Giorgio Agamben / El exilio y el ciudadano

Filosofía, Política

Es bueno reflexionar sobre un fenómeno que nos es a la vez familiar y desconocido, pero que, como suele ocurrir en estos casos, puede proporcionarnos indicaciones útiles para nuestra vida entre los demás hombres: el exilio. Los historiadores del Derecho siguen debatiendo si el exilio -en su forma original, en Grecia y Roma- debe considerarse como el ejercicio de un derecho o como una situación penal. En la medida en que se presenta, en el mundo clásico, como la facultad concedida a un ciudadano de escapar a una pena (generalmente la pena capital) mediante la huida, el exilio parece en realidad irreductible a las dos grandes categorías en que puede dividirse la esfera del derecho desde el punto de vista de las situaciones subjetivas: los derechos y las penas. Así, Cicerón, que conoció el exilio, pudo escribir: «Exilium non supplicium est, sed perfugium portumque supplicii», «El exilio no es una pena, sino un refugio y una vía de escape del castigo». Incluso cuando con el tiempo el Estado se lo apropia y lo configura como pena (en Roma esto sucede con la lex Tullia del 63 a.C.), el exilio sigue siendo de facto una vía de escape para el ciudadano. Así, Dante, cuando los florentinos instauraron un proceso de destierro contra él, no compareció en la sala y, adelantándose a los jueces, comenzó su larga vida como exiliado, negándose a regresar a su ciudad incluso cuando se le ofreció la oportunidad. Significativamente, en esta perspectiva, el exilio no implica la pérdida de la ciudadanía: el exiliado se autoexcluye efectivamente de la comunidad a la que, sin embargo, formalmente sigue perteneciendo. El exilio no es ni derecho ni castigo, sino huida y refugio. Si se configurara como un derecho, lo que en realidad no es, el exilio se definiría como un paradójico derecho a situarse fuera de la ley. En esta perspectiva, el exiliado entra en una zona de indistinción respecto al soberano, quien, decidiendo el estado de excepción, puede suspender la ley, está, como el exiliado, a la vez dentro y fuera del orden.

Giorgio Agamben / El fin del Judaísmo

Filosofía, Política

No se entiende el sentido de lo que está ocurriendo hoy en Israel si no se comprende que el Sionismo constituye una doble negación de la realidad histórica del Judaísmo. No solo porque, al transferir a los judíos el Estado-nación de los cristianos, el Sionismo representa la culminación de ese proceso de asimilación que, desde finales del siglo XVIII, ha ido borrando progresivamente la identidad judía. Lo decisivo es que, como ha demostrado Amnon Raz-Krakotzkin en un estudio ejemplar, en la base de la conciencia sionista hay otra negación, la negación del Galut, es decir, del exilio como principio común a todas las formas históricas del Judaísmo tal como lo conocemos.

Giorgio Agamben / El lugar de la política

Filosofía, Política

Las fuerzas que empujaban hacia una unidad política mundial parecían tanto más fuertes que las dirigidas hacia una unidad política más limitada, como la europea, que se podía escribir que la unidad de Europa sólo podía ser «un producto secundario, por no decir un residuo En realidad, las fuerzas que impulsaban la unidad resultaron ser tan insuficientes para el planeta como para Europa. Si la unidad europea, para dar lugar a una verdadera asamblea constituyente, habría presupuesto algo así como un «patriotismo europeo», que no existía en ninguna parte (y la primera consecuencia fue el fracaso de los referendos para aprobar la llamada constitución europea, que, desde el punto de vista jurídico, no es una constitución, sino sólo un acuerdo entre Estados), la unidad política del planeta presuponía un «patriotismo de la especie y o del género humano» aún más difícil de encontrar. Como bien ha señalado Gilson, una sociedad de sociedades políticas no puede ser en sí misma política, sino que necesita un principio metapolítico, como lo ha sido la religión, al menos en el pasado.

Miguel Ángel Hermosilla / El imaginario oikonómico en el fantasma portaliano

Filosofía, Política

Comentario a El fantasma portaliano. Arte de gobierno y república de los cuerpos de Rodrigo Karmy Bolton, Ediciones Universidad de la Frontera, Temuco, 2022.

Frente a la muerte

Una erótica

La poesía, la invención, la imaginación.

La máquina portaliana del orden no se juega como una teología política monumental, sino más bien como una microfísica del poder, como una tecnología o “arte de gobierno” que la episteme molar de cierta historiografía conservadora no ha podido inteligir sino más bien glorificar en la figura personal de Diego Portales. Atendiendo a esta premisa podríamos pensar la textura misma del texto “El fantasma portaliano. Arte de gobierno y republica de los cuerpos”, de Rodrigo Karmy, como un ejercicio textual y genealógico que se excede a sí mismo, como un meta-texto que insistentemente impugna la constitución oikonomica1 , es decir, del gobierno del mundo , la potencia de los cuerpos y el deseo de los pueblos, que ha ido asumiendo en occidente toda forma de poder.

Mauricio Amar Díaz / El Estado policial del capitalismo contemporáneo

Filosofía, Política

En los últimos meses ha estado en boga, a propósito del caso del independentismo Catalán, la pregunta por la autonomía territorial. Pregunta y no demanda concreta porque no está del todo claro qué se entiende por tal y cómo en América Latina aquello puede ser interpretado. Al poco tiempo del plebiscito de Catalunia, las voces por la independencia de Rapa Nui surgieron con fuerza, así como también, obviamente, la de los mapuche, cuyos presos políticos se encontraban en plena huelga de hambre. El pueblo mapuche ha sido, en este sentido, el principal articulador de una demanda por la autonomía, existiendo diferentes interpretaciones que van desde el independentismo estatal al federalismo y la autonomía territorial bajo el paraguas del Estado. Las preguntas centrales, en esta situación, son qué rol juegan hoy los Estados y cómo una comunidad determinada puede construir un imaginario de pertenencia al interior de sus márgenes y, luego, qué ocurre cuando una comunidad no puede incorporar en dicho imaginario las aspiraciones de un Estado central, ya sea porque su modo de vida es diferente al punto de no ser aceptado, o debido a que sus símbolos culturales sean transterritoriales y su imaginario apele a la construcción de un nacionalismo territorialmente incompatible con el del Estado.