Mauro Salazar J. / La Argentina hiperbólica. Una glosa al grotesco

Estética, Filosofía

a nuestros heraldos del capitalismo académico

a la impunidad burocrática que los ampara.

Para David Viñas “el grotesco es la caricatura de la propuesta liberalde Il Novecento”. La dramaturgia de las máscaras en la obra del dramaturgo Armando Discépolo (segunda y tercera década del XX) implica obras como Mateo, El Organito, Stéfano, Cremona y Relojero, que develaron el mito europeizante de la raza hacia el Centenario (1910). El teatro del realismo impuso realismo desacralizador que, desplazó el Sainete, como categoría histórico-estética y abrazó el efecto social del teatro italiano inspirado en Luiggi Pirandello (1867-1936). Grotesco es un término que combina lo humano, lo vegetal y lo animal y proviene de grotta, como así mismo, alude a las pinturas de los monumentos romanos enterrados que fueron descubiertos en el Renacimiento.

Giorgio Agamben / Algunas noticias sobre Ucrania

Filosofía, Política

Entre las mentiras que se repiten como si fueran verdades evidentes está la de que Rusia invadiría un Estado soberano independiente, sin especificar en absoluto que ese supuesto Estado independiente no sólo lo era desde 1990, sino que durante siglos había sido parte integrante primero del imperio ruso (desde 1764, pero ya entre los siglos XV y XVI estaba incluido en el Gran Ducado de Moscú) y luego de la Rusia soviética. El ucraniano, además, fue quizá el más grande de los escritores en lengua rusa del siglo XIX, Gogol’, quien, en las Estelas de la granja Dikanka, describió maravillosamente el paisaje de la región que entonces se llamaba «Pequeña Rusia» y las costumbres de las gentes que vivían en ella. En aras de la exactitud, hay que añadir que, hasta el final de la Primera Guerra Mundial, una gran parte del territorio que hoy llamamos Ucrania era, bajo el nombre de Galitzia, la provincia más lejana del Imperio austrohúngaro (en una ciudad ucraniana, Brody, nació Joseph Roth, uno de los más grandes escritores en lengua alemana del siglo XX).

Gerardo Muñoz / Elogio del aguador

Estética, Filosofía, Sin categoría

En el intercambio de palabras entre amigos y la necesidad de mantenerlo vivo y duradero, hay una reminiscencia de una cuenca de agua. Si es cierto que la ‘habladuría’ elimina la posibilidad de poetizar en el lenguaje, entonces la comunicación no es sólo una práctica de traducción y legibilidad, sino fundamentalmente de transmisión de una experiencia, por más imposible y tenue que ésta sea. Es a través de la comunicación que sale a flote la antigua figura del ‘portatori d’acqua’ o aguador que ya se hacía notar en la aurora de la España moderna. El aguador es una figura del estancamiento que sustenta la vida, cuyo semblante icónico devela la indigencia social.

Aldo Ocampo González / Desfigurar la inclusión, fracturar lo sensible

Filosofía, Política

La cultura visual que crea el género académico y el movimiento sociopolítico indexado como educación inclusiva, articula formas para visualizar aquello que no ha sido nombrado, visibilizado y representado. Por tanto, su cultura visual parte del reconocimiento que, sí, es posible representar lo irrepresentable. Este acto, de naturaleza profundamente sociopolítica reconoce en el registro de lo irrepresentable la tarea de des-objetualizar la existencia del Otro, subyugada a una pragmática epistemológica de la abyección (Ocampo, 2020). Esta es la fuerza operante de las ontologías ortopédicas, normativas o, también, llamadas, discrecionales. En ellas, cada sujeto es convertido en un objeto de conocimiento, cuya experiencia es representada a través de criterios que reducen la experiencia humana a mecanismos que la objetivizan y la explican a través de criterios diagnósticos que maximizan la interpretación de sus patologías y disfunciones que, en el terreno pedagógico, se expresa a través de la ideología de la anormalidad, la defectología, etc. No olvidemos que, la matriz de esencialismos-individualismos habita en el corazón de la ontología discreta. En esta oportunidad, me he propuesto explorar algunos argumentos claves para explicar cómo y porqué desfigurar la inclusión –específicamente, sus tecnologías de regulación ontológicas–, pues, reconozco en dicha empresa, la posibilidad de fracturar efectivamente el repertorio de elementos que definen lo sensible.

