A un amigo que le hablaba del bombardeo de Shanghai por los japoneses, Karl Kraus le contestó: «Sé que nada tiene sentido si la casa se incendia. Pero mientras sea posible, cuido las comas, porque si los que tuvieron que hacerlo se hubieran preocupado de que todas las comas estuvieran en el lugar correcto, Shanghai no se habría incendiado». Como siempre, el chiste esconde aquí una verdad que vale la pena recordar. Los hombres tienen su morada vital en el lenguaje, y si piensan y actúan mal, es porque su relación con su lenguaje está corrompida y viciada en primer lugar. Hace tiempo que vivimos en una lengua empobrecida y devastada, todos los pueblos, como decía Scholem de Israel, caminan hoy ciegos y sordos sobre el abismo de su lengua, y es posible que esta lengua traicionada se esté vengando de algún modo, y que su venganza sea tanto más despiadada cuanto más la hayan estropeado y descuidado los hombres. Todos nos damos cuenta, más o menos claramente, de que nuestra lengua se ha reducido a un pequeño número de latiguillos, que el vocabulario nunca ha sido tan estrecho y gastado, que la fraseología de los medios de comunicación impone su miserable norma por doquier, que las conferencias sobre Dante se dan en mal inglés en las aulas universitarias: ¿cómo, en tales condiciones, puede alguien esperar ser capaz de formular un pensamiento correcto y actuar en consecuencia con probidad y prudencia? Tampoco es de extrañar que quienes manejan semejante lenguaje hayan perdido toda conciencia de la relación entre el lenguaje y la verdad y, por tanto, crean que pueden utilizar palabras que ya no se corresponden con ninguna realidad, hasta el punto de no darse cuenta de que están mintiendo. La verdad de la que hablamos aquí no es sólo la correspondencia entre el discurso y los hechos, sino, incluso antes, el recuerdo del apóstrofe que el lenguaje dirige al niño que pronuncia con emoción sus primeras palabras. Los hombres que han perdido todo recuerdo de esta llamada sumisa, exigente y amorosa son literalmente capaces, como hemos visto en los últimos años, de cualquier maldad.
Giorgio Agamben
Catherine Malabou / ¿Qué placer hay en pensar hoy?
Filosofía, PolíticaHe estado pensando mucho en esta cuestión, y me ha dado algunos problemas. Algo como el placer de pensar nunca ha sido realmente articulado o elaborado en filosofía. La paradoja -normalmente no me gustan las inversiones sistemáticas- es que el placer de pensar en filosofía se convierte inmediatamente en placer de pensar filosóficamente. Cuando Kant habla del placer que podemos obtener al mirar un objeto bello, por ejemplo, transforma inmediatamente la pregunta en «¿Qué es el placer?» en general. Sus respuestas dan paso a un análisis sistemático del placer. A veces se pueden encontrar definiciones filosóficas del placer intelectual, como éxtasis o experiencias místicas. Sin embargo, algo así como el equivalente de un placer corporal para la mente está bastante ausente del análisis filosófico. Entonces tenemos que encontrar una salida a esta doble trampa del placer pensante, por un lado, o del éxtasis total que nos hace desaparecer en el océano de la contemplación, por otro. En cuanto al goce -éxtasis, deleite, especialmente sexual- es extremo. El goce no es placer porque destruye su objeto. En realidad, el goce destruye el placer. Vemos entonces que el placer en filosofía es extremadamente difícil de aprehender.
Giorgio Agamben / El misterio etrusco
Estética, FilosofíaMassimo Pallottino observó una vez que, aunque los estudios de etruscología han alcanzado un rigor y una riqueza que nada tiene que envidiar a otras disciplinas, algo así como un misterio continúa obstinadamente rodeando a los etruscos. En realidad, este misterio tiene su raíz en dos simples circunstancias: la pobreza de testimonios escritos, que carecen de carácter literario y que consisten en inscripciones sepulcrales o votivas; y, el hecho de que los testimonios arqueológicos y artísticos, extraordinariamente ricos, provienen esencialmente de tumbas. Una civilización sin literatura escrita (aunque sabemos que había un teatro floreciente, pero el teatro, como lo demuestra la Comedia del Arte, también puede vivir oralmente) y una civilización sepulcral, que parece ocuparse más de los muertos que de los vivos.
Giorgio Agamben / Elogio de un escritor
Filosofía, LiteraturaEl 30 de mayo de 1939 fue enterrado en el cementerio de Thiais, en París, un hombre cuyo funeral había sido bendecido por un sacerdote católico, aunque nunca había sido bautizado. Era judío, pero sus amigos judíos renunciaron a recitar el Kaddish. Probablemente había muerto de delirium tremens, pero los médