La atrocidad de la guerra impide ver lo que ella verdaderamente es: un síntoma. No el origen del mal, sino su manifestación más brutal, la forma en que el capitalismo resuelve sus propias contradicciones cuando ya no encuentra otro camino. El mecanismo es conocido, aunque su conocimiento no lo vuelva menos obsceno. El capitalismo acumula hasta sobreacumularse, invierte hasta que la inversión deja de rendir, produce hasta que la producción se convierte en su propio obstáculo. Entonces necesita destruir. Y la destrucción más rentable, la que abre nuevos mercados, liquida el capital excedente y relanza el ciclo de acumulación, es la guerra . Los pueblos masacrados son, en este esquema, una variable de ajuste. El petróleo, el gas, las rutas comerciales, los contratos de reconstrucción: esas son las verdaderas líneas del frente. Las armas que se venden para continuar la masacre no son un efecto colateral sino el núcleo del negocio: Biden lo admitió sin pudor cuando explicó que los «paquetes de ayuda» a Ucrania eran, en realidad, órdenes de compra para la industria armamentística estadounidense.
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Giorgio Agamben / Jefes de estado y asesinos
PolíticaPor primera vez en la historia vemos al jefe de un estado que se considera civilizado hablar abiertamente como un asesino, diciendo del líder religioso de un país que ha agredido: «lo mataremos», y de los habitantes de ese país: «los masacraremos». Ni Hitler ni Stalin hablaron jamás así. Y sin embargo, no solo este hombre no es acusado ni depuesto, sino que los jefes de estado de las llamadas democracias occidentales lo aprueban, aceptando implícitamente que los políticos se expresen hoy públicamente como quizás ni siquiera los asesinos se atreven a hacerlo entre ellos.
Giorgio Agamben / La vergüenza de Europa
Filosofía, PolíticaUn país ha sido atacado sin ninguna verdadera razón y a traición, mientras se fingía estar negociando, asesinando a su líder espiritual. La comunidad europea –o esa ilegítima organización que lleva este nombre– no solo no ha condenado una flagrante violación del derecho internacional, llevada a cabo por dos países que parecen haber perdido toda conciencia de sí mismos y toda responsabilidad, sino que ha ordenado al pueblo iraní que deje de defenderse.
Alberto Toscano / El Eje del Caos. Hacia una violencia sin fin en Oriente Medio
PolíticaLa guerra contra Irán que Israel y Estados Unidos lanzaron el 28 de febrero con la «decapitación» del liderazgo del país y el bombardeo de cientos de objetivos militares y civiles —incluida una escuela femenina en Minab, donde 165 niñas y miembros del personal fueron masacrados—, se ha transformado rápidamente en una conflagración regional de consecuencias incalculables.
Debilitado militarmente por la «guerra de los 12 días» de junio de 2025 —cuando Donald Trump había declarado que las capacidades nucleares de Irán habían sido «aniquiladas»— y despreciado por muchos iraníes tras la represión sangrienta de las protestas y revueltas a principios de este año, el régimen iraní aún no ha sido desestabilizado por la pérdida de su guía supremo, el ayatolá Jomeiní, así como del ministro de Defensa y del comandante en jefe de la columna vertebral militar e ideológica del régimen, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC).
