Conozco el eco de la guerra desde que era un niño
de cinco años
cuando un cohete visitó el cielo de mi imaginación
Qué bien conozco la muerte
el sonido de la metralla cuando atravesó mi ventana
y rompió los sueños que estaban
colgados en mi pared
Conozco el eco de la guerra desde que era un niño
de cinco años
cuando un cohete visitó el cielo de mi imaginación
Qué bien conozco la muerte
el sonido de la metralla cuando atravesó mi ventana
y rompió los sueños que estaban
colgados en mi pared
En Ficción de la razón presentamos la serie de poemas visuales Las sombras del mundo de Tariq Anwar.
Bajo los escombros de Gaza
una mano polvorienta y sangrante se asoma,
apenas se mueve,
pese a las toneladas de odio y crueldad que le aplastan,
que le recuerdan y le enrostran
la infame impunidad de sus verdugos sionistas
y el descaro de este genocidio cometido a plena luz del día.
Extendió su cuerpo hacia atrás con los brazos alzados sobre la cabeza. La silla crujió suavemente. Por fin había terminado. Tan sólo restaba el título: elegir un título directo y punzante, capaz de atestiguar la torrencial violencia de los versos. Se inclinó hacia delante, apoyó los codos en la mesa y sostuvo su frente con ambas manos. Esta vez la silla no crujió. Sorprendido, sintió que el pecho se le comprimía. Buscó respirar profundo y con lentitud, pero, en cambio, lo embargó un inesperado bostezo, como si recién hubiese concluido una intensa jornada de trabajo -cuestión que de alguna manera era cierta-. Sin quererlo, sus párpados cedieron y nublaron su vista, mas no el infierno de su alma: el dolor de cabeza le despertó la imagen de que su cerebro no encajaba con su cráneo. Mareado, se levantó de la silla. Caminó hacia el ventanal mientras la pantalla del computador se ennegrecía. Afuera, un atardecer salvaje y repleto de acuarelas fueguinas se mecía sobre la ciudad. En un arrebato de ingenuidad, acarició la idea de titular a su poema «Ocaso”. Pero dicho título pecaba candidez: necesitaba algo menos contemplativo, más ardiente y visceral, como la sed que nos desgarrará justamente el día después del último ocaso. De pie, encendió un cigarro y, tras aspirarlo solamente una vez, permaneció absorto hasta que terminó de consumirse. Pensó muchas cosas, quizás demasiadas, cosas que no cabían en el poema ni menos en su posible título. Pensó en sus hijos y, más disolutamente, en sus padres; luego pensó en el mar y en África; en Rimbaud, en Palestina y en Dios; pensó en todo eso mientras el crepúsculo proyectaba ante su mirada el propio apocalipsis de sus entrañas. Obviamente también pensó en su poema, el cual sin duda debía ser un gran poema (inmediatamente tras ese acto de pensamiento sospechó de la enunciación de la palabra “sin duda” en ocasiones donde ha de imperar la supuesta certeza de que lo enunciado no merece duda). Finalmente, antes de volver al escritorio, se convenció de que se sentía así precisamente gracias a la grandeza de su poema. Como una ráfaga delirante, justo cuando se sentaba, lo maravilló la súbita idea de pasar el resto de sus días a la sombra de esos versos intitulados: comprometerse con la tarea de encontrar un título a un gran poema, bien podía constituir el tema de una novela: justamente la carencia de título permitiría abrir la experiencia de un poema perfecto e infinito, capaz de brindarle sentido y cobijo, ebriedad y pan, regocijo y sobrevivencia hasta los confines de su vida y hasta el final del tiempo. Para él sólo eso era suficiente y necesario: la eternidad. Por ello, a la oscura luz de su intitulado poema se sustraía la amplitud de todos los horizontes: todo lo otro, lo fragmentario, el mundo con sus limitaciones, la promesa de Paraíso cuya función consiste en dilatar la llegada del Paraíso, los pecados que un día atormentaron a los hombres y el terror que ha mantenido a las bestias en calidad de bestias. Nada importaba en cuanto tal, ni siquiera él mismo importaba. En el fondo, tampoco importaba la eternidad, pues -recién ahora lo comprendía- nunca había existido fondo ni eternidad, ni lenguaje intocable ni conceptos vacíos. Todo era superficie: pliegues, despliegues y repliegues de una absoluta topología. Lo único importante era “éste aquí” ya sin nombre: una dicha en su anuncio creciente, un ocaso desraizado de la catástrofe, el advenimiento de un placer -desde ya- jamás culpable, el erotismo de unas formas liberadas y liberadoras de cualquier objeto. En fin, sólo importaba la conjunción entre lo ofrendado ante su mirada y el caleidoscopio de fantasías que se posaba sobre la piel del universo. Y por medio del incoincidente (o imposible) título de aquel poema, era la misma porosidad del universo la que no cesaba de respirar.
Introducción y traducción de Gerardo Muñoz
(Nota introductoria). Publicado en Milán en 1959 por la editorial Schwarz Editore, L’erba bianca (1959) anuncia el despegue de la escritura de Giorgio Cesarano (1928-1975), poeta, traductor, mítica figura de la critica radicale a la altura del setenta italiano, y defensor de una insurrección erótica para emancipar a la especie de las formas de domesticación y automatismos de la fase más vengativa de la dialéctica civilizatoria. Los poemas de L’erba bianca (1959) registran un mundo en desavenencia. Recuerdo un intercambio de hace una década con Ricardo Piglia sobre un tema que le apasionaba – los “primeros libros” de autores – que para él guardaban algo así como el rumor de un balbuceo iniciático y la descarga de un “destino heredado” que permanecerá ajeno al escritor hasta el momento en que abandona la escritura. El misterio de la llamarada incandescente de la poética de Giorgio Cesarano gravita alrededor de una palabra de intensidad hiperbólica; un duelo a muerte entre palabra y existencia de camino a la lengua. Lo que arde en Cesarano, para adecuar mi analítica a una precisa tropología, no es la puesta de la palabra al servicio de una transformación del mundo, sino más bien el recogimiento de la lengua, ella también herida, en la imposibilidad de suturar la presencia en un mundo objetivado [1]. La poesía habita en una estela paradojal: cruzar esa quimera implicaría abonar la irradiación de lo ficticio del régimen cibernético (metástasis en la economía general de las mediaciones sociales); en cambio, ser un sonámbulo supondría someterse a la autorepresión de “los más crueles sicarios del nihilismo que te arranca de ti, para introducirse, como una cabeza de ganado, en el vagón de la carencia programada” [2].
Pérdida
Nacer en mi tierra natal
Pero sentirme como si estuviera en el exilio es la definición de pérdida.
Os digo esto, criminales
Quitadme la democracia
Que ha dibujado el insomnio de una masacre
En mis ojos
Dejadme una dictadura
Una mujer llamada Palestina
Con sus miradas, me tranquilizo
Que estoy presente y aún existo