Giorgio Agamben / Ciencia y felicidad

Filosofía

A pesar de la utilidad que creemos obtener de ellas, las ciencias no pueden hacernos felices, porque el hombre es un ser parlante, que necesita expresar con palabras alegría y dolor, placer y aflicción, mientras que la ciencia, en última instancia, tiene como objetivo un ser mudo, que sea posible conocer en número y medida, como todos los objetos del mundo. Los lenguajes naturales que los hombres hablan son, al límite, un obstáculo para el conocimiento y, como tales, deben ser formalizados y corregidos, eliminando como «poéticas» aquellas redundancias a las que, en cambio, prestamos atención principalmente cuando expresamos nuestros deseos y pensamientos, nuestros afectos como nuestras aversiones.

Gerardo Muñoz / Elogio del aguador

Estética, Filosofía, Sin categoría

En el intercambio de palabras entre amigos y la necesidad de mantenerlo vivo y duradero, hay una reminiscencia de una cuenca de agua. Si es cierto que la ‘habladuría’ elimina la posibilidad de poetizar en el lenguaje, entonces la comunicación no es sólo una práctica de traducción y legibilidad, sino fundamentalmente de transmisión de una experiencia, por más imposible y tenue que ésta sea. Es a través de la comunicación que sale a flote la antigua figura del ‘portatori d’acqua’ o aguador que ya se hacía notar en la aurora de la España moderna. El aguador es una figura del estancamiento que sustenta la vida, cuyo semblante icónico devela la indigencia social.

Juan Pablo Espinosa Arce / Charles Baudelaire y Walter Benjamin. Crítica y poética en-de la modernidad

Estética, Filosofía

El propósito de esta columna es recuperar cómo la idea de modernidad y de progreso constituyen un punto ante el cual emergen diferentes perspectivas críticas, entre ellas las del poeta Charles Baudelaire y del filósofo Walter Benjamin. En ellos y con ellos emerge una crítica y una poética propiamente moderna.

La idea de progreso tiene que ver con la constatación de la presencia de la gran industria. Baudelaire toma conciencia de que existen muchedumbres nacidas de la industria moderna y de sus ciudades, sobre todo en el tránsito de la especialidad medieval a la espacialidad propiamente moderna. Hay un contacto estrecho entre Baudelaire y la modernidad en la figura del “choque” la cual fue detectada por Benjamin en su estudio sobre algunos temas en el poeta francés. Para los poetas del siglo XIX el concepto de muchedumbre es central en sus modulaciones de escritura. Junto a esta idea también se reconoce la idea de “masa” en Baudelaire, es decir, la presencia de un sujeto que no mira críticamente la nueva ciudad, sino que se limita a pasear y caminar con el esplín como visión o estado de ánimo. Para el poeta, que es llamado por Baudelaire como un príncipe y “un desterrado en el suelo entre el vil griterío” (Las flores del mal), la fuerza de la escritura aparece como modo de estructurar la crítica a lo moderno. Dice Benjamin (2014): “la masa era el velo cambiante a través del que Baudelaire contemplaba París”.

Giorgio Agamben / Mientras

Filosofía

Para liberar a nuestro pensamiento de los pánicos que le impiden alzar el vuelo, conviene en primer lugar acostumbrarlo a no pensar ya en sustantivos (que, como el propio nombre delata inequívocamente, lo aprisionan en esa «sustancia» con la que una tradición milenaria ha creído poder aprehender el ser), sino (como en su día sugirió hacer William James) en preposiciones y acaso en adverbios. Ese pensamiento, que la mente misma tiene, por así decirlo, no un carácter sustancial, sino adverbial, es lo que nos recuerda el hecho singular de que en nuestra lengua, para formar un adverbio, basta unir un adjetivo a la palabra «mente»: amorosamente, cruelmente, maravillosamente. El nombre -el sustantivo- es cuantitativo e imponente, el adverbio cualitativo y ligero; y, si te encuentras en dificultades, no es un «qué» sino un «cómo», un adverbio y no un nombre, lo que te saca del apuro. El «¿qué hacer?» te paraliza y te inmoviliza, sólo el «¿cómo hacer?» te abre una salida.

Giorgio Agamben / La experiencia del lenguaje es una experiencia política

Filosofía, Política

¿Cómo sería posible cambiar realmente la sociedad y la cultura en la que vivimos? Las reformas e incluso las revoluciones, aunque transforman las instituciones y las leyes, las relaciones de producción y los objetos, no cuestionan esas capas más profundas que conforman nuestra visión del mundo y a las que habría que llegar para que el cambio fuera realmente radical. Sin embargo, tenemos experiencia cotidiana de algo que existe de forma diferente a todas las cosas e instituciones que nos rodean y que las condicionan y determinan: el lenguaje. Ante todo, nos ocupamos de las cosas nombradas, y sin embargo seguimos hablando en susurros y a medida que suceden, sin cuestionarnos nunca lo que hacemos cuando hablamos. De este modo, es precisamente nuestra experiencia original del lenguaje la que permanece obstinadamente oculta para nosotros y, sin que nos demos cuenta, es esta zona opaca dentro y fuera de nosotros la que determina cómo pensamos y actuamos.

Gerardo Muñoz y Philippe Theophanidis / ¿Por qué volver a la Rue Saint-Benoît? Conversación sobre un seminario

Estética, Filosofía

GM. Philippe, desde hace ya algún tiempo nos interesamos por la “escena” de la Rue Saint-Benoît, cuyo desenlace ha sido un seminario. Ya tengo muchas ganas de debatir cuestiones ciertamente apremiantes y difíciles. Me parece que el primer problema del Grupo Rue Saint-Benoît es cómo resiste las periodizaciones y categorizaciones propias de la historia literaria que siempre busca “restituir” al objeto para alejarlo aún más del pensamiento. En un tono abiertamente irónico, vale recordar que Dionys Mascolo, en una entrevista tardía, calificó la experiencia de Saint-Benoît como una especie de comunidad monástica [1]. Sin embargo, esto también parece insuficiente si nos aferramos a la idea de que los diferentes estilos de quienes circulaban en la escena de la Rue Saint-Benoît se unieron para poner en marcha un movimiento de pensamiento profundamente experiencial, arraigado en la vida y no sólo en la realidad o en la dimensión sensorial de la letra, por evocar el espíritu de Hugo de San Víctor. Ciertamente, la experiencia del grupo de Saint-Benoît se midió con el colapso de la política; de la transformación de la política en totalitarismo y en política extática de la que jamás saldría. Por supuesto, sabemos que el monasterio no tiene exterior, y sólo conoce reglas y obligaciones formativas para preparar el abandono del mundo. Creo que en Saint-Benoît había mucho más en juego. Mi hipótesis inicial es la siguiente: la insistencia de la Rue Saint-Benoît en las condiciones de la amistad en el pensamiento siempre tuvo como tonalidad fundamental confrontar la desconexión entre vida y mundo, por más efímero e intenso que pueda ser cualquier encuentro. La noción de “rechazo”, tan común a sus diferentes estilos y que sigue filtrando instituciones en nuestro presente; en principio, también fue un ejercicio contra todas las dispensaciones más o menos programáticas. De ahí que Mascolo dirá en los últimos años de su vida: “Todas las utopías se han transformado en cárceles” [2].