Juan Pablo Espinosa Arce / Charles Baudelaire y Walter Benjamin. Crítica y poética en-de la modernidad

Estética, Filosofía

El propósito de esta columna es recuperar cómo la idea de modernidad y de progreso constituyen un punto ante el cual emergen diferentes perspectivas críticas, entre ellas las del poeta Charles Baudelaire y del filósofo Walter Benjamin. En ellos y con ellos emerge una crítica y una poética propiamente moderna.

La idea de progreso tiene que ver con la constatación de la presencia de la gran industria. Baudelaire toma conciencia de que existen muchedumbres nacidas de la industria moderna y de sus ciudades, sobre todo en el tránsito de la especialidad medieval a la espacialidad propiamente moderna. Hay un contacto estrecho entre Baudelaire y la modernidad en la figura del “choque” la cual fue detectada por Benjamin en su estudio sobre algunos temas en el poeta francés. Para los poetas del siglo XIX el concepto de muchedumbre es central en sus modulaciones de escritura. Junto a esta idea también se reconoce la idea de “masa” en Baudelaire, es decir, la presencia de un sujeto que no mira críticamente la nueva ciudad, sino que se limita a pasear y caminar con el esplín como visión o estado de ánimo. Para el poeta, que es llamado por Baudelaire como un príncipe y “un desterrado en el suelo entre el vil griterío” (Las flores del mal), la fuerza de la escritura aparece como modo de estructurar la crítica a lo moderno. Dice Benjamin (2014): “la masa era el velo cambiante a través del que Baudelaire contemplaba París”.

Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: Inv(f)ierno

Filosofía, Literatura

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La experiencia del insomnio es, en sí misma, la experiencia de la angustia ante el absurdo. En ella se expresa, como una mueca cruel y trémula, el desfondamiento de cualquier ilusión acerca de la armonía de la existencia y de su sentido. ¿Por qué? Porque el insomnio revela la peor de las tragedias, el más lacerante de los propios males. Al irredento sudor de esas noches, los insomnes flaquean: los hombres, quienes creen ser siempre hombres, dueños de sus pensamientos y gobernantes de sus acciones, siente cómo el vértigo de la nada perfora su pecho hasta vaciarlo por completo, hasta tornarlo un abismo. En efecto, la experiencia del insomnio pareciera, antes que constituir una experiencia límite, tensar y retorcerse sobre todos los límites. En la plaga de inmediatez que padece el insomne, el tiempo se manifiesta de modo contraído, como si hubiese suprimido su naturaleza sucesiva: no hay desesperación por el ayer ni por el mañana, sino por un inhabitable ahora que, lejos de cuajar en presente, aparece como límite y limitación. El caudal de pulsiones atormenta y asedia al insomne, llevándolo a enfrentarse consigo mismo: tal vez sólo en ese estado se pueda responder con total seriedad a la pregunta por el suicidio, aquella pregunta donde se juega el más mínimo sentido o sinsentido de la vida. Pues, cuando nos interpela, el insomnio apela a la contradicción de nuestra voluntad: mientras más queramos dormir, menos podremos hacerlo; mientras más esfuerzo pongamos en dormir, en abandonarnos, más lejos nos encontraremos del sueño, y más cerca de la culpa, de la locura, de la muerte. La serpiente se come la cola, los hombres se suicidan, los atormentados no pueden entregarse al descanso. En medio de esta batalla, sólo vale confiar en que el cuerpo cruce un último límite: tensarse hasta la extenuación, hasta un desvanecimiento que le permita dormir o morir. He ahí la mortal aporía que exhibe el insomnio: envenenarnos con la turbiedad de ese aire interior, enrarecido hasta la psicosis, el cual ya no encuentra poros por donde lograr huir; el cual ya no encuentra poros por donde, dicho mismo aire, logre respirar.