¿Qué es hoy de los pueblos europeos? Lo que no podemos dejar de ver hoy es el espectáculo de su pérdida y olvido en la lengua en la que alguna vez se encontraron. Las modalidades de esta pérdida varían para cada pueblo: los anglosajones ya han completado todo el camino hacia un lenguaje puramente instrumental y objetivante – el inglés básico, en el que solo se pueden intercambiar mensajes cada vez más parecidos a algoritmos – y los alemanes parecen estar en el mismo camino; los franceses, a pesar de su culto a la lengua nacional y quizás precisamente por eso, perdidos en la relación casi normativa entre el hablante y la gramática; los italianos, astutamente instalados en ese bilingüismo que era su riqueza y que se transforma en todas partes en una jerga sin sentido. Y, si los judíos son o al menos eran parte de la cultura europea, es bueno recordar las palabras de Scholem frente a la secularización operada por el sionismo de una lengua sagrada en una lengua nacional: «Vivimos en nuestra lengua como ciegos que caminan al borde de un abismo… Esta lengua está preñada de catástrofes… llegará el día en que se volverá contra quienes la hablan».
Lenguaje
Dionisio Espejo / En defensa del pacto lingüístico. El pensamiento retórico de David Pujante
FilosofíaExordio: el relato
Estamos a punto de ser digeridos por una voluntad simbólica que se pretende verdad única entre montañas de mentiras institucionalizadas, por eso es tan importante poner luz en ciertas estrategias discursivas cada vez más difundidas, ellas nos presentan mundos que parecen irremediables, necesarios y únicos, pero solo son las construcciones imaginadas de determinados colectivos cuyo triunfo consiste en hacernos creer que su palabra es el mapa, único y verdadero, de nuestro mundo, y todo lo demás son «relatos». No es nuevo, así fue como Platón se enfrentó, y derrotó, a los Sofistas en Atenas hace dos mil quinientos años. Pero hoy nuestra capacidad discursiva se enfrenta a un verdadero gigante de miles de cabezas productor de discurso en la era de las redes; si nuestra capacidad creadora y argumentativa se ha quedado sin escenarios, sin medios de comunicación y sin interlocutores, peor destino se presenta en el horizonte de nuestra vieja democracia. El sempiterno racionalismo idealista tiene hoy en sus manos el principio de realidad gracias a las tecnologías de la información y la comunicación. Y hoy sus nuevos sacerdotes nos ilustran acerca de lo que es o no real, de lo que debe ser verdad, nos venden sus filosofías, viejas, como si fueran el ultimo descubrimiento.
Giorgio Agamben / Ciencia y felicidad
FilosofíaA pesar de la utilidad que creemos obtener de ellas, las ciencias no pueden hacernos felices, porque el hombre es un ser parlante, que necesita expresar con palabras alegría y dolor, placer y aflicción, mientras que la ciencia, en última instancia, tiene como objetivo un ser mudo, que sea posible conocer en número y medida, como todos los objetos del mundo. Los lenguajes naturales que los hombres hablan son, al límite, un obstáculo para el conocimiento y, como tales, deben ser formalizados y corregidos, eliminando como «poéticas» aquellas redundancias a las que, en cambio, prestamos atención principalmente cuando expresamos nuestros deseos y pensamientos, nuestros afectos como nuestras aversiones.
Gerardo Muñoz / Elogio del aguador
Estética, Filosofía, Sin categoríaEn el intercambio de palabras entre amigos y la necesidad de mantenerlo vivo y duradero, hay una reminiscencia de una cuenca de agua. Si es cierto que la ‘habladuría’ elimina la posibilidad de poetizar en el lenguaje, entonces la comunicación no es sólo una práctica de traducción y legibilidad, sino fundamentalmente de transmisión de una experiencia, por más imposible y tenue que ésta sea. Es a través de la comunicación que sale a flote la antigua figura del ‘portatori d’acqua’ o aguador que ya se hacía notar en la aurora de la España moderna. El aguador es una figura del estancamiento que sustenta la vida, cuyo semblante icónico devela la indigencia social.
Juan Pablo Espinosa Arce / Charles Baudelaire y Walter Benjamin. Crítica y poética en-de la modernidad
Estética, FilosofíaEl propósito de esta columna es recuperar cómo la idea de modernidad y de progreso constituyen un punto ante el cual emergen diferentes perspectivas críticas, entre ellas las del poeta Charles Baudelaire y del filósofo Walter Benjamin. En ellos y con ellos emerge una crítica y una poética propiamente moderna.
La idea de progreso tiene que ver con la constatación de la presencia de la gran industria. Baudelaire toma conciencia de que existen muchedumbres nacidas de la industria moderna y de sus ciudades, sobre todo en el tránsito de la especialidad medieval a la espacialidad propiamente moderna. Hay un contacto estrecho entre Baudelaire y la modernidad en la figura del “choque” la cual fue detectada por Benjamin en su estudio sobre algunos temas en el poeta francés. Para los poetas del siglo XIX el concepto de muchedumbre es central en sus modulaciones de escritura. Junto a esta idea también se reconoce la idea de “masa” en Baudelaire, es decir, la presencia de un sujeto que no mira críticamente la nueva ciudad, sino que se limita a pasear y caminar con el esplín como visión o estado de ánimo. Para el poeta, que es llamado por Baudelaire como un príncipe y “un desterrado en el suelo entre el vil griterío” (Las flores del mal), la fuerza de la escritura aparece como modo de estructurar la crítica a lo moderno. Dice Benjamin (2014): “la masa era el velo cambiante a través del que Baudelaire contemplaba París”.
Giorgio Agamben / Mientras
FilosofíaPara liberar a nuestro pensamiento de los pánicos que le impiden alzar el vuelo, conviene en primer lugar acostumbrarlo a no pensar ya en sustantivos (que, como el propio nombre delata inequívocamente, lo aprisionan en esa «sustancia» con la que una tradición milenaria ha creído poder aprehender el ser), sino (como en su día sugirió hacer William James) en preposiciones y acaso en adverbios. Ese pensamiento, que la mente misma tiene, por así decirlo, no un carácter sustancial, sino adverbial, es lo que nos recuerda el hecho singular de que en nuestra lengua, para formar un adverbio, basta unir un adjetivo a la palabra «mente»: amorosamente, cruelmente, maravillosamente. El nombre -el sustantivo- es cuantitativo e imponente, el adverbio cualitativo y ligero; y, si te encuentras en dificultades, no es un «qué» sino un «cómo», un adverbio y no un nombre, lo que te saca del apuro. El «¿qué hacer?» te paraliza y te inmoviliza, sólo el «¿cómo hacer?» te abre una salida.
