Adorno, en Dialéctica negativa, publicada en la época de la escalada en Vietnam y en vísperas del mayo del 68, recordaba, junto con Engels, que la cantidad se invierte y se convierte en cualidad: los millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial y de los campos de concentración no pueden sino alterar la estructura de la vida cotidiana de un Occidente pacificado y dividido por el Muro. El asesinato burocrático e industrial de millones de personas demostró que el individuo ha sido desposeído incluso de “la última y más miserable cosa que le quedaba”. El morir de aquellos millones de seres humanos se ha quedado, por así decirlo, pegado a quienes aún viven. Los saltos trágicos y finales de Celan y Levi (“culpa radical del que fue salvado”, decía Adorno) son la manifestación más asombrosa de este “dolor incesante”, el grito de las figuras aplastadas de Bacon: cuerpos visibles que padecen una “deformación creativa por parte de la fuerza” (Gilles Deleuze, Sulla pittura, Einaudi 2024). Fuerzas invisibles que son la objetivación del estado demoníaco que los artistas, suprimiendo el espectáculo, saben capturar con alegría.
Filosofía
Stefano Catucci / ¿Es Elon Musk nuestro destino?
Filosofía, PolíticaEn un libro de 1993, Moralités postmodernes, Jean-François Lyotard cuenta una fábula que transcurre cuando se acerca el final del ciclo de vida del Sol, dentro de 4.500 millones de años. Es la historia de un éxodo desde la Tierra cuyos protagonistas ya no son humanos, sino dos energías en perpetua lucha entre sí: por un lado, la entropía, que no cesa de impulsar la destrucción de los sistemas, sean vivos o inertes; por el otro, el proceso discontinuo —y en el fondo sumamente improbable— que tiende a crear nuevos sistemas multiplicando sus diferencias. La fábula no dice en qué se habrían transformado para entonces, un futuro ni siquiera imaginable, “lo Humano y su Cerebro, o más bien el Cerebro y su Humano”. Lo que describe Lyotard, en cambio, es la aparición de una crisis actual que no puede comprenderse ni con las herramientas de la ciencia ni con las de la política o la ética. Una crisis de la verdad, crisis de la soberanía estatal y territorial, crisis de la forma de gobierno que nos pareció la más adecuada para satisfacer un proyecto de emancipación: la democracia. Para Lyotard, la despedida de la modernidad, el tránsito hacia moralidades posmodernas, coincide con nuestra salida de la Tierra: no dentro de unos miles de millones de años, sino ahora, cuando al mirar nuestro planeta desde fuera no nos descubrimos unidos por un mismo destino en un planeta frágil, sino como una especie que se puede extinguir y, en definitiva, sustituir.
Giorgio Agamben / Coyuntura y revolución
Filosofía, PolíticaEs un hecho sobre el que no deberíamos cansarnos de reflexionar que uno de los términos clave de nuestro vocabulario político –“revolución”– haya sido tomado de la astronomía, donde designa el movimiento de un planeta que recorre su órbita. Pero también otro término que, en la tendencia general a sustituir categorías políticas por categorías económicas que caracteriza nuestro tiempo, ha reemplazado a la revolución, proviene del léxico astronómico. Nos referimos al término “coyuntura”, al cual Davide Stimilli ha prestado especial atención en un estudio ejemplar.
Mauro Salazar J. / Sobre Heinrich Band. Bandoneón. Orígenes y viajes del instrumento emblemático del Tango de Janine Krüger
Estética, Filosofía, Políticaa Javier Agüero, a la letra sensitiva
En los archivos de Krefeld, ciudad textil que concitó a tejedores del Bajo Rin, comerciantes, mercaderes, «luthiers» y artesanos, de fecundas innovaciones en la producción y el comercio, la armónica abrazó distintas rutas de manufactura y fuentes de sonoridad. Janine Kruger descifra una verdad narrativa desde una riqueza temática, de insondable erudición -minería de fuentes- destilando balanceadas intersecciones de la organología que imantaba músicos, artesanías, materias primas (terciopelos) y folklores mediales.
Tariq Anwar / Sin antes ni después, la muerte
FilosofíaImagino la muerte sin antes ni después. Un evento que nunca ocurrió ni ocurrirá. Un tiempo de pliegues o burbujas en las que dejo de sentir sin jamás saber cuando sentía y cuando no. Por violenta que sea, la muerte es un libro en el que todavía después de ser acabado restan los créditos y el colofón. Imagino el adormecimiento, la falta de oxígeno que nubla el cerebro. No hay un evento-muerte, sino solo sus movimientos dándose dese que nací. Movimientos que son también mi vida, cómo no. No se trata de una incrustación, un otro, un objeto que me atraviesa, sino de mí mismo siendo. La muerte no me es ajena, sino propia. No necesito tener una pulsión hacia ella, sino que ella es mi pulsión. Lo más íntegro, lo más propio cuyo avance es la disolución del yo. Pero…
Aldo Bombardiere Castro / Segunda divagación en torno a la muerte: Posibilidad
Filosofía
No-poder
No podemos. Lo más seguro es que nunca podamos. Ni hoy ni nos será permitido hablar de nuestra muerte. A lo más, podremos sabernos abrazados por el declinar de su aura, percibir el temblar de nuestro cuerpo al interior de su vientre. Si Dios lo quiere (aunque en caso de existir, con seguridad lo quería), podremos ver la disolución del horizonte, acunarnos tras la caída de unos párpados que nunca más habrán de alzar el vuelo. No podemos hablar de nuestra muerte. No hay fenomenología de la muerte porque no existe experiencia, en primera persona y susceptible de soportar un análisis descriptivo, de tal vivencia. Nos resultará imposible atestiguar nuestra disolución. Pero, no obstante, casi a diario hablamos de la muerte. No de nuestra muerte, sino de la muerte de los otros, de la muerte de los nuestros. A su vez, las pupilas idas, lánguidas y estériles de nuestros muertos anuncian la inminencia de nuestra propia, de nuestra propia e ineludible muerte. Porque cada muerto, en cuanto gestualiza la finitud de nuestro destino, es nuestro muerto y también nuestro destino: el (incom)probable ocaso que se habrá de llevar consigo la curvatura de todo horizonte. He ahí la mayor, la única de todas las certezas: hemos de morir, amigos míos. No hay otra posibilidad.
