Javier Agüero Águila / La izquierda y su invención anarquista ¿Es posible?

Filosofía, Política

Anarquismo y hegemonía

¿Es posible, en un país que ya no es asediado sino gobernado por la ultra derecha, encontrar en el anarquismo algunas pistas para una suerte de rehabilitación, posterior al necesario duelo, de la izquierda o lo que quedó de ella? ¿Cuán factible es leer en el anarquismo una potencia política real más allá de las caricaturas y entenderlo como una agencia real en la disputa por la hegemonía extraviada, perdida o colonizada por el neofascismo? La cuestión es seria, si los partidos tradicionales no oxigenan las arterias ni bombean nada a una izquierda en ruinas y solo se han limitado a construir coaliciones de ocasión con puros fines electorales ¿cómo hacer del anarquismo una forma de organización que responda a las múltiples alternancias políticas, movimientos contra-capital, comunidades anti-extrema derecha, en fin?

Cierto que esto parece utópico y se figura como un reflejo de lo imposible. Sin embargo, de manera incipiente, se cree, sería pensable una lectura anarquista que pueda reconectar con los olvidados del mundo y pensar, sino en un partido, en algo así como un movimiento anarquista disponible para entrar en la disputa y contraerse de esa pura especulación folclórica en la que ha sido dejado en cautiverio por el cómic de la historia.

Javier Agüero Águila / Soberanía, guerra y violencia plástica

Filosofía, Política

Comencemos con la siguiente cita de Horacio Potel:

No hay un centro, ni un original que funde las repeticiones, no existe el antepasado primordial, el origen primigenio. No hay origen que pueda servir para identificar el original del suplemento, ni para dominar su diseminación. Lo que reemplaza al centro-origen es una prótesis, un parásito, un suplemento1

¿Qué es lo que nos dice Potel cuando indica que no existe algo así como un origen que funde las repeticiones? Se piensa que no habría un punto de partida, una economía absoluta que aglutine al pasado, que condense un presente y que repercuta en un futuro dándole forma. El origen siempre remitirá a otro y es imposible rastrear su primer impulso. Si pensamos en la guerra, ésta no tendría ni ascendencia ni descendencia, no obstante, parece heredarse a sí misma reproduciéndose en un incesante espiral histórico.

Javier Agüero Águila / Llámenla locura o digan filosofía

Filosofía

A Valeria Campos,

por su amistad sincera

en tiempos de desapariciones

1. La filosofía es una forma de locura y, como toda locura, lo es en su singularidad. No se pretende en este breve texto –no se puede– ir más allá de lo que ya se ha escrito sobre este “tópico” a lo largo de la historia del pensamiento (Sócrates, Descartes, Voltaire, Nietzsche, Foucault, Derrida y el largo etcétera), sin embargo, en este intento de buscar lo irreductible, de la insistencia en aquello que no permitiría ninguna hendidura más en la razón; o tratando de explorar la experiencia de la no experiencia en lo hiperbólico, en el exceso del exceso por encima de cualquier presente no-loco sino situado, es que la filosofía, en su momento, ahí donde “actúa”, está loca, y solo un loco o loca podría asistir esta condición.

Javier Agüero Águila / Metáfora y clinamen en el pensamiento de Louis Althusser. Un apunte sobre la herencia

Filosofía

Me preguntaba, una vez que se confirmó mi venida a La Paz, por qué yo vengo a un congreso sobre Louis Althusser. Un congreso, en principio, para especialistas; personas que han dedicado su vida a estudiar su filosofía y donde su nombre se invoca y resuena desde la potencia de un pensamiento incombustible, que creó época y destiló consecuencia en su teoría y en su praxis (siempre he pensado que Althusser le imprimió a la izquierda marxista francesa la dignidad que Sartre le negó). Porque yo no soy un “especialista” en su obra, no he sido influenciado –creo– por su vida política para hacer de la mía, como él sí lo hizo con pasión y generosidad, un testimonio para este tiempo, y lo cito: “para esta época a la que ninguna historia impulsa” (Pour Marx, 1965). Pero pensaba, a la vez, por qué no; por qué no ir a un encuentro sobre Althusser y en Bolivia, además; en La Paz hablando en las alturas (mal de Althu-sser); ¿qué me negaría esta posibilidad?: ¿mi declarada no expertis? ¿un cierto miedo devenido en respeto por referirme delante de quienes sí saben sobre su filosofía? ¿temor a hablar de Marx? ¿del marxismo? Temblor por decir: ¿“El capital”? ¿“materialismo aleatorio”? ¿“aparatos ideológicos de Estado”? ¿“análisis de coyuntura”? En fin.

Javier Agüero / Jacques Derrida: el menos judío siempre judío

Filosofía

Traiciona su tradición

Habría en Derrida, como lo sostiene Gérard Bensussan, “una afirmación negativa de sí” (“Le dernier reste”, 2003). Resentimos en su escritura un temblor de circuncisión que se desplaza constatando un cuerpo, desde siempre, mutilado; escindido de alguna manera y condenado a la nostalgia de la suplementariedad desde su nacimiento o, para ser precisos, después de ocho días de nato, tal como lo impone la tradición judía. Serían ocho días en que se vive fuera de cualquier mandato, sin pertenencia y en el vapor de una alianza que aún no es consumada. No obstante, todo se “encarna” pasado este tiempo, imprimiendo en el cuerpo la orden que Dios da a Abraham y que hará posible el pacto:

Sergio Villalobos-Ruminott / Iteraciones

Estética, Filosofía

Prólogo (15-24), al libro de Paola Helena Acosta Sierra, Plusvalía de la memoria. Universidad Pedagógica Nacional, Colombia, 2021.

En julio de 1997, el jazzista Ornette Coleman invitó al filósofo Jacques Derrida a subirse al escenario del festival de La Villete en París, para compartir un experimento, mientras el músico presentaba su esperado concierto. De tal experimento, en el cual el primero tocaba y el segundo leía –marcando un contraste que no era solo formal sino que envolvía la cuestión misma de la improvisación—, se recuerda únicamente una anécdota que repara en la insatisfacción del público, la que obligó finalmente al filósofo a abandonar, frustrado, el escenario, concluyendo así, aparentemente, ese insólito encuentro. Sin embargo, más allá de la anécdota, vale la pena destacar que lo que Coleman y Derrida se traían entre manos, aunque solo fuese por unos minutos, era precisamente la compleja cuestión de la improvisación, del jazz como música intrínsecamente ‘espontánea”, revolucionaria si se quiere, en permanente disputa con las normas o con el “cultural background”, y por tanto, como una forma eventual (an eventful thinking) de inteligencia que no podía ser meramente repetida según las leyes de la ejecución, la formalización de la performance, o la determinación cultural de sus registros.