en Múnich. Escalofriante, la frase y el lugar designado. El Olimpo occidental de Marco Rubio incluye a Mozart (¿la música o los bombones?), Dante y Shakespeare, Miguel Ángel, los Beatles y los Rolling Stones, como un compendio del Occidente estereotipado. Y precisamente en ese orden. Al final, el condimento lo forman las bóvedas de la Capilla Sixtina y las «agujas imponentes» de la catedral de Colonia. Horizontal y vertical, como la Cruz, en definitiva.

Aldo Bombardiere Castro / Trituradora

Filosofía, Política

“Fue espantoso observarlo [a Von Neumann] saltando arriba y abajo igual que un niño sobreexcitado mientras trataba de ver por encima de la muchedumbre, frotándose las manos y mordisquéandose las uñas al sentir las vibraciones de aquella lenta procesión de instrumentos de la muerte, tal vez los mismos que luego arrasaron Europa, triturando los huesos de los vivos y los muertos, puntas de lanza de la tempestad de acero que los nazis desataron sobre el continente antes de comenzar el meticuloso exterminio de mi pueblo de todas las formas imaginables”

Benjamín Labatut, en Maniac

El pasado viernes 10 de mayo, ante el pleno de la Asamblea General de Naciones Unidas, el Embajador de Israel en dicho organismo, Gilad Erdan, de ascendencia rumana, introdujo en la Carta de Naciones Unidas en una trituradora eléctrica. ¿El motivo? La indignación israelí frente a la abrumadora mayoría de Estados (143 a favor; 25 abstenciones; 9 en contra) de acuerdo con la ampliación de derechos de Palestina en el seno de la ONU, haciéndola pasar desde el status de Estado observador no miembro a Estado miembro de derecho pleno. Como se sabe, esta resolución no es, de suyo, vinculante, pues requiere de la aprobación del Consejo de Seguridad, instancia donde las potencias occidentales y particularmente EEUU suelen hacer efectivo su derecho a vetar propuestas emanadas de la Asamblea. No obstante, desde la perspectiva simbólica brinda un apoyo considerable a la causa de autodeterminación política del pueblo palestino, y más aún en el contexto de la intensificación del genocidio que actualmente ejecuta Israel en Gaza.