Junípero Loyola / El Rey Lobo. Tel Aviv, Washington, Berlín y Santiago de Chile
Filosofía, PolíticaSEGUNDA PARTE. BERLÍN, SANTIAGO DE CHILE
La Fuerza Pública (…) representa la organización que el Estado se ha dado para el resguardo y defensa de su integridad física y moral y de su identidad histórico-cultural. (Augusto Pinochet)1
Esta lógica fascista, en sentido amplio, fue esencial en la filosofía esotérica del hitlerismo, a comienzos del siglo XX. La Sociedad Thule (Thule-Gesellschaft), un grupo ocultista alemán que en aquel entonces tuvo fuerte influjo sobre el nazismo, inseminaba la mitología de la “raza aria”, “quinta raza raíz descendiente de los atlantes” (una adaptación de la teosofía de Helena Blavatsky), así como el de la “patria hiperbórea” (Thule), que no era un lugar geográfico, sino un símbolo abstracto de pureza espiritual en el extremo norte del planeta. El racismo, además, se entendía no sólo desde la “ciencia de la raza” de la época, sino también desde la concepción de un “racismo esotérico”, según el cual el judío no era sólo un “enemigo racial” en sentido biológico-político, sino una “fuerza metafísica corruptora del espíritu ario” (antisemitismo esotérico): el judaísmo representaba la “contra-raza” que encarna el materialismo (apego a lo corporal, concreto), versus el espiritualismo ario (dedicado a símbolos abstractos: origen, destino, honor, espíritu). En consecuencia, el cuerpo judío —y luego el eslavo, gitano, no-heterosexual, comunista, discapacitado, etc.— era un obstáculo material (contaminación degenerativa física, estética, moral e intelectual) para la realización del símbolo abstracto y su teleología: la raza aria como realidad espiritual. Todo esto se alineó, por supuesto, desde fines de los años veinte, con la “metafísica de la sangre” de Alfred Rosenberg: la sangre como vehículo del alma racial. La sangre no sería un mero fluido biológico, sino un símbolo espiritual que porta el “alma étnica”, de modo que los cuerpos individuales sólo importan como portadores de esa sangre simbólica: como corolario, el sufrimiento corporal es irrelevante si sirve a la purificación de la sangre racial (símbolo abstracto). En efecto, las SS (Schutzstaffel, Escuadrón de Protección), bajo su aspecto de aparato policial-militar dirigido por Heinrich Himmler, funcionaba como “orden esotérica”, y tenía bajo su comando a la Ahnenerbe (Forschungsgemeinschaft Deutsches Ahnenerbe, Sociedad de Estudios de la Herencia Ancestral Alemana), que entre otras cosas buscaba vehementemente “artefactos simbólicos” (Santo Grial, Lanza de Longinos) para “activar el poder espiritual ario”. En el Castillo de Wewelsburg, en el norte del Estado federado alemán de Nordrhein-Westfalen, Himmler estableció un centro de rituales SS donde se practicaba una suerte de religión que reemplazaba al cristianismo (considerado “judaizado” por su compasión por los débiles), y, en ese contexto, los cuerpos de los oficiales SS eran vistos como “templos del espíritu ario”, mientras los cuerpos “inferiores” eran considerados descartables, sacrificables, matables impunemente.
Junípero Loyola / El Rey Lobo. Tel Aviv, Washington, Berlín y Santiago de Chile
Filosofía, PolíticaPRIMERA PARTE. TEL AVIV, WASHINGTON
Los líderes de Israel son como lobos que devoran a su presa, derramando sangre, destruyendo vidas para conseguir ganancia ilegal. (Ezequiel 22:27)1
Desde hace unos cinco meses atrás he oído circular, entre una parte importante de la base de apoyo MAGA de Trump que son los conservadores protestantes, una suerte de doctrina teológica al uso popular: la del “rey lobo”. Trata de la figura de un líder terrible y violento, que se comporta como un “lobo”, pero que, a diferencia de los lobos normales, protege al rebaño y no lo ataca. Aunque se tratara de una figura cruel, implacable y pecadora, se trataría al mismo tiempo de un enviado de Dios para cumplir una misión que es más importante que sus pecados: Dios juzgará los pecados de Trump post mortem, pues su misión en vida —proteger al (“verdadero”) pueblo de los Estados Unidos y a la “civilización judeo-cristiana occidental”— es más importante que la purificación de sus propios pecados y la salvación de su alma. Este va a ser uno de esos nuevos viejos secretos juicios de la razón común, hoy algoritmados, por los que no va a ser precisamente este sector evangélico y sionista el que cuestione su apoyo a Trump por el caso Epstein, así como tampoco su apoyo al genocidio palestino perpetrado por el sionismo estatal israelí, pues son millones de cristianos que acogen la doctrina de que Israel es “el pueblo elegido” en un sentido que avala la excepcionalidad de un proyecto estatal-colonial etno-racial con garantía divina, nada menos.
