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En un momento en el que ningún proyecto de reforma ha sido aun publicado, ningún documento sometido a análisis, ninguna negociación oficialmente iniciada, indicaciones fragmentarias han sido de un tiempo a otro liberadas a la prensa. Ellas conciernen solamente los principios rectores de una “ley de orientación del sistema educativo”. Estos principios parecen estar ya definidos. Se conocía así, en sus grandes líneas formales, la organización general de la enseñanza primaria y secundaria. Fue el tema de aquello que el ministro llamaba el primer “paquete”[1]. Abandonada a comisiones de las que no se sabía cómo serían constituidas, más precisamente designadas, la definición de los contenidos de enseñanza fue brutalmente disociada y subordinada. Ella deberá seguir: en un tercer “paquete”, se dice nuevamente, “actualizado y adaptado”. Todo ocurre como si se hubiera querido sustraer el proyecto de un auténtico examen –sistemático y crítico– y desmovilizar, por astucias de procedimiento, una oposición de la que se tienen buenas razones para temer. Los modos de elaboración (o de improvisación), de publicación (o de ocultación) de un proyecto así de serio convocarían ya, por sí solos, a un análisis vigilante.
En esta ocasión me hallo en la feliz circunstancia de presentar un libro escrito por un filósofo que invita a liberar la potencia común de pensar en la materialidad del encuentro, al fragor de las luchas del presente, en la apertura de un poema del pensamiento que desbarata la ficción soberana del “yo pienso” en su misma praxis. En el pensamiento de Rodrigo Karmy alienta una urgente y decisiva interrogación ontológica por el vínculo entre vida y forma. Se trata de una aguda y persistente pregunta por la íntima relación entre imaginación y violencia, enfocándose en la configuración de esa curva monstruosa que va desde la potencia común de lo viviente hasta la potestad soberana y gubernamental que, en su hipérbole nihilista, captura a la vida en una ecología sacrificial.
El presente artículo busca mostrar que el estatuto de la música en la obra de Jacques Derrida propone una problematización rigurosa de la figura de la auto-afección. Si esta última encuentra en la voz su modelo ejemplar, en tanto espacio en el cual un sí-mismo garantiza la estabilidad de su presencia, la formulación derrideana de la música como experiencia de una apropiación imposible sugiere una reformulación de la voz auto-afectiva. La auto-afección, como posibilidad de una subjetividad, ya no sería un espacio homogéneo y cerrado sobre sí, sino un espaciamiento que instituye e impide a la vez el monólogo de la voz.
Donde se localiza lo risible musical en las relaciones que el compositor establece con su propio material de trabajo, en la gravedad o en el peso relativo del efecto sonoro, con el que se logran divertimentos y humoradas para el oído del que escucha y placeres insospechados para el cuerpo atento y sorprendido por el recorrido musical; y donde finalmente, tras analizar diversos ejemplos, se propone una diferencia entre la mecánica de la risa musical anterior al siglo XX y aquella que es producto de la levedad consustancial a la música contemporánea.
Marcia: ¿En qué medida es posible hablar de un “agotamiento” de la política en nuestro tiempo? ¿A que apunta dicho agotamiento?
Sergio: El agotamiento de la política que experimentamos hoy tiene varias dimensiones. Por un lado, se trata de un agotamiento de los imaginarios y ordenes conceptuales que organizaron el horizonte moderno, ya sea que leamos este horizonte en términos de una tradición jurídica republicana o en términos de una proceso permanente de emancipación e institucionalización democrática. Ya sea que pongamos el énfasis en los procesos instituyentes de la democracia, como dirían Claude Lefort y Cornelius Castoriadis, entre otros; o que concibamos la modernidad política occidental de acuerdo con una teleología marxista emancipatoria para la cual la revolución se presentaba como desenlace inevitable de la historia.