Javier Agüero Águila / La izquierda y el tiempo de la melancolía

Filosofía, Política
  1. El pasado

En un texto de hace casi 35 años, titulado Jeanne, de guerre lasse (1991), el filósofo Daniel Bensaïd escribía que “En la carrera del siglo entre socialismo y barbarie, ésta última ha tomado varios cuerpos de ventaja. Ingresamos al siglo XXI con menos esperanza de la que tenían nuestros abuelos en los umbrales del siglo XX”.

Por aquella barbarie que habrá sacado notable ventaja, Bensaïd se está refiriendo, claro, al capitalismo en su versión de expansionismo neoliberal y a todas las implicancias que arrastra en el plano político, social, humano, en fin. Sin embargo, lo que inquieta aún más, es la referencia a los abuelos, al pasado; siendo en este punto nosotros quienes vemos con ventaja a esa otra generación que se vaporizaba en el desencanto de un siglo XX por llegar; en otras palabras, nuestra desesperanza ha crecido con el paso del tiempo y la posibilidad de construir una izquierda más allá de sí misma, esto es, por encima de sus históricas ceremonias bautismales y exégetas notables de Marx, no han resultado en un regeneración de la esperanza, de la espera en la esperanza. La barbarie no solo ha colonizado “espacios”, sino que territorialidades subjetivas que no han dejado de extenderse al punto que hoy, después de más de tres décadas de lo escrito por Bensaïd, el capitalismo toma la forma y el vibrato neofascista que deja a la intemperie y en evidencia una serie consecutivas de derrotas –muchas de ellas expresión de la propia decadencia totalitaria en la que devino la emancipación original del marxismo– en las que la izquierda niega reconocerse.

Rudy Iván Pradenas / El retorno de lo arcaico y el desquicio del poder: auctoritas, krátos, imperium

Filosofía, Política

Estesícoro, en efecto, como quiera que los de Hímera habían elegido a Fálaris general con plenos poderes (autokratora) e iban a concederle una escolta personal, después de haberle hecho otras consideraciones, les contó esta fábula. Tenía un caballo un prado para sí solo, pero llegó un ciervo y le estropeó el pasto. Queriendo entonces vengarse del ciervo, le preguntó a un hombre si podía ayudarle a tomar venganza del ciervo. El hombre asintió a condición de ponerle un bocado y montarse sobre él llevando unas jabalinas. (El caballo) estuvo de acuerdo y, una vez que lo hubo montado el hombre, en lugar de vengarse, se convirtió en esclavo del hombre. “Mirad así también vosotros –dijo–, no sea que queriendo vengaros de vuestros enemigos, vayáis a padecer lo que el caballo; porque ya tenéis el bocado al haber elegido a un general con plenos poderes, pero si además le dais una guardia y dejáis que se os monte encima, seréis entonces esclavos de Fálaris. (Aristóteles, Retórica 1393b11-24).

I

(Auctoritas)

En Chile, ya tenemos el bocado puesto. Las riendas las manejará José Antonio Kast a partir del próximo 11 de marzo. Su candidatura se definió por dos rasgos –o, más bien, por dos carencias– que sus opositores señalaron de manera insistente: promesas que no podrá cumplir y la negativa sistemática a responder por ellas ante la opinión pública.Pero estas cuestiones no son las que realmente nos importan aquí. No interesa lo que Kast no hizo ni lo que no será capaz de hacer, sino aquello que sí hizo para llegar al poder y qué hará finalmente con él: es decir,cómo logró ponernos el bocado y de qué modo manejará las riendas.

Kast fue interpelado insistentemente por el gobierno progresista-centrista y por su candidata, con el fin de que diera cuenta de las inconsistencias de su programa de gobierno y aceptara hablar en la lengua consensual que creían dominar: la de una política secularizada y pacificada, hecha de promesas razonables y de mala conciencia liberal. Kast, recordando el modo en que perdió su candidatura anterior al quedar atrapado en ese juego discursivo de moralinas de batallas culturales, no respondió. Hizo algo distinto. Ejecutó un giro que llamaremos retorno de lo arcaico.

Junípero Loyola / El Rey Lobo. Tel Aviv, Washington, Berlín y Santiago de Chile

Filosofía, Política

SEGUNDA PARTE. BERLÍN, SANTIAGO DE CHILE

La Fuerza Pública (…) representa la organización que el Estado se ha dado para el resguardo y defensa de su integridad física y moral y de su identidad histórico-cultural. (Augusto Pinochet)1

Esta lógica fascista, en sentido amplio, fue esencial en la filosofía esotérica del hitlerismo, a comienzos del siglo XX. La Sociedad Thule (Thule-Gesellschaft), un grupo ocultista alemán que en aquel entonces tuvo fuerte influjo sobre el nazismo, inseminaba la mitología de la “raza aria”, “quinta raza raíz descendiente de los atlantes” (una adaptación de la teosofía de Helena Blavatsky), así como el de la “patria hiperbórea” (Thule), que no era un lugar geográfico, sino un símbolo abstracto de pureza espiritual en el extremo norte del planeta. El racismo, además, se entendía no sólo desde la “ciencia de la raza” de la época, sino también desde la concepción de un “racismo esotérico”, según el cual el judío no era sólo un “enemigo racial” en sentido biológico-político, sino una “fuerza metafísica corruptora del espíritu ario” (antisemitismo esotérico): el judaísmo representaba la “contra-raza” que encarna el materialismo (apego a lo corporal, concreto), versus el espiritualismo ario (dedicado a símbolos abstractos: origen, destino, honor, espíritu). En consecuencia, el cuerpo judío —y luego el eslavo, gitano, no-heterosexual, comunista, discapacitado, etc.— era un obstáculo material (contaminación degenerativa física, estética, moral e intelectual) para la realización del símbolo abstracto y su teleología: la raza aria como realidad espiritual. Todo esto se alineó, por supuesto, desde fines de los años veinte, con la “metafísica de la sangre” de Alfred Rosenberg: la sangre como vehículo del alma racial. La sangre no sería un mero fluido biológico, sino un símbolo espiritual que porta el “alma étnica”, de modo que los cuerpos individuales sólo importan como portadores de esa sangre simbólica: como corolario, el sufrimiento corporal es irrelevante si sirve a la purificación de la sangre racial (símbolo abstracto). En efecto, las SS (Schutzstaffel, Escuadrón de Protección), bajo su aspecto de aparato policial-militar dirigido por Heinrich Himmler, funcionaba como “orden esotérica”, y tenía bajo su comando a la Ahnenerbe (Forschungsgemeinschaft Deutsches Ahnenerbe, Sociedad de Estudios de la Herencia Ancestral Alemana), que entre otras cosas buscaba vehementemente “artefactos simbólicos” (Santo Grial, Lanza de Longinos) para “activar el poder espiritual ario”. En el Castillo de Wewelsburg, en el norte del Estado federado alemán de Nordrhein-Westfalen, Himmler estableció un centro de rituales SS donde se practicaba una suerte de religión que reemplazaba al cristianismo (considerado “judaizado” por su compasión por los débiles), y, en ese contexto, los cuerpos de los oficiales SS eran vistos como “templos del espíritu ario”, mientras los cuerpos “inferiores” eran considerados descartables, sacrificables, matables impunemente.

Mauro Salazar J. / El abrazo de Managua. Kast sumido en la geopolítica trumpista

Filosofía, Política

«Allí está Alejandro, y Dionisio fiero, que hizo a Sicilia padecer años dolorosos. […] Toda la primera fosa, entre el arco y la roca, está llena de tiranos que se dieron a la sangre y al despojo.» (Inferno, Canto XII, 107-108, 103-105)

I.

Trump ha designado a los cárteles latinoamericanos como organizaciones terroristas extranjeras, y en ese gesto nominativo que pretende nombrar lo otro absoluto, se despliega una economía política cuyas consecuencias exceden con mucho el marco declarado del combate al narcotráfico. Lo que se presenta como guerra contra las drogas (sin negar su gravedad) es, en rigor, un dispositivo de reordenamiento hemisférico que encuentra en Chile, y específicamente en la figura de José Antonio Kast, su nodo de articulación más paradójico: el aliado que replica la retórica del amo sin convertirse jamás en su objeto, el subalterno que mimetiza el discurso securitario imperial para blindarse frente a él. Aquí yace el desfonde.

