Giorgio Agamben / Creer y no creer

Filosofía, Política

En 1973, escribiendo La convivialità, Illich preveía que la catástrofe del sistema industrial se convertiría en una crisis que inaugurararía una nueva época. «La parálisis sinérgica del sistema que lo alimentaba provocará el colapso general del modo de producción industrial… En muy poco tiempo la población perderá la confianza no solo en las instituciones dominantes, sino también en aquellas específicamente encargadas de gestionar la crisis. El poder, propio de las instituciones actuales, de definir valores (como la educación, la velocidad de movimiento, la salud, el bienestar, la información, etc.) se disolverá de golpe cuando se haga evidente su carácter ilusorio. Un acontecimiento imprevisible y quizás de poca importancia detonará la crisis, como el pánico de Wall Street que llevó a la Gran Depresión… De un día para otro, importantes instituciones perderán toda respetabilidad, cualquier legitimidad, junto con la reputación de servir al bien público».

Giorgio Agamben / Sobre las relaciones falsas

Filosofía, Política

Una buena definición del poder político es la que lo caracteriza como el arte de poner a los hombres en relaciones falsas. Esto, y no otra cosa, es lo que hace en primer lugar el poder, para poder gobernarlos luego como quiere. Una vez que se han dejado introducir en relaciones oblicuas en las que no pueden reconocerse, los hombres son de hecho manipulables y orientables a su antojo. Si creen tan fácilmente en las mentiras que se les proponen, es porque falsas son ante todo las relaciones en las que, sin darse cuenta, ya se encuentran siempre.

Dionisio Espejo / El discurso del poder, el poder del discurso

Estética, Filosofía, Política

1. Acercándonos a la verdad y la lógica de los signos desde la perspectiva del poder

El problema al que apunta la reflexión foucaultiana, a propósito de Magritte en el ensayo escrito en 1973 Ceci n’est pas une pipe, es el problema del lenguaje, en particular la relación entre imagen, palabra y realidad. Al final la cuestión de la que se trata es la de qué es o no verdad, lo mismo que hemos visto que Derrida se plantearía después acerca de la verdad en pintura. De alguna manera, en este ensayo, se recuperan las preocupaciones que se plantearon en Las palabras y las cosas pero ahora desde un tratamiento no de lo que Foucault llamó la “era de la representación” (lo que en aquella investigación denomina como la época clásica) sino desde un momento histórico que para Foucault habría sucedido al de la representación, y es la edad de la autonomía de los signos. La imagen, la cosa representada, no es el objeto al que haría referencia la imagen representada, pues cosa e imagen mental no son simétricas; esto es: la pipa pintada no es una pipa, una pintura no es lo mismo que la cosa pintada, una pipa pintada es solo una pipa pintada. Y así sucede con lo que parece la idea de pipa, tal y como aparece en otra versión de la obra (En esta se ve pintada la pipa en un lienzo puesto sobre un caballete pero suspendida sobre esta imagen se ve ahora otra pipa, algo así como la idea de la pipa pintada abajo) que tampoco es una pipa.

Dionisio Espejo / Nuestras verdades y las de los otros. De Nietzsche a Derrida

Estética, Filosofía, Política

1. Contextos discursivos

El trabajo de la reflexión estética sobre el estatuto de la ficción, especialmente en el ámbito anglosajón, reducen la experiencia artística al marco psicológico. En ese contexto, la verdad se limita a nombrar una relación entre el sujeto, sus emociones y el objeto. De igual forma, todo el problema metafísico suscitado por la ficción artística y su inserción social e histórica se reduce a un compromiso individual. La apariencia y la exterioridad son interiorizadas. Sin embargo, no podemos considerar el concepto de verdad únicamente desde una perspectiva individual y psicológica. Sabemos que la verdad o la mentira solo pueden evaluarse dentro de un determinado marco o contexto social. Ahora bien, considerar que la verdad es una construcción social no implica que cada quien tenga «su verdad». Sí, la verdad es una construcción, pero social, no meramente psicológica, aunque también podamos reconocer que cada psique posee una determinada «voluntad de verdad» (Foucault). Nietzsche nos explica con detalle cómo se fabrica ese consenso que llamamos verdad: su estatuto lingüístico, su carácter conceptual como mera transposición de una serie de impulsos nerviosos y, en definitiva, su origen metafórico. Se trata de un cierto nominalismo nietzscheano, cuyo fundamento genealógico nos sitúa ante una posición originaria del acto de nombrar, que nunca es literal: el nombre nunca es el de la cosa en sí, sino una convención que atribuimos a la cosa.