Nabokov, en su libro sobre Gogol’, intentó definir qué es el pošlost’, la miseria barata y ruin en la que viven los personajes de ese inmenso escritor de cuyo abrigo, decía Dostoievski, «salimos todos». Del pošlost’, emblema, policía y, al mismo tiempo, encarnación es Čičikov, el inefable comprador de almas muertas, es decir, de aquellos siervos difuntos, por los que el amo seguía pagando el testatum, proporcionándoles así una especie de falsa supervivencia. No creo proponer nada descabellado al sugerir que Čičikov es para nosotros un símbolo de quienes hoy gobiernan -o creen gobernar- la vida de los hombres. Como Čičikov, manipulan y trafican, de hecho, con almas que ya están muertas, cuya única apariencia de vida es que ellas mismas pagan los testatis y compran los bienes de consumo que se les dice que compren. Poco importa, pues, que esas almas estén realmente muertas o que sólo lo parezcan a quienes las gobiernan, ya que lo esencial es que se comporten -y lo hagan bien- como si estuvieran muertas. «Sí, claro que están muertas», dice Cicikov de sus almas, «pero, por otra parte, ¿qué sacamos hoy de los vivos? ¿Qué clase de hombres son?», y al interlocutor que objeta que éstos al menos están vivos, mientras que sus almas no son más que una ficción, responde indignado: «¿Una ficción? ¡Pues sí! Si las hubieras visto… Me gustaría saber dónde encontrarías semejante ficción.