Mauro Salazar J. / Fondecyt bajo el Gobierno Emergencia. Métrica, servicios y tecnocracia

Política

Cuando el Presidente José Antonio Kast dijo que las investigaciones financiadas con fondos públicos terminaban en «libros preciosos, empastados, en la biblioteca», no cometió un desliz sino que realizó una declaración espartana contra el campo crítico. La frase no fue un infortunio medial sino su programa político explícito. Reveló, desde una tosquedad deliberada, el desprecio profundo por el conocimiento desinteresado, por la investigación que se niega a ser productiva en términos de ganancia, por todo aquello que no se pueda convertir inmediatamente en números, en empleos, en plusvalía extractible. Pero lo que José Antonio Kast dijo sin saberlo es esto: existe algo que el poder político no puede comprar, que no puede reducir a mercancía, que no puede traducir en la gramática del capitalismo cognitivo. Y eso lo asusta. Porque un libro precioso, empastado, en una biblioteca pública, es un síntoma de lo inapropiable. El líder de Republicano entiende perfectamente eso. Por eso lo ataca. Porque sabe que esos libros contienen preguntas que amenazan el orden existente, que contienen herramientas de pensamiento que pueden ser usadas para imaginar lo diferente. Porque comprende que la investigación humanista, la ciencia básica, la teoría crítica, son precisamente los lugares donde germina la posibilidad de cuestionar.

Mauro Salazar J. / El libro: la hoguera administrada. Desmemoria en Chile

Filosofía, Política

Preámbulo: «A veces 100 millones, 500 millones, para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno (…) Puede ser un gran estudio, pero no se tradujo en nada, en trabajo concreto para las personas.» José Antonio Kast, gira «Presidente Presente», Puerto Montt, mayo de 2026.

Esas palabras no son una opinión. Son una política. Cuando un jefe de Estado declara que el libro —ese libro «precioso, empastado, en la biblioteca»— no generó ningún trabajo concreto, no está pronunciando un juicio estético ni formulando una crítica al sistema universitario: está instaurando un régimen de valoración donde el agónico pensamiento crítico queda fuera de lo legítimamente financiable. La declaración toca al mismo tiempo la cultura, la universidad y el horizonte cognitivo de la ciudadanía. Son el mismo daño visto desde ángulos distintos.