Paola Caridi / Orgullo colonial

Política

Los cinco siglos de nuestra culpa, la culpa occidental de haber colonizado el mundo, se convierten —para el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, en su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich— en la epopeya sobre la cual construir el futuro. «Durante 5 siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente se expandió. Sus misioneros, peregrinos, soldados, exploradores fueron más allá de sus costas para cruzar océanos, colonizar nuevos continentes, construir enormes imperios que se extendieron por el planeta.»

Es el orgullo colonial, versión Tercer Milenio, después de un tiempo en el que hubo una admisión de responsabilidad. Aquí, en cambio, en Marco Rubio y no solo en él, no hay ningún sentimiento de culpa, solo el sentido de la fuerza total que se manifiesta en clave militar, cultural, económica y también religiosa (cristiana), como Rubio explica ampliamente. Aplastar, imponer, definir. Debemos «construir un nuevo siglo occidental», dice Rubio en Múnich. Escalofriante, la frase y el lugar designado. El Olimpo occidental de Marco Rubio incluye a Mozart (¿la música o los bombones?), Dante y Shakespeare, Miguel Ángel, los Beatles y los Rolling Stones, como un compendio del Occidente estereotipado. Y precisamente en ese orden. Al final, el condimento lo forman las bóvedas de la Capilla Sixtina y las «agujas imponentes» de la catedral de Colonia. Horizontal y vertical, como la Cruz, en definitiva.

Nicolás Ried Soto / La destrucción de la casa. Sobre The Brutalist

Cine, Estética, Filosofía, Política

1. En una conferencia dictada en un país nórdico, el apacible filósofo Emmanuel Lévinas se alteró de manera inesperada ante una pregunta. Tras brindar una charla acerca de la imposibilidad de la justicia, un asistente alzó la mano y le preguntó -emulando el tono calmo del filósofo- por una experiencia que él recuerda en uno de sus últimos libros, en la que menciona la casa que podía ver desde su habitación de infancia. Cuando el curioso asistente pronunció la palabra “casa”, una energía se apoderó del filósofo y le hizo perder la serenidad que lo caracterizaba: «¡La casa! ¡La casa! ¡La maldita casa!», gritó. El público, estupefacto ante su insólito cambio de humor, dio por terminada la conferencia.

Quizá Lévinas se ofuscó por el cambio de tema y consideró que la pregunta era impertinente. La vejez entrega ciertos derechos. Sin embargo, él también pronunció la palabra, “casa”, y fue eso lo que lo irritó. El recuerdo que evoca en el libro referido tiene relación con la imposibilidad de capturar la experiencia del Otro: ver una casa desde un punto de vista durante mucho tiempo, nos entrega una idea de la casa, su fachada, su primera forma que se destruye cuando la vemos desde otro punto de vista. Lévinas relata que vio esa casa de infancia desde la calle, muchos años después, pero lo relevante no es lo obvio (que la casa tiene más de una fachada posible, dependiendo del punto de vista), sino el hecho de que la experiencia diferente, con el paso de los años, carga con otras experiencias: en el caso de Lévinas, haber esta encerrado en campos de concentración durante el régimen nacionalsocialista alemán. Dicha experiencia del horror tiene, entre otras, la forma de una ausencia de casa: aunque los edificios que componían los campos de concentración podrían funcionar como casas (muros y un techo que resguardan de la intemperie; ventanas y puertas que permiten el acceso y el egreso; habitaciones que permiten la alimentación, el aseo y el descanso), estaban muy lejos de serlo por la forma de vida que ofrecían, una negación de la vida en la que ningún “yo” es posible. Escribió Lévinas:

Javier Agüero Águila / El Estado de Israel y el racismo metafísico

Filosofía, Política

Escribir sobre un genocidio, pensarlo a distancia y asumir que se trata de dolores indescriptibles que no podemos siquiera alucinar (delirar), implica tomar un vuelo ciego al fondo de un abismo que nos es extraño; es saber que se ingresa desde lejos a las pasiones humanas más deformadas, monstruosas; apostar por sumergirse en la grieta por donde se filtra el dar la muerte sin reparar jamás en el rostro de quién recibirá la bala, la bomba, la tortura; es asumir también que en la extensiva crueldad de los victimarios se reproduce la iterabilidad del espacio de realización para que la consumación del holocausto, del quema-todo (del incendio el incienso dirá Derrida), siga teniendo su espectacular, infausto y necrótico horizonte. Porque siempre se puede ir más lejos en el impulso tanático; impulso al que el afán colonizador devenido en una suerte de producción fordista de cadáveres no se le transparentará su omega, su fin, hasta que todas las huellas de un pueblo hayan sido borradas.

Sophie Ristelhueber / West Bank

Arte

En Ficción de la razón, presentamos la obra West Bank (2005) de la fotógrafa francesa Sophie Ristelhueber (1949). A 67 años de la Nakba palestina, la obra de Ristelhueber nos permite reflexionar sobre el poder, el estado de excepción permanente y la multiplicidad de formas de opresión sobre la vida cotidiana de los palestinos. El filósofo Jacques Rancière ha dicho sobre esta obra:

«Sophie Ristelheuber, en efecto, ha rehusado fotografiar el gran muro de separación que es la encarnación de la política de un Estado y el ícono mediático del «problema del Medio Oriente». En cambio ha dirigido su objetivo hacia

Mauricio Amar Díaz / ¿Que es la Nakba?

Filosofía

La traducción literal de la palabra Al Nakba [النكبة]es la de un concepto de carácter sustancial para el pensamiento moderno. Al Nakba designa la Catástrofe. Es de esas palabras grandes, singulares, que debemos escribir con mayúscula para que el lector comprenda de inmediato que se trata no de un hecho entre otros, sino de un evento límite. Límite y catástrofe van en este sentido siempre de la mano, son términos hermanos que no deben ser ignorados en su relación. Límite es la experiencia que mira al abismo, que está sobredeterminada por las circunstancias, que pertenece tanto al mundo de lo sagrado como al de lo profano.