Javier Agüero Águila / Despertar oriental (El jardín de Baudelaire)

Filosofía, Poesía

Desperté pensando en Las flores del mal. No hay nada que pudiera, al menos de manera consciente, indicarme por qué esta fijación que estuvo ahí desde el primer momento de la madrugada, cuando abrí los ojos a las 4 a.m., me levanté, preparé el café y me puse a escribir. No recuerdo ni que Baudelaire, ni que las flores o que algo malvado se me haya aparecido en algún sueño, o tal vez simplemente no lo recuerdo.

La cuestión es que no pude sacudirme a Baudelaire de la cabeza y lo primero que hice después de mi rutina (a la que me aferro y me salva), es ponerme a leer Las flores del mal, frenéticamente, sin parar, sin dejarme tentar por la torpeza de analizar cada poema; solo sintiendo el navajazo de la palabra; la misma que es estremecida por la desmesura, por el mundo fuera de las prescripciones y el folclor de la época, por la expulsión de toda liturgia. Sobrecogido, claro, por el pálpito de una belleza insondable y condenada que no nos llevaría, en principio y si leemos a Baudelaire en serio, a nada “normal” (“Expón tu alma al peligro y puede que sobrevivas como poeta”, escribió alguna vez Jim Morrison).

Javier Agüero Águila / “La transparencia del mundo”. George Bataille y un apunte sobre el amor

Filosofía

Solo un título contiene la palabra “amor” en toda la obra de George Bataille. Se trata de un ensayo corto de 1952 titulado El amor de un ser Mortal (L’amour d’un être mortel). Sin embargo, y no es nada nuevo, el amor es un motivo presente en toda su filosofía y en toda su literatura.

Escribe Bataille en El Erotismo (1957): “El ser amado es para el amante la transparencia del mundo. […] Es, en todo caso, el ser pleno, ilimitado”.

El pasaje es de una gran intensidad filosófica y también poética. No se trataría únicamente de que en el amor sean dos seres los que están puestos en juego en el corazón de un devenir precipitado; tampoco, por cierto, solo de la radicalidad situacional de un yo de cara a una existencia que se le revela a través del otro, ahora, inmensa e inabarcable. Sobre todo, lo que se emplaza, es una transparencia también radical. No se habla de esta o aquella transparencia específica que adecúa nuestras percepciones y nuestra contingencia, sino que una a través de la cual lo que se trasluce es “el” mundo. Aquello que se ama se devela como una zona de tránsito en la que el ser se abre a la infinitud de un mundo en cual el yo entra en desacato con la discontinuidad, sintiendo la plenitud de ese mismo infinito irradiar a través del otro que nos permite acceder por un instante a lo continuo perdido.

Javier Agüero Águila / Llámenla locura o digan filosofía

Filosofía

A Valeria Campos,

por su amistad sincera

en tiempos de desapariciones

1. La filosofía es una forma de locura y, como toda locura, lo es en su singularidad. No se pretende en este breve texto –no se puede– ir más allá de lo que ya se ha escrito sobre este “tópico” a lo largo de la historia del pensamiento (Sócrates, Descartes, Voltaire, Nietzsche, Foucault, Derrida y el largo etcétera), sin embargo, en este intento de buscar lo irreductible, de la insistencia en aquello que no permitiría ninguna hendidura más en la razón; o tratando de explorar la experiencia de la no experiencia en lo hiperbólico, en el exceso del exceso por encima de cualquier presente no-loco sino situado, es que la filosofía, en su momento, ahí donde “actúa”, está loca, y solo un loco o loca podría asistir esta condición.

Javier Agüero Águila / Decir izquierda

Filosofía, Política

1. Marguerite Duras, en un texto de 1980 titulado Los ojos verdes describía –con su laconismo tan propio y genial– el discurrir de su tiempo, o al menos de lo que ella experienciaba como su pasar por el mundo:

El enrarecimiento de la actualidad y de la simultaneidad de uno mismo y del mundo se hace sentir cada vez más… ¿Y qué puedes hacer tú? Todo es distinto y, sin embargo, el truco está ahí. Tú sólo tienes que mirar, ¿entiendes?”.

El pasaje es desestabilizante a la luz de un individuo perplejo que no es capaz de definir su experiencia; la realidad rara, bizarra a los ojos verdes de quien la resiente como pura extrañeza, al tiempo que se concibe a sí mismo como una individualidad simultánea que se coordina con las variaciones también ingentes de una mundanidad revuelta. En breve, Duras nos habla de un individuo disuelto en una multiplicidad de roles exigidos por una existencia subordinada a la indefinición, atonal y sin rasgos; a no ser esto o aquello, sino, más bien, a quedar vacío en el tinglado infinito de posibilidades que se desparraman en el tartamudeo de las indecisiones, de lo indecible, de lo que no dispone de una secuencia básica que entregue una forma de habitar la vida; de existir más allá de solo vivir como resorte biológico natural.

Aldo Bombardiere Castro / Mutación, fantasma, gesto. Palabras a Futuro Anterior. Apuntes sobre un tiempo mutante de Javier Agüero Águila

Filosofía

Dentro del cuerpo de esta obra, el término “mutación” se encuentra escrito, a lo más, en dos ocasiones. En ambas, no cuenta con mayor relevancia, cumpliendo una función adjetivada (“mutante”), es decir, un rol descriptivo de un sustantivo. Sin embargo, en la Nota que antecede -e ilumina- al cuerpo de la obra, su relevancia es crucial. Extraído y desplazado desde el ámbito biológico, constituye una suerte de signo hermenéutico, el cual, de manera tan crítica como sensible, tan filosófica como poética, permite articular el conjunto textual, por así decirlo, a partir de una profundidad oculta. La operación de lo mutante, en efecto, devendría espectral, siendo capaz de desplegar variaciones reconocibles pero impronosticables en su aparecer. Su esencia (en caso de tenerla) consistiría en desencializar la ontología metafísica de lo destinal: el telos de cada organismo resulta derogado, mas no negado, por el azote de la mutación. Al decir de Javier Agüero Águila, lo mutante “es un clinamen, una degeneración, una nueva especie de la especie madre, o bien, el reflejo deformado de nuestras certezas más fosilizadas.” Y acto seguido, agrega acerca del mismo concepto:

Javier Agüero Águila / La paz no existe

Filosofía, Política

La paz no es el antónimo de la guerra, por el contrario, es su mímesis. El espacio en blanco (su sangría) que la antecede.

¿Qué paz? ¿hay diferentes formas de paz o la inmensidad de su significado se abrevia en su puro singular? ¿Desde qué lugar hablamos en el momento en que nos dirigimos a ella? ¿es posible ir directo a la paz, sin desvíos, sin permutar nada, sin conceder la más mínima alteración de nuestra pulsión pacifista? O, por el contrario ¿estamos determinados a destruir todo a nuestro paso mientras nos enrolamos en su búsqueda frenética? La paz no existe, nunca, es una esterilidad histórica y culturalmente falsa; se trataría de que en su nombre todo lo que la humanidad ha perseguido no es más que la expansión y subordinación de un grupo humano por sobre otro. La paz no existe, no es, y toda su gramática y tradición que deviene de un cierto eco judeo-cristiano no se correlaciona en nada con la constatación histórica del sometimiento que urge y exige.