Escribir sobre un genocidio, pensarlo a distancia y asumir que se trata de dolores indescriptibles que no podemos siquiera alucinar (delirar), implica tomar un vuelo ciego al fondo de un abismo que nos es extraño; es saber que se ingresa desde lejos a las pasiones humanas más deformadas, monstruosas; apostar por sumergirse en la grieta por donde se filtra el dar la muerte sin reparar jamás en el rostro de quién recibirá la bala, la bomba, la tortura; es asumir también que en la extensiva crueldad de los victimarios se reproduce la iterabilidad del espacio de realización para que la consumación del holocausto, del quema-todo (del incendio el incienso dirá Derrida), siga teniendo su espectacular, infausto y necrótico horizonte. Porque siempre se puede ir más lejos en el impulso tanático; impulso al que el afán colonizador devenido en una suerte de producción fordista de cadáveres no se le transparentará su omega, su fin, hasta que todas las huellas de un pueblo hayan sido borradas.
Gaza
Nadine Sayegh / Cómo Israel utiliza el biopoder y la necropolítica para controlar los cuerpos palestinos
Filosofía, PolíticaLa violencia contra los palestinos es una experiencia constante desde hace más de 70 años, pero el gobierno israelí ejerce un tipo particular de violencia contra ellos.
Biopoder es lo que el filósofo francés Michael Foucault utilizó para describir el modo en que «el Estado» controla la vida de sus ciudadanos a través de diferentes instituciones, como hospitales (centros psiquiátricos), prisiones, burocracia, control de fronteras/identidad y otros mecanismos.
De este modo, el Estado se hace con el control efectivo del cuerpo vivo mediante una combinación de fuerte vigilancia y regulación que puede dictar dónde, cuándo y cómo una persona utiliza su ser.
Rodrigo Karmy Bolton / Apagar la luz
Filosofía, PolíticaLa cuestión palestina deja todo demasiado claro. Tanto que ya no hay que explicar o indagar en torno a aquello que se oculta, se esconde o se vela, sino precisamente a aquello que se muestra, está al descubierto y no deja de desvelarse para nosotros. Nada está oculto, más bien todo resuena transparente. Véase Gaza. Hace años que todo el mundo la ve, que se sabe de ella, que se muestran sus mortales cifras y sus bombas que estallan de vez en cuando, cada vez de manera más cotidiana. Véase la situación de los asentamientos de colonos judíos. Hace años que todos vemos cómo despojan a los palestinxs de sus propiedades, cómo los bulldozer, sus milicos y los tribunales de justicia israelíes, impulsan la colonización y expulsan a lxs palestinxs de manera sistemática de sus hogares. Véase la situación general de la Palestina histórica: hace 75 años que hemos contemplado un proceso de aniquilación, expulsión sistemático y ocupación, con resoluciones internacionales a la vista, con mapas disponibles, con informes internacionales de derechos humanos absolutamente a mano. Véase el muro construido en 2003: no sólo está a la vista de todxs, sino que mide 9 metros de alto (más que el muro de Berlín que medía 3) para que sea visto, y lleva más de 800 km de largo. Los tribunales han declarado su «ilegalidad» y, por supuesto, esto tampoco está oculto, sino expuesto a vista de todxs. Véase los 4 últimos meses de intensificación del genocidio sionista sobre Gaza: todos los días -pero todos los días- tenemos con relativa exactitud las cifras de los asesinados y sus algoritmos de la muerte. Todos los días sabemos de la destrucción de infraestructura crítica, hospitales, escuelas y universidades. Incluso, se nos ha mostrado el video de una Universidad –varias en realidad- hecha estallar por explosivos israelíes. La cuestión palestina no es una situación en la que se «oculte» algo, sino en lo que está todo a la “luz del día”. Explicar la transparencia, desafiar el encandilamiento de Palestina, he aquí el trabajo político-intelectual, el asunto crítico a desmantelar, la luz que tenemos que apagar si queremos pensar.
Aldo Bombardiere Castro / Con-tacto: sentires desde Gaza
Filosofía, PolíticaHay dos tipos de judíos: los que reaccionaron ante el inenarrable horror del holocausto jurando que harían todo lo posible para que semejante cosa no se repita jamás a nuestro pueblo; y aquellos que sacaron como lección de ese trágico acontecimiento que deberían hacer todo lo posible para que aquello no le ocurra jamás a ningún pueblo en ningún lugar del mundo. (Testimonio de Joe Murphy, recordando las palabras de su madre judía, en versión de Edgard Morin)
Absortos frente a la pantalla, nuestros ojos rozan la transparencia de un límite que nos mantiene a resguardo. Lejos de Gaza, sin embargo, sabemos que la causa palestina se trata de una extraña e innombrable conjunción entre solidaridad y deber: somos impulsados y nos obligamos actuar para frenar la hiperrealidad de una injusticia que nos desmorona a pesar de aquel límite transparente de la pantalla. De ahí que, muchas veces cayendo en real desesperación, compartamos una avalancha de videos por redes sociales.
Tariq Anwar / Una vida
LiteraturaUna vida. Una niña. 7 años. Vivía en Gaza. Ahora no vive. Su cuerpo fue destruido por una bomba israelí. Una vida. Miles de palabras. Cientos de noches en que soñó sin recordar. Le leían cuentos por las noches. Repetidos, siempre los mismos. Le gustaba. Sobre todo disfrutaba ese último toque en la nariz que su padre le daba antes de dormir. 7 años. Ahora no vive. Su cuerpo está destrozado. Costó identificarla. Fue por su vestido. Una ropa que le regalaron para su cumpleaños. Le había quedado grande, pero le gustaba. Vivía en Gaza. Ahora no vive. Tenía cinco primos y tres primas. Vivían con ella. Vivían en Gaza. Ahora no viven. Sus cuerpos fueron destruidos por una bomba israelí. Había miedo. Sonidos de drones. Ambulancias. Pero le gustaba ese último toque en la nariz antes de dormir. Le leían cuentos en las noches. Siempre los mismos. Ahora no vive.
Gerardo Muñoz / Nombre y libertad
Filosofía, PolíticaEn el otoño de 2020, discutimos un libro de Rodrigo Karmy titulado Intifada: una topología de la imaginación popular (2020), que reparaba en las implicaciones que conllevan las formas de las revueltas contemporáneas para la imaginación común. Se ha dicho con buenas razones que los controles administrativo-sanitarios desplegados durante la pandemia de COVID-19 neutralizaron el ascenso de revueltas surgidas del descontento experiencial al interior del tejido social. El desgaste y la domesticación de la experiencia probaron, al menos por ahora, su eficacia sigilosa así como su éxito unilateral. Sin embargo, lo que algunos de nosotros no vimos en ese momento fue que esta energía de contención prolongada también se estaba aplicando a la sustancia misma del lenguaje. Esto ahora se ha hecho ostensible, a raíz de los recientes acontecimientos en los campus universitarios donde autoridades administrativas, escritores de opinión y analistas legales han sugerido que una palabra en particular, “intifada”, debería proscribirse y borrarse de la vida universitaria. No vale la pena considerar aquí la etimología, el alcance semántico o el despliegue político de este término —para esto ya existe la elegante y densa articulación del término elaborada por Karmy.
