A pesar de la utilidad que creemos obtener de ellas, las ciencias no pueden hacernos felices, porque el hombre es un ser parlante, que necesita expresar con palabras alegría y dolor, placer y aflicción, mientras que la ciencia, en última instancia, tiene como objetivo un ser mudo, que sea posible conocer en número y medida, como todos los objetos del mundo. Los lenguajes naturales que los hombres hablan son, al límite, un obstáculo para el conocimiento y, como tales, deben ser formalizados y corregidos, eliminando como «poéticas» aquellas redundancias a las que, en cambio, prestamos atención principalmente cuando expresamos nuestros deseos y pensamientos, nuestros afectos como nuestras aversiones.