Debra Allbery / Sidereal

Poesía

Considera esto una elegía con silo y fiebre.
Llámalo granero y grava y se ha ido. Obediencia de hierba

en la estela de un pick-up, el sol abrasando las hojas
verde a oro en el lapso de tiempo de la temporada.

¿A dónde va, el ángulo dominical de la luz del sol
que una vez fue sólo tuyo, amplio y abierto como una ventana?

Esto es lo que recuerdo: el mural descascarillado
en la pared de ladrillo del almacén del barrio, que dice

Alimentos para la Revolución durante veinticinco años.
Paisajes apilados en mi retrovisor, en blanco como un calendario

Aldo Bombardiere Castro / Lenguaje: red, palabrerías, poesía

Filosofía, Política

Una red. Así de simple. Una red, eso sí, compleja y extensa, tan infinita como confusa. Eso es el lenguaje. Una red que remite a la misma red; una red de cuerdas entrelazadas, cuyos hilos se sujetan, tensan y vibran, se tocan y trastocan, se relacionan y co-constituyen unos a otros, pero siempre de modo pasajero y, a la vez, infinitamente pasajero: en viaje permanente hacia ninguna parte. El lenguaje, concebido en cuanto red, transparenta su guturalidad: los infinitos modos de modular, significar y exorcizar un grito que flota sobre la nada. Modos de mentirnos y modos de convencernos de que se hace imposible cualquier otra alternativa; modos de culparnos y de sobrevivir. Pero también infinitos modos de decir esa única verdad: que no dejamos de ser el lenguaje en el que estamos.

Tariq Anwar / El vértigo

Filosofía, Literatura

Existe un vértigo inicial, el vértigo de la existencia. En él nos encontramos rara vez. Es como esa imagen relampagueante de la que hablaba Benjamin. Imagen que no puede ser vista, mas condición de toda imagen. Es decir, el vértigo de la existencia es desde siempre una especie de inalcanzable al que toda mano tiende sin encontrar apoyo, un desdoblamiento perpetuo que crea la sensación de un yo firme y soberano, un caos al que tememos arrojarnos y preferimos montar sobre él un mundo cuadriculado. El vértigo de la existencia es temblor. Sacudida en la que el yo se encuentra a distancia de sí, se confunde con los otros. No hablemos de profundidades, o digamos mejor, se trata de la profundidad de la superficie, de lo expuesto.

Juan Manuel Rivas / Cómo abordar un artefacto mágico: los poemas como designios. Reseña sobre “Poemancias”, de Micaela Mendoza y Adrell Romero

Literatura

Como definir la crispación de la marea cuando el viento dibuja su suave ondulación o como cincelar la madera reblandecida por la humedad del tiempo siniestro. Hay cosas que no se pueden describir tan fácilmente. “Poemancias” (2020, Editorial Perro Negro: Bolivia), de las poetas y transmutadoras Micaela Mendoza, boliviana, y Adrell Romero, mexicana, es a todas luces un libro oracular, un poemario de alcances proféticos y que funciona como tarot, donde cada carta unge al poema al lugar que siempre ha debido tener: un designio procedente de las profundidades del alma. Si bien el concepto de la obra transita por las mancias propias del devenir mágico, también quedan de manifiesto temas propios del mundo conocido de las autoras. Es extravagante señalar que este proyecto comenzó por vía mántica, pero así lo expresa una de sus autoras, Micaela Mendoza, quien habita las alturas de Bolivia y agrega que este juego de puertas se inició a través de una conexión astral con Adrell, la otra autora, quien vive en México: “Comenzamos a tirar las cartas a distancia y a hacer rituales y después a realizar el estudio de los símbolos y de ahí fueron saliendo los poemas”. Asimismo, se unió a esta aventura la diseñadora y taromante Carla Spinoza, quien proveyó de surrealismo y arte al proyecto. Según agrega Mendoza “el proceso fue detallado, largo, contemplativo y lleno de ceremoniosidad, pero el resultado vale la pena puesto que hace su ciclo vital en las manos de cada persona, es un oráculo literario finalmente”, sentencia la poeta.

Tariq Anwar / El fuego del poeta

Literatura, Música, Poesía

El poeta está incendiado. El fuego proviene de su propia materia. Es una palabra que ha sido imagen, que ha devenido palabra, que será imagen. Eso es el fuego del poeta, su incapacidad de separar la imagen de la palabra, de desafectarse de la materia en que se da forma y crea. El fuego quema, duele, porque hace extraña mimesis del mundo. Es el mundo derritiéndose para abrir nuevos mundos. El poeta absorbe las cosas, y al hacerlo se inflama, porque las cosas para él son combustible para una nueva imagen-palabra. No es grato ser poeta. Yo, por lo menos, los compadezco. Compadezco su agonía, su unión profunda con el lugar en que todo se mezcla. Compadezco su mirada aterrada frente a un mundo que cada vez más cree poder vivir sin afectarse, afectarse sin vivir.