GM. Philippe, desde hace ya algún tiempo nos interesamos por la “escena” de la Rue Saint-Benoît, cuyo desenlace ha sido un seminario. Ya tengo muchas ganas de debatir cuestiones ciertamente apremiantes y difíciles. Me parece que el primer problema del Grupo Rue Saint-Benoît es cómo resiste las periodizaciones y categorizaciones propias de la historia literaria que siempre busca “restituir” al objeto para alejarlo aún más del pensamiento. En un tono abiertamente irónico, vale recordar que Dionys Mascolo, en una entrevista tardía, calificó la experiencia de Saint-Benoît como una especie de comunidad monástica [1]. Sin embargo, esto también parece insuficiente si nos aferramos a la idea de que los diferentes estilos de quienes circulaban en la escena de la Rue Saint-Benoît se unieron para poner en marcha un movimiento de pensamiento profundamente experiencial, arraigado en la vida y no sólo en la realidad o en la dimensión sensorial de la letra, por evocar el espíritu de Hugo de San Víctor. Ciertamente, la experiencia del grupo de Saint-Benoît se midió con el colapso de la política; de la transformación de la política en totalitarismo y en política extática de la que jamás saldría. Por supuesto, sabemos que el monasterio no tiene exterior, y sólo conoce reglas y obligaciones formativas para preparar el abandono del mundo. Creo que en Saint-Benoît había mucho más en juego. Mi hipótesis inicial es la siguiente: la insistencia de la Rue Saint-Benoît en las condiciones de la amistad en el pensamiento siempre tuvo como tonalidad fundamental confrontar la desconexión entre vida y mundo, por más efímero e intenso que pueda ser cualquier encuentro. La noción de “rechazo”, tan común a sus diferentes estilos y que sigue filtrando instituciones en nuestro presente; en principio, también fue un ejercicio contra todas las dispensaciones más o menos programáticas. De ahí que Mascolo dirá en los últimos años de su vida: “Todas las utopías se han transformado en cárceles” [2].
Lenguaje
Tariq Anwar / La lengua olvidada
FilosofíaEn la tradición islámica, Adán ocupa un lugar preponderante. El filósofo y místico de Murcia, Ibn ‘Arabi, en su libro Los engarces de las sabidurías [fusus al hikam] lo vincula con el «humano perfecto» [insan al kamil], lugar de encuentro entre lo divino y el mundo, un istmo [barzaj] que es también un espejo en dos sentidos, en el que Dios ve su revelación y la revelación descubre su pertenencia a Dios. Representante de lo humano en sí mismo, Adán es el padre de toda la especie, convertida a través de él, en regente [khalifa] de la tierra. De acuerdo al Corán su llegada al paraíso es por lo menos escandalosa. Los ángeles dijeron a Dios “¿Pondrás en ella –la tierra – quien la corrompa [desbastándola] y derrame sangre siendo que nosotros te alabamos y santificamos?”, frente a lo cuál Dios dijo “En verdad Yo sé lo que vosotros ignoráis” (Corán, 2, 30). Si ponemos atención a esto, en el misterio divino Dios no tiene sólo un propósito para el humano. No está determinado a cometer el bien pero, por cierto, tampoco el mal. Es un ser que se sitúa también como un barzaj, más acá del bien y del mal. Es un ser cuya naturaleza es la apertura, la potencia expuesta por su posición límite.
Giorgio Agamben / ¿Soy armenio, soy italiano?
FilosofíaMi relación con Armenia -ante todo con la lengua armenia- tiene algo de íntimo y de legendario. Hace muchos años, Gianfranco Contini, un filólogo al que tenía y tengo en la más alta estima, me dijo que el apellido Agamben es sin duda de origen armenio. El apellido armenio Aganbeghyan se acortaría a Agamben, al igual que el apellido italiano Gianni deriva del armenio Gianighyan. Esto me lo confirmó más tarde, no sin cierta sorna, un monje del convento de la Isola degli Armeni de Venecia. En las tradiciones de mi familia, sin embargo, no había rastro de tal origen y el nombre -que somos los únicos que lo tenemos en Italia- se explicaba de otras formas más fantásticas, tal vez inventadas para ocultar el origen exótico.
Miguel Ángel Hermosilla / El lenguaje de lo viviente y la poesía en las cosas. De la escritura de Damsi Figueroa
Filosofía, Poesía“Me trajo el mar su palabra reventada,
Su latir, su pausa, su castigo”.
Damsi Figueroa Verdugo. Muerte Natural. Ed. Delarchivo. 2020.
Escribir, sería una operación de lenguaje inscrita en el temblar primero de la vibración del rayo clavada en una superficie. Esa intuición heraclitiana de Gonzalo Rojas que moviliza el relámpago de su fuego imaginal, es al mismo tiempo el aire que mueve los labios del asombro y la escritura de Damsi Figueroa Verdugo1. El temblor de sus palabras corta el vuelo en distintas direcciones y zigzaguea el ritmo creativo del nombre que desata el soplo sitarino de su logos vendaval.
“Así nacía la poesía dentro de mí, como una isla especular que me latía, como un volcán silencioso de lava y de preguntas”2.
Magaly Ruiz Mella / Historias mapuche. Eliana, el Mapuzungun. Una vida posible
Estética, FilosofíaSobre Epew Txem Kulelu. Historias Mapuche de Eliana Albino Caniu, 2018
Los momentos de vigor son esenciales para la «comunidad de los afectos». No son ficciones, menos si distan de estar anclados en las distopías del presente. Bajo la biblioteca de la modernidad, la amistad es catalogada como un lugar enrarecido que occidente ha declarado una “cama mullida”. Un encuentro en la diferencia, en los incordios, en relaciones que hacen del otro la perpetuación de la sombra, o bien, contienen las diferencias en una “política de los afectos” (lugar de la máscara). La amistad “sería” una zona gris que abunda en pactos de productividad, en porosidades. Querríamos instalar otra ética de los afectos territoriales.
Magaly Ruiz Mella / Lingüístico y creativo: un ser humano al fin
FilosofíaEl libro Cantos de Vida y Esperanza, publicado en 1905 contiene uno de los poemas íconos del poeta nicaragüense, Rubén Darío que lleva por título Lo Fatal. Los primeros versos dicen lo siguiente:
“Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque esa ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente.”
Si nos concentramos en algunas palabras de estos versos nos damos cuenta que el sufrimiento del yo lírico es ser consciente de la vida. Pero por qué este dolor y de dónde proviene este dolor. La respuesta está en el verso “ni mayor pesadumbre que la vida consciente”.
