Mauricio Amar / Israel como identidad. En torno a la racionalidad paranoica

Filosofía, Política

En un reciente texto divulgativo y muy corto, Giorgio Agamben ha puesto de relieve un asunto fundamental para comprender nuestro atribulado tiempo. Titulado Sobre la identidad, y abordando una sugerente idea de Alexandre Kojève, el filósofo indica que «El error de quienes buscan una identidad es querer convertirse en lo que ya son»1. Una simple fórmula que abre una tensión conceptual para comprender el sionismo político y la deriva genocida del Estado de Israel. Querer convertirse en lo que ya se es no implica de ninguna manera que efectivamente se «sea» de tal identidad, pues –dice Agamben– «Lo que simplemente somos no es una identidad, es una experiencia originaria siempre en curso, que continuamente se nos escapa entre las manos y por eso nunca podemos llegar a ser». La identidad funciona como una forma de imaginar el «sí mismo» no como una posibilidad, sino como algo ya realizado, pero como sabemos, la realización nunca es realmente posible, ni siquiera en las obras aparentemente más acabadas. De este manera, cada vez que se reafirma una identidad como «ya sida», a ella le corresponderá realizarse de otro modo. Por ejemplo, la identidad judía que el sionismo ha impuesto en Israel como retorno definitivo de un pueblo imaginado a su espacio vital o tierra prometida, si en un primer momento hace coincidir la matriz Pueblo-Estado como una realización, de inmediato crea una nueva tarea (expulsar o exterminar a los palestinos, crear el Gran Israel, convertirse en hegemón de Oriente Medio, etc), cuestión que no es otra cosa que una repetición del acto por medio del cual se crea la primera identidad.

Ilan Pappé / Sobre el «pánico moral» y el coraje de hablar. El silencio occidental sobre Gaza

Política

Las respuestas en el mundo occidental a la situación en la Franja de Gaza y Cisjordania plantean una pregunta inquietante: ¿por qué el Occidente oficial, y Europa Occidental oficial en particular, es tan indiferente al sufrimiento de los palestinos?

¿Por qué el Partido Demócrata en los Estados Unidos es cómplice, directa e indirectamente, en sostener la inhumanidad diaria en Palestina—una complicidad tan visible que probablemente fue una de las razones por las que perdieron las elecciones, ya que el voto árabe-estadounidense y progresista en estados clave no pudo, y justificadamente, perdonar a la administración Biden por su papel en el genocidio en la Franja de Gaza?

Esta es una pregunta pertinente, dado que estamos tratando con un genocidio televisado que ahora se ha renovado sobre el terreno. Es diferente de períodos anteriores en los que se mostró la indiferencia y complicidad occidental, ya sea durante la Nakba o los largos años de ocupación desde 1967.

Frédéric Lordon / Fin del juego

Política

El primero dice: “El sionismo nunca habría triunfado sin el Holocausto”. El segundo añade: “Netanyahu más o menos lo dejó pasar para recuperar Gaza”. ¿Quiénes son estas personas? ¿Dónde están hablando? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que sean denunciados por los medios, citados por la policía y puestos bajo custodia? La respuesta: son figuras del centro político francés, el ex eurodiputado Daniel Cohn-Bendit y el exministro de educación Luc Ferry, apareciendo en vivo en el canal de noticias por cable LCI. En cuanto a su condena pública y visita a la comisaría, seguimos esperando. Tal es la magnitud del cambio tectónico.

El asombroso giro que se desarrolla ante nuestros ojos, y el blanqueamiento colectivo que lo acompaña, pasará a la historia como un caso de manual en los anales de la propaganda. Una reversión que emana del rincón más hipócrita del bloque propagandístico: los “humanistas”: Delphine Horvilleur, la primera mujer rabina de Francia, Joann Sfar, un conocido dibujante, y Anne Sinclair, la ex presentadora de televisión. Celebrados por su integridad moral, los tres se sintieron perfectamente cómodos con dieciocho meses de matanza masiva, difamando sistemáticamente a quienes vieron las cosas con claridad desde el principio y asumieron todos los riesgos —simbólicos, legales, incluso físicos— para denunciar el genocidio y la obscena equiparación entre el apoyo a Palestina y el antisemitismo. Luego, una vez que estos modelos de virtud dieron la señal, la masa de negacionistas se movió al unísono, fingiendo abrir los ojos —o mejor aún, afirmando que nunca los habían tenido cerrados.

Tariq Ali / Opciones nucleares

Política

La expansión de la guerra desde Palestina hasta Irán, que comenzó el 13 de junio, señala una obsesión israelí que persiste desde hace cuatro décadas. Mientras la administración Trump negociaba de mala fe con Irán sobre su programa nuclear, el régimen israelí aprovechó un intervalo para bombardear Teherán, asesinando a destacados científicos, un general de alto rango y otros funcionarios, algunos de ellos involucrados en las conversaciones. Tras algunas negaciones poco convincentes, Trump admitió que EE. UU. había sido informado del ataque con antelación. Ahora, Occidente respalda el último asalto de Israel, a pesar de lo que Tulsi Gabbard, la Directora de Inteligencia Nacional nombrada por Trump, dijo tan recientemente como el 25 de marzo: “La Comunidad de Inteligencia sigue evaluando que Irán no está construyendo un arma nuclear y que el Líder Supremo Jameneí no ha autorizado el programa de armas nucleares que suspendió en 2003.”

Giorgio Agamben / El Estado y la guerra

Filosofía, Política

Lo que llamamos Estado es, en última instancia, una máquina para hacer guerras y, tarde o temprano, esta vocación constitutiva acaba emergiendo más allá de todos los objetivos más o menos edificantes que pueda fijarse para justificar su existencia. Esto es especialmente evidente hoy en día. Netanyahu, Zelensky y los gobiernos europeos persiguen a toda costa una política de guerra para la que sin duda se pueden identificar objetivos y justificaciones, pero cuyo motivo último es inconsciente y se basa en la propia naturaleza del Estado como máquina de guerra. Esto explica por qué la guerra, como es evidente para Zelensky y para Europa, pero también en el caso de Israel, se persigue incluso a costa de enfrentarse a su propia posible autodestrucción. Y es vano esperar que una máquina de guerra pueda detenerse ante este riesgo. Seguirá adelante hasta el final, sea cual sea el precio que tenga que pagar.

Rodrigo Karmy Bolton / Derecho al retorno

Filosofía, Política

Quizás, no haya reivindicación más decisiva en la historia del movimiento nacional palestino que la del derecho al retorno. Pero en las actuales circunstancias, en las que Palestina deviene la verdad del mundo en que vivimos y la nakba no es solo la marca del genocidio sionista que ya cursa casi 80 años sino la catástrofe global por la que la escena liberal muta hacia la movilización fascista, el problema del retorno tiene que ser visto como la apuesta con la que se mide toda sublevación.

No se trata de un “retorno” hacia un origen más auténtico que habría sido dejado atrás, una esencia que, invariante, espera silente nuestro regreso. Más bien, “retorno” puede designar, tal como lo marca la resistencia palestina, un retorno a la Tierra de la que hemos sido despojados. Incluso, el retorno de la Tierra y su poética frente al colapso del territorio y su régimen de equivalencia general.