La democracia opera fundamentalmente como sistema inmunitario: régimen que protege a unos mediante la exposición galopante de otros. La inmunización de los cuerpos privilegiados exige, correlativamente, la producción incesante de una población expuesta, de una plebe cuya vida puede ser administrada, deportada, encarcelada o eliminada sin que tal operación constituya escándalo alguno para el orden vigente. La política trumpiana radicaliza esta lógica hasta su expresión más extrema: al declarar terroristas a los cárteles, habilita una zona de indistinción donde cualquier persona latinoamericana vinculada —aunque sea tangencialmente— a las redes del narcotráfico puede ser objeto de eliminación extrajudicial.

Javier Agüero Águila / La izquierda y su invención anarquista ¿Es posible?

Filosofía, Política

Anarquismo y hegemonía

¿Es posible, en un país que ya no es asediado sino gobernado por la ultra derecha, encontrar en el anarquismo algunas pistas para una suerte de rehabilitación, posterior al necesario duelo, de la izquierda o lo que quedó de ella? ¿Cuán factible es leer en el anarquismo una potencia política real más allá de las caricaturas y entenderlo como una agencia real en la disputa por la hegemonía extraviada, perdida o colonizada por el neofascismo? La cuestión es seria, si los partidos tradicionales no oxigenan las arterias ni bombean nada a una izquierda en ruinas y solo se han limitado a construir coaliciones de ocasión con puros fines electorales ¿cómo hacer del anarquismo una forma de organización que responda a las múltiples alternancias políticas, movimientos contra-capital, comunidades anti-extrema derecha, en fin?

Cierto que esto parece utópico y se figura como un reflejo de lo imposible. Sin embargo, de manera incipiente, se cree, sería pensable una lectura anarquista que pueda reconectar con los olvidados del mundo y pensar, sino en un partido, en algo así como un movimiento anarquista disponible para entrar en la disputa y contraerse de esa pura especulación folclórica en la que ha sido dejado en cautiverio por el cómic de la historia.

Mauro Salazar J. / Tironi ante el espejo de la Restauración. Artes de la huella

Filosofía, Política

«Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara». El hacedor (1960), epílogo.

Higienes de la memoria

En las últimas horas Eugenio Tironi ha reparado en las palabras de José Antonio Kast porque habría apelado luego de su triunfo electoral, «a la disciplina, al orden, a la jerarquía, a la limpieza, a la exigencia de los padres hacia los hijos, hacia la salud y el cuidado personal, la educación física. O sea, ciertas virtudes personales que serían la base de una sociedad sana, basada, por cierto, en la familia y obviamente bajo la égida, la protección, de Dios, que fue invocado varias veces en su discurso». Tironi: Kast se presenta como una restauración del Chile aristocrático del siglo XIX (Cooperativa.cl).

Tironi destila una gestionada perplejidad frente a una restauración integrista de largo aliento, invoca la motosierra de Milei y el ama conservadora-guzmaniana. No se trata de volver tediosamente (o, de cualquier manera) a impugnar sus enunciados, ni gatillar a la bandada contra su lograda expansión en materia de asesorías, sino observar los efectos políticos de enunciación (gestos, rictus, señales). Hay densificación en el personaje y su trayectoria, no aludimos a un converso más. Con todo ha borrado, o cree haber borrado, las huellas de su propia conversión (ex militante devenido empresario), sino cómo hoy analiza el triunfo de la derecha con la distancia serena, aséptica, del «sociólogo neutral». Lo que habría que interrogar es precisamente su neutralidad argumental: ¿desde qué lugar habla quien ha atravesado el espectro político entero —de la militancia al establishment— y ahora se instala en una exterioridad ficticia, como si su propia trayectoria no estuviera cifrada en aquello mismo que describe?