I. El juramento como programa
Hay un sentido en que el juramento inaugural no dice lo que promete sino que promete lo que ya ha decidido decir. El once de marzo de 2026, José Antonio Kast pronunció el «sí, juro» de rigor y con ello no inauguró un proyecto sino que ratificó una genealogía. El problema no es que su padre haya militado en el partido nazi (aunque para muchos podría serlo) ni que su hermano haya administrado la política económica mientras el régimen producía sus muertos: el problema es que esa genealogía es, en el sentido que la teoría política más exigente da al término, la condición de posibilidad (genealogía) de lo que Kast llama «gobierno de emergencia». Dicho de otro modo: la emergencia no es un diagnóstico sobre el estado del país, es la forma que toma una herencia política cuando encuentra las condiciones para instalarse como programa. Hay, en todo esto, algo que podría llamarse la impropiedad constitutiva del orden que se proclama propio: el «gobierno de emergencia» no defiende una identidad que preexiste a la amenaza sino que construye esa identidad en el mismo gesto de declarar amenazado lo que hasta ese momento no tenía nombre. Lo que la Constitución del 80 hizo en el nivel de la arquitectura jurídica (producir un orden que se presenta como natural porque sus condiciones de posibilidad han sido borradas de la memoria), el «gobierno de emergencia» lo hace en el nivel de la experiencia cotidiana: hace habitable la violencia presentándola como la condición de la habitabilidad.
