Cuanto más pasan los años, más tengo la sensación de que sólo viajamos dentro de nosotros mismos. No tanto en el sentido de que no quede nada por descubrir fuera de de nosotros. Sino, lo que es más sorprendente, porque «dentro» de nosotros hay un mundo tan desconocido que todo lo «exterior» parece un pálido reflejo en abyme de ese territorio, infinito y obscuro, al que comúnmente damos el nombre de psique. Sólo explorando las superficies impalpables y casi invisibles de la psique, sólo sacándolas de nosotros, dejándolas revolotear en el aire, somos capaces a veces, en un juego de reflejos, de ser sorprendidos por algo verdaderamente invisible. Como una reverberación esquiva en la frágil epidermis de una pompa de jabón, el invisible, el inconsciente de cualquier visión, si le prestamos atención, nos permite vislumbrar nuevos detalles, nuevos atisbos, nuevos puntos de vista. El resto es sólo un juego de luces y sombras, un caleidoscopio de distracciones que no añade nada ni quita nada. La visión sólo se da al voltear la mirada.
Estética
Regina Guedes / Barry Lyndon (1975): El nacimiento de la etiqueta, el proceso civilizador en el siglo XVIII y el papel del individuo en la historia
Cine, Estética, PolíticaBarry Lyndon es una película dramática de época de 1975 escrita, dirigida y producida por Stanley Kubrick, basada en el libro de 1844 «La suerte de Barry Lyndon» de William Makepeace Thackeray. Protagonizada por Ryan O’Neal, Marisa Berenson, Patrick Magee, Leonard Rossiter y Hardy Krüger. La película cuenta la historia de un irlandés del siglo XVIII que intenta abrirse camino en la sociedad cortesana de la época a través de su matrimonio con una viuda rica, ambientada en Inglaterra, Alemania e Irlanda durante la Guerra de los 7 Años (que se libró entre Francia e Inglaterra). La fotografía de la película es sublime e innovadora y se basa únicamente en luces naturales. Las escenas se rodaron íntegramente a la luz de las velas y se inspiraron en los cuadros de William Hogarth, un pintor inglés. Barry Lyndon ganó 4 Oscars, a la mejor banda sonora, a la mejor música original y a la mejor adaptación, al mejor diseño, a la mejor dirección artística y a la mejor fotografía.
Riccardo Venturi / Solastalgia, o las emociones de la Tierra
Estética, Filosofía, PolíticaExpresar el desánimo
Hunter Valley, Nueva Gales del Sur, al norte de Sidney: una zona boscosa devastada por las minas de carbón y las centrales térmicas, un paisaje arrasado por los incendios forestales de septiembre de 2019, que fueron controlados tras 240 días. Los habitantes de la región se enfrentan a la destrucción de un horizonte que, como tal, consideraban inmutable, al menos durante su vida. El horizonte, nos parece, está ahí para orientarnos; que desaparezca de repente crea un vacío difícil de llenar y expresar con palabras. Entre los miembros de la comunidad se encuentra el filósofo Glenn Albrecht, que ahora tiene 64 años y, tras jubilarse de la Universidad de Newcastle (Australia), se trasladó con su pareja a una granja. Es él quien da nombre a lo que sufre la comunidad: la solastalgia.
Ana María Simón Viñas / El devenir expresivo de la materia. Deleuze y el arte
Arte, Estética, FilosofíaEn este artículo hemos intentado poner de relieve la íntima solidaridad que existe entre la ontología y la estética de Gilles Deleuze. La conexión entre ambas disciplinas es tan estrecha que resulta materialmente imposible aproximarse a la teoría del arte de Deleuze sin tener una clara comprensión de las nociones nucleares que integran su pensamiento. Los conceptos de Deleuze no son estáticos, sino móviles, lo que les permite variar de fisonomía a medida que se desplaza el horizonte de la investigación. Este es el motivo de que, en el proyecto del filósofo francés, la obra de arte reciba un tratamiento conceptual que es tributario de tesis elaboradas en el ámbito de la más rigurosa especulación ontológica. Deleuze concibe el arte como un antídoto contra las pasiones tristes de las que hablaba Spinoza, un revulsivo contra una Sociedad que asfixia la creatividad con sus clichés, un «paisaje» nuevo que solo podemos habitar a condición de despojarnos de nuestra pretendida identidad.
Federico Ferrari / La imagen, el niño
Estética, FilosofíaFuente: Antinomie.it
El niño baila, da vueltas, no puede parar. Por otro lado, ¿por qué parar si puedes seguir girando, si el movimiento se te sube a la cabeza? ¿Por qué debería detenerme, si ya no soy yo quien gira, sino que es la habitación, el mundo, el que gira a mi alrededor?
El niño sabe que es observado y ser visto da alegría, tanto como ser visto, tanto como darse a ver. La niña actúa, pero su actuación no tiene distancia: está toda dentro de su papel, toda fuera de sí misma, fuera del centro de gravedad de su identidad. Al igual que la imagen que no tiene interioridad pero es completamente visible, el bebé también está completamente expuesto en su superficie luminosa. El infante es el lugar de la imagen, es su apertura, es el instante en que la imagen infantil (sin palabras) se desprende del mundo para convertirse en otro, otro mundo, mundo al cuadrado.
Aldo Bombardiere Castro / Tocar los ojos
Estética, Filosofía, PolíticaA Juan Manuel Garrido, en lo íntimo de las distancias.
Imaginemos la escena.
Pudo haber sucedido ayer o hace algunos años. Podría haber sido en una calle céntrica, desgarrada en medio de la histeria de un lunes por la mañana o bajo la estela de un atardecer cansino. Lo importante es imaginar, es ver la calle. Y más importante aún: lo indispensable consiste en ver a los cuerpos arropados, desplazándose por una vereda extensa y concurrida, pero la cual les permite moverse con soltura, dejando espacio suficientes (¿para qué?) entre ellos. Se dirigen al trabajo o las casas. Se dirigen hacia donde van y desde donde vuelven. La luz es tenue. Las cabezas gachas apuntan hacia los celulares, los autos y las micros se deslizan vestidos de colores pasajeros, las fragancias o hedores no son decisivas ni tampoco, pese al constante ruido de fondo, irrumpen sonidos estruendosos. Pareciera que nada resalta sobre el indiferente conglomerado de un único mar, de una atmósfera inundada por el ritmo monocorde del apremio o la cadencia declinante de la fatiga. Esa es la tonalidad ambiental con que se escriben las mañanas o las tardes en los espacios de tránsito, en las calles. Sin embargo, de golpe, algo deja de suceder: la sucesión se crispa; atraviesa una interrupción. Cada cuerpo cree que su cuerpo es su cuerpo, y sólo gracias y también en contra de tal creencia -aunque en ese momento dicha creencia tan sólo se respire de manera atemática inconsciente, imprecisa e impresionista-, es posible que la continuidad se interrumpa. Al levantar la cabeza para cruzar la calle, unos ojos se encuentran con otros ojos, clavan a otros ojos: un par de ojos tocan a otro par de ojos. Estalla la vergüenza acerca y distancia lo ajeno y lo propio. El encuentro, en realidad, es un golpe. Acto seguido, los ojos huyen girando la cabeza donde sea. No han necesitado buscarse, no han querido verse, ni siquiera ellos mismos sabían que estaban allí. Su propia visibilidad les estaba espontáneamente velada, les era invisible: sólo pudieron saberse ahí en la medida que otros ojos, tan ciegos como ellos mismos, los delataron. Y aún así no se ven. Les es imposible verse a sí mismos. Nada saben de sí.
