Decir que el mundo está cambiando ya es obviedad. Que nadie sabe exactamente hacia donde se dirige ese cambio es otra más. Predecir el futuro me resulta siempre algo incómodo, porque a lo sumo uno puede ver procesos a tiempo real que parecen articularse o descomponerse. El fortalecimiento de los BRICS y su propuesta de desdolarizar, el rol de la inversión China en África y América Latina, el retorno de Estados Unidos a Sudamérica a propósito del caso Venezuela, el nihilismo estadounidense leído por Emmanuel Todd, los procesos de descolonización en África al sur del Sahel, la aceleración de la forma genocida de Israel sobre los palestinos, el avance de las derechas extremas al estilo Bolsonaro, Milei, Trump o Meloni, el desarrollo de la IA a un nuevo nivel. Un recuento inexacto y poco exhaustivo de cosas que se me vienen rápidamente a la cabeza. Luego pienso, mierda, todo esto en un horizonte de fin de mundo por una crisis climática que agudizamos a cada momento con nuestros propios actos, quizá ya con nuestra mera existencia. Hasta aquí todo mal ¿no? Es decir, qué se puede hacer con esto. Es un esperpento de mundo. El único destino de todo esto es una carretera del tipo Cormac McCarthy, aunque quizá esta no es otra cosa que la consumación del sueño americano, en la que los Abu Ghraib se vuelven indistinguibles de la risotada en la cara de Ronald McDonald.
Política
Aldo Ocampo González / Desfigurar la inclusión, fracturar lo sensible
Filosofía, PolíticaLa cultura visual que crea el género académico y el movimiento sociopolítico indexado como educación inclusiva, articula formas para visualizar aquello que no ha sido nombrado, visibilizado y representado. Por tanto, su cultura visual parte del reconocimiento que, sí, es posible representar lo irrepresentable. Este acto, de naturaleza profundamente sociopolítica reconoce en el registro de lo irrepresentable la tarea de des-objetualizar la existencia del Otro, subyugada a una pragmática epistemológica de la abyección (Ocampo, 2020). Esta es la fuerza operante de las ontologías ortopédicas, normativas o, también, llamadas, discrecionales. En ellas, cada sujeto es convertido en un objeto de conocimiento, cuya experiencia es representada a través de criterios que reducen la experiencia humana a mecanismos que la objetivizan y la explican a través de criterios diagnósticos que maximizan la interpretación de sus patologías y disfunciones que, en el terreno pedagógico, se expresa a través de la ideología de la anormalidad, la defectología, etc. No olvidemos que, la matriz de esencialismos-individualismos habita en el corazón de la ontología discreta. En esta oportunidad, me he propuesto explorar algunos argumentos claves para explicar cómo y porqué desfigurar la inclusión –específicamente, sus tecnologías de regulación ontológicas–, pues, reconozco en dicha empresa, la posibilidad de fracturar efectivamente el repertorio de elementos que definen lo sensible.
Ramzy Baroud / Querido Occidente: Tu «época de monstruos» ha comenzado
PolíticaAntonio Gramsci no era un filósofo profesional. Su intelecto se situaba refrescantemente dentro de un sesgo inherente hacia la gente común, las clases «subalternas», en particular la clase obrera.
Sostenía que todas las personas son esencialmente intelectuales, en el sentido de que todas poseen las facultades intelectuales para el pensamiento racional y la deducción, aunque «no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales».
Mauro Salazar y Carlos del Valle / Tribulaciones de lo público. Qué es lo Nacional de Televisión Nacional
Filosofía, PolíticaDurante los dos decenios del siglo XXI, hemos presenciado la intensificación de la sociabilidad on line entre redes sociales y audiencias volátiles. Los sucesos discurren a partir del atentado al World Trade Center (11S), la doctrina Bush de las guerras preventivas, la «Primavera Árabe» (2011), y los liderazgos coléricos (Bolsonaro, Bukele, Trump) que han pulverizado los formatos analógicos de la comunicación moderna.
En 1989, en las puertas de Brandeburgo se jugaban los últimos ecos del sujeto habermasiano, con su vocación universal de públicos -analógicos- y a la sazón se alzaba el entusiasmo de Manuel Castells porque Internet -eventualmente- sería el panteón del acceso democrático. Contra la mediación entre hegemonía y vida cotidiana, Brandeburgo (“El Muro”) fue la escenificación drómica de las tecnologías del presente, pero esencialmente, un pivote del “proyecto cibernético”. Luego el usuario-red en los transcontextos, y la dimensión emotivo-valórica de la experiencia “transcontextual” (“double bind”). Hasta llegar a una “intensificación cognitiva”, donde la información envejece demasiado rápido, y la industria de las emociones se expresa en masivas imágenes de selfies en Instagram, retratos de Pinterest, TikTok y fotografías de Flickr (startup emotient). Esta rapsodia ha dado lugar a las ciencias del comportamiento -capitalismo de las emociones- donde las tecnologías faciales se relacionan con los estados mentales gestionados en mediciones automatizadas desde la digitalización estandarizada de imágenes (Microsoft, Amazon, Face, Api).
Giorgio Agamben / Réquiem por Occidente
Filosofía, PolíticaA finales del siglo XIX, Moritz Steinschneider, uno de los fundadores de la ciencia del judaísmo, declaró, no sin escándalo de muchos bienpensantes, que lo único que podía hacerse por el judaísmo era asegurarle un funeral digno. Es posible que desde entonces su juicio se haya aplicado también a la Iglesia y a la cultura occidental en su conjunto. Lo que de hecho ha ocurrido, sin embargo, es que el funeral digno del que hablaba Steinschneider no ha tenido lugar, ni entonces para el judaísmo ni ahora para Occidente.
Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: Hechos, posmodernidad, historia
Filosofía, PolíticaHechos
¿Dónde reside la fuerza de los hechos sino en la rigidez de aquella mirada que nosotros, casi sin saberlo y durante siglos, hemos ido proyectando sobre ellos? ¿Acaso aún los hechos son capaces de hablar por sí mismos? ¿Aún son capaces de decir algo diferente de lo que dicen -nunca terminan de decir- las palabras? Y sí, si pudieran aportar algo distinto que las palabras, ¿acaso los hechos no estarían condicionados, desde su inicio, por la experiencia de la primera persona que los vivencia, ejecuta o padece? Y en ese mismo sentido, ceñido a la vivencia en primera persona, ¿acaso no sería más apropiado hablar de la singularidad de la experiencia antes que de la fuerza demostrativa, y hasta probatoria, de un hecho? Pero, al contrario, si los hechos nunca pudiesen decir con claridad algo distintos a lo que dicen las palabras, entonces ¿para qué hablar de hechos, por un lado, y de palabras, por otro? Tal vez en la misma noción de “hecho”, y sobre todo de “hecho histórico”, siempre esté existiendo de antemano una configuración lingüística, una suerte de a priori hermenéutico: como si cuando afirmamos que “los hechos históricos nos han dado la razón”, tal razón, en realidad, no estuviese siendo dirimida por un supuesto tribunal de los hechos, sino por el de una razón en sombras, solapada y hasta siniestra, la cual, incluso sin proponérselo, ha forjado el concepto de “hecho” bajo el inadmisible criterio de su propio interés y beneficio, de su propia imagen en difusa semejanza.
