El lenguaje, como todos sabemos, ha sido objeto de una enorme operación que ha cambiado el destino de los humanos. Sobre él se han montado miles de estrategias, acaso la historia de las lenguas no se a otra cosa que una historia de estrategias sobre ellas. Pero ninguna se compara en su intensidad, violencia y capacidad de abarcarla como la que estamos presenciando hoy. Presenciarla, es decir, de algún modo vivir la transformación del lenguaje a tiempo real, es decir en el habla y en la escritura, nos pone ya en una situación muy difícil. Porque la transformación del lenguaje, de mi lengua que no es mía como dice Derrida, pero al mismo tiempo de todas las lenguas, incluso las que no alcanzo a imaginar, vuelve difícil siquiera decir hasta qué punto no puedo sino hablar desde esta operación, esta estrategia.
Esto, como todas las cosas humanas, tiene una genealogía. Y como toda genealogía es gris, porosa, necesaria de ser leída a contrapelo. No se puede sino estar agradecido de los europeos que en su momento supieron leer el funcionamiento del poder a pesar de las capas y capas de estrategias lingüísticas que se vertían sobre ellos. Estoy pensando en Adorno, en Foucault, Derrida y en Hamacher, figuras que hoy sería raro que provinieran de una Europa incapaz de pensar, salvo excepciones, sobre sus propias condiciones de existencia. Pero en ellos, que vivieron la emergencia y las consecuencias del fascismo de muy cerca, hay una comprensión que necesariamente anuncia lo que hoy aparece como lenguaje.
Porque hay una traza de racionalidad instrumental. Una orientación de las lenguas hacia lo útil en la medida en que el capitalismo se convirtió en la única forma de vida planetaria. Lenguas productivas, sin poesía, de bordes definidos, reductoras de toda complejidad. Lenguas que no son capaces de salir de ellas mismas, de operar desde la exterioridad que hace toda lengua. Sí, racionalidad instrumental impuesta sobre las lenguas. Pero también veridicción. No se trata simplemente de lenguas útiles, que olvidan lo que ellas mismas podrían ser, sino lenguas que se afirman y despliegan como verdad, lenguas que ejecutan lo dicho y cierran el paso a toda ambigüedad. Ocurre como si el argot de una disciplina muy estrecha de miras, como el diccionario del derecho, se hubiese convertido en la lengua universal, en el modo oficial y único de articular las palabras.
No hemos tomado el peso suficiente a que el lenguaje sea reducido a la sintaxis de las máquinas. Y no podemos hacerlo del todo, porque las máquinas hablan precisamente el lenguaje que les hemos enseñado. Lengua de paper, inmóvil, tan poco inocente como tremendamente insulsa. Las máquinas simplemente lo hacen mejor si la base de nuestro lenguaje es la estandarización. Ellas son la realización del capitalismo y su fuerza de homogenización. De modo que debo corregir si en algún momento se ha pensado que esta operación del lenguaje viene desde fuera. Todo lo contrario, es una operación que viene tan desde dentro del lenguaje que así mismo se cierra sobre sus propios estrechos límites y excluye todo afuera.
¿Qué es lo diferente ahora de hace cincuenta años? ¿cuál es esta operación sobre la lengua, esta estrategia, que rompe incluso, y continúa en cierto modo, con la razón instrumental? ¿Donde se produce la transformación epistémica –porque hablamos de una relación de saber y poder cuando hablamos de lenguaje– que nos sitúa en una trama como esta? Veo a los niños israelíes firmando bombas para que caigan sobre otros niños pero de Gaza, veo en el genocidio en Palestina las fosas comunes, los cuerpos quemados, los jóvenes mutilados, las mujeres asesinadas a sangre fría. Y veo también a Abelardo de la Spriella paseándose como orgulloso jefe de Estado en medio de cadáveres metidos en bolsas, veo a Trump mintiendo una y otra vez sabiendo que el poder como se entiende ahora, permite la mentira sin consecuencias (solo más likes). ¿Cuál es, insisto, el punto en el que las lenguas se unifican en una sola y se abren a estas posibilidades? Digo punto a sabiendas que el problema es genealógico, es decir, que no hay un punto, sino quizás una línea, una traza, una huella y, por tanto, ya estoy diciendo que la respuesta será parcial, sin remitirse a un origen que sin embargo hay que perseguir.
Mi respuesta parcial, incompleta y, como me permite la lengua que intento hablar, aventurada, es que aquello que las lenguas no pueden controlar, esa otra cosa que la lengua misma que funciona sobre la lengua, ha detectado el fin del mundo. No se trata de la llegada de un mesías, ni de un tiempo que resta sin esperanza. Es sólo que el fin del mundo indica el cierre del lenguaje en una única lengua. Esto es tentativo, insisto, pero especulemos con una posibilidad, que en sí misma, en tanto que abre lo posible, ya pareciera escapar a la lengua única. Se trata de lo siguiente. El lenguaje pareciera no pertenecer a ningún individuo en particular (por tanto tampoco a un determinado pueblo). Se mueve constantemente como una fuerza difícil de capturar. Y, sin embargo, el poder se trata precisamente de eso, de crear formas de captura, incluso de manera más simple, de crear formas al interior de una lengua. El poder actúa cada vez para producir lo que es posible de ser nombrado. Pero al hacerlo, siempre ha quedado una suerte de umbral que es el que hace posible que un pensamiento concreto efectivamente acontezca. Ese umbral es una zona de indeterminación para usar un concepto agambeniano. Una zona de indeterminación me parece un buen nombre porque da una suerte de referencia espacial que abre lugar al acontecer del pensamiento y, asimismo, como indeterminado se encuentra en el límite de las formas, en la posibilidad tanto de la determinación (por ejemplo en habla o en silencio) como en su suspensión o variación o desplazamiento.
Si la operación del poder es la captura de ese umbral, ninguna herramienta o máquina, hasta ahora, lo ha conseguido del todo porque en gran medida la suposición que había mediado el actuar del poder respecto a los individuos es precisamente que estos piensan y lo hacen de manera autónoma. Si ese es el caso, y esta es una cuestión cara a Tomás de Aquino, a Descartes y a Kant, el poder ha de funcionar como una máquina de captura del alma, asumiendo, por ejemplo, un rol pastoral o panóptico. El forzar al alma a que se regule implica suponer que existen individuos cuyo pensamiento propio debe ser regulado. Lo que es particular de la nueva estrategia del poder es que ella surge del reconocimiento de que el pensamiento no pertenece a los individuos. Estos ahora, son pensados como lugares vacíos que deben ser colmados. No se trata de guiar a la razón (por ejemplo, volviéndola instrumental), sino de producirla incesantemente desde afuera. Lo que se captura, y en esto la Inteligencia Artificial es sólo paradigmática, es el umbral de indeterminación, de modo que los individuos sólo pueden habitar el lenguaje a partir de una única lengua que puede ser automatizada.
En este punto, y retomo entonces, para el lenguaje, que en última instancia nunca puede ser del todo dominado, ni absolutamente delimitado, la captura parcial de la zona de indeterminación entre el hablante y su lengua producirá, como ocurre con el derecho, la ciencia y el mercado, una fuerza fantasmática que lo desbordará. Quisiera imaginar a ese fantasma como el comunismo, pero es muy probable que al alcanzar la relación misma del lenguaje con el humano, lo que se despliegue sea más bien la consciencia del lenguaje de su propio fin en tanto proyección de mundo. Una pequeña probabilidad, enuncio, de que el lenguaje se repliegue a un lugar mucho más profundo, acaso inexpugnable, donde su posibilidad se reduzca a la mínima expresión. En ese fin de mundo imagino al lenguaje adquiriendo una única forma. La relación inversamente proporcional a lo que Abdelfatah Kilito enunciaba como «hablo todas las lenguas pero en árabe». Ahora, cabe la posibilidad de que el lenguaje hable una sola lengua a la que le sea indiferente el idioma. En esa lengua imagino a De la Spriella caminando entre cadáveres para convertirse en una imagen exitosa; a los niños israelíes firmando misiles para destruir a los niños de Gaza; a los algoritmos anticipando e interpretando cada movimiento, cada palabra, cada microgesto de nuestros rostros; a los algoritmos asesinando tras cada movimiento en falso, cada microgesto de nuestros rostros anestesiados.
Pero imagino también, por qué no, un azote fantasmal de las potencias que el lenguaje mantendrá inaccesible a la captura. Un lenguaje que mezclando las lenguas, como siempre ha sabido hacer, vuelva inoperante la forma única de la lengua. A una lengua única, la lengua del fin del mundo, sólo se podría oponer una lengua abierta, receptora. Una lengua expuesta, contaminada, que contamine, a su vez, cada recoveco de la lengua del poder.
No lo sé. Es sólo un tanteo para poder seguir pensando.
