Nicolás Ried Soto / La destrucción de la casa. Sobre The Brutalist

Cine, Estética, Filosofía, Política

1. En una conferencia dictada en un país nórdico, el apacible filósofo Emmanuel Lévinas se alteró de manera inesperada ante una pregunta. Tras brindar una charla acerca de la imposibilidad de la justicia, un asistente alzó la mano y le preguntó -emulando el tono calmo del filósofo- por una experiencia que él recuerda en uno de sus últimos libros, en la que menciona la casa que podía ver desde su habitación de infancia. Cuando el curioso asistente pronunció la palabra “casa”, una energía se apoderó del filósofo y le hizo perder la serenidad que lo caracterizaba: «¡La casa! ¡La casa! ¡La maldita casa!», gritó. El público, estupefacto ante su insólito cambio de humor, dio por terminada la conferencia.

Quizá Lévinas se ofuscó por el cambio de tema y consideró que la pregunta era impertinente. La vejez entrega ciertos derechos. Sin embargo, él también pronunció la palabra, “casa”, y fue eso lo que lo irritó. El recuerdo que evoca en el libro referido tiene relación con la imposibilidad de capturar la experiencia del Otro: ver una casa desde un punto de vista durante mucho tiempo, nos entrega una idea de la casa, su fachada, su primera forma que se destruye cuando la vemos desde otro punto de vista. Lévinas relata que vio esa casa de infancia desde la calle, muchos años después, pero lo relevante no es lo obvio (que la casa tiene más de una fachada posible, dependiendo del punto de vista), sino el hecho de que la experiencia diferente, con el paso de los años, carga con otras experiencias: en el caso de Lévinas, haber esta encerrado en campos de concentración durante el régimen nacionalsocialista alemán. Dicha experiencia del horror tiene, entre otras, la forma de una ausencia de casa: aunque los edificios que componían los campos de concentración podrían funcionar como casas (muros y un techo que resguardan de la intemperie; ventanas y puertas que permiten el acceso y el egreso; habitaciones que permiten la alimentación, el aseo y el descanso), estaban muy lejos de serlo por la forma de vida que ofrecían, una negación de la vida en la que ningún “yo” es posible. Escribió Lévinas:

Toni D’angela / Catástrofe, cliché, lucha

Estética, Filosofía, Política

Adorno, en Dialéctica negativa, publicada en la época de la escalada en Vietnam y en vísperas del mayo del 68, recordaba, junto con Engels, que la cantidad se invierte y se convierte en cualidad: los millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial y de los campos de concentración no pueden sino alterar la estructura de la vida cotidiana de un Occidente pacificado y dividido por el Muro. El asesinato burocrático e industrial de millones de personas demostró que el individuo ha sido desposeído incluso de “la última y más miserable cosa que le quedaba”. El morir de aquellos millones de seres humanos se ha quedado, por así decirlo, pegado a quienes aún viven. Los saltos trágicos y finales de Celan y Levi (“culpa radical del que fue salvado”, decía Adorno) son la manifestación más asombrosa de este “dolor incesante”, el grito de las figuras aplastadas de Bacon: cuerpos visibles que padecen una “deformación creativa por parte de la fuerza” (Gilles Deleuze, Sulla pittura, Einaudi 2024). Fuerzas invisibles que son la objetivación del estado demoníaco que los artistas, suprimiendo el espectáculo, saben capturar con alegría.

Mauro Salazar J. / Sobre Heinrich Band. Bandoneón. Orígenes y viajes del instrumento emblemático del Tango de Janine Krüger

Estética, Filosofía, Política

a Javier Agüero, a la letra sensitiva

En los archivos de Krefeld, ciudad textil que concitó a tejedores del Bajo Rin, comerciantes, mercaderes,  «luthiers» y artesanos, de fecundas innovaciones en la producción y el comercio, la armónica abrazó distintas rutas de manufactura y fuentes de sonoridad. Janine Kruger descifra una verdad narrativa desde una riqueza temática, de insondable erudición -minería de fuentes- destilando balanceadas intersecciones de la organología que imantaba músicos, artesanías, materias primas (terciopelos) y folklores mediales.

Monica Ferrando / Cuatro entradas sobre la chôra

Estética, Filosofía

1 de Abril. Sin imaginación no hay pensamiento de la «chôra» .

En la tercera especie, en la que es el devenir visible el que acontece incesantemente, son las imágenes, es decir, el resultado de la imitación (mimèmata). El nombre de esta «tercera especie» fue, según Aristóteles, el de hyle, término nunca utilizado por Platón salvo en el sentido de «materia para la construcción» (69b) y adoptado, en cambio, por Aristóteles como sinónimo de chôra (Física 209b, 11-16). La concepción de esta tercera especie definida por Platón como «difícil e incierta» (49a) resplandece en la Enéada III de Plotino a propósito de la idea de «grandeza», donde «materia» e imaginación parecen superponerse, revelándose en la virtud omniabarcante del alma, en la que sólo las formas acceden a la palabra, que sigue siendo el único anclaje firme de las ideas despertadas por ella. Leemos en Plotino: “Tampoco se identificará con la Magnitud misma, porque la Magnitud es una Forma, y no algo receptivo. Además, la Magnitud es magnitud por sí misma, no magnitud de un modo determinado. Sólo que, como la Magnitud sita en la Inteligencia o en el Alma desea tomar magnitud, por eso dio poder a los seres que sienten una especie de deseo de imitarla, aspirando a ella o poniéndose en marcha hacia ella, para que inyectasen en otra cosa su propio sentimiento. En consecuencia, en el curso de su manifestación progresiva, la Magnitud hizo que la pequeñez de la materia emprendiese el mismo curso en dirección, justamente, a esa misma magnitud. […] El color proviene de un principio que no es color, y la cualidad sensible, de un principio que no es cualidad; más por el hecho mismo de manifestarse, tomaron un nombre que les viene de sus principios. Pues lo mismo le sucede a la magnitud, la cual proviene también de un principio que no es magnitud o lo es meramente de nombre. Es que las referidas manifestaciones son consideradas como intermedias entre la materia misma y la forma misma. Se manifiestan porque provienen de allá pero son engañosas porque el sujeto en que se manifiestan no es real. Ahora bien, las cosas particulares toman magnitud porque se dilatan en virtud de la potencia de las imágenes que se reflejan y se hacen sitio, mas se dilatan en todas direcciones sin violencia porque el universo existe por la materia. Cada imagen determina una dilatación proporcional a su potencia, y esta potencia la posee como propia, pero la recibe de allá. La causa de la aparente magnitud de la materia estriba en el reflejamiento de la Magnitud, y ésa es la magnitud refleja, la magnitud de aquí. Mas la materia, sobre la cual la magnitud se ve obligada a coextenderse, se brinda a ello toda a la vez y en todas partes. Esto se debe a que es materia y materia de algo determinado, pero no algo determinado» (Enéadas, III, 6, 17-35). Al mostrar que está empujando a la materia hacia un estado de absoluta pasividad que podría preludiar peligrosamente la res extensa cartesiana, Plotino revela esa inseparabilidad de la chôra de las imágenes y del poder de la imaginación, así como lo demuestran los pasajes del Timeo en los que la palabra, partiendo de su aspecto propiamente literal, sigue siendo el punto crucial e inatacable de todo discurso sobre la naturaleza de las cosas.

Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: recordar y olvidar lo soñado

Estética, Filosofía

Amanecer

Sólo hace falta que nos levantemos para olvidarlo. Es sencillo. Parece fácil. De hecho, lo hacemos todos los días. Pero algo nos detiene. Aunque sea por un segundo, algo nos detiene, apelando a nuestra facultad de retención. No se trata del cansancio, totalmente real, con que somos consumidos por la bestial dinámica de un capitalismo cada vez más acelerado. Por cierto, tampoco se trata de aquel goce sensualista al cual, cuando la marea amaina, abrimos la puerta: no hablamos del silencioso erotismo matinal, sino desde él. Se trata de un lugar mágico, suspendido interludio entre el sueño y la vigilia, pero siempre capaz de expresar su superávit de sentido en comparación con el espacio físico sobre el cual se abre tal experiencia. Así, pareciera que por medio de sensualidad contenida en un único acto ha de desplegarse el recuerdo de un universo otro, universo cuya legalidad resulta tan inexorable como incuestionablemente cierta, tan opaca como gozosa: en el acto de demorar-nos entre las sábanas, palpamos la lisura y rugosidad de éstas, escuchamos cómo el decadente ronquido va quedando atrás y recibimos la ingrávida presión del colchón contra nuestro cuerpo, a la manera de un molde perfecto y, pese a ello, siempre antagónico con respecto a nuestra carne. Todos estos parecen ser gestos que insinúan un prisma de sensibilidad dispuesto a dejarse afectar por minucias, como si ingresáramos en un microcosmos incoincidente con nuestra vivencias cotidianas ni, tampoco, con esta extraña experiencia, con esta suerte de proto-experiencia, donde, a contracorriente del tiempo del capital, hemos de morar en la demora matutita. Dicho ingreso demoroso lo hacemos en virtud del sueño recientemente concluido, el cual, inevitablemente dispuesto al olvido, nos empeñamos en retener, aunque sea en forma de última fragancia. Hablamos, en fin, del postrero eco de lo soñado resonando en quien apenas despierta, es decir, hablamos de estelas de sueño que nos llaman a seguir soñando, pero no por evasión de la vida, sino, al contrario, por excesivo amor a ésta: por deseo de seguir habitando el sueño que se nos va, tal vez, para siempre. Es la experiencia de la pérdida, de la irrevocable pérdida de algo íntimamente nuestro, de algo a lo cual nos hallamos implicados profundamente, pero que, a la vez, nunca tuvo por origen nuestra propia voluntad, lucidez o identidad. El sueño no es obra nuestra.

Homero Carvalho Oliva / “La invención de la naturaleza”, el mundo que nos legó Humboldt

Estética, Filosofía

«Wulf demuestra que Humboldt fue un auténtico visionario, cuya perspectiva es hoy más pertinente que nunca.»

Algunas de las joyas bibliográficas de mi biblioteca son regalos de mis amigos, libros traídos desde distintos países, algunos difíciles de encontrar en Bolivia. Hace unas semanas la escritora Gigia Talarico llegó de Santiago de Chile y me trajo una obra titulada La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, (Madrid: Taurus, 2017. 498 páginas), magnífica biografía del genio que fue Federico Guillermo Enrique Alejandro Freiherr von Humboldt (1769-1859), naturalista, geógrafo, humanista y explorador alemán, que bien podría ser considerado padre de la ecología y de las ciencias de la naturaleza en general, es decir un polímata, quizá el último de los polímatas, en toda la acepción del término que define a los filósofos clásicos que dominaban varias disciplinas científicas, su autora es Andrea Wulf, escritora e historiadora británica, nacida en Nueva Delhi, India, en el año 1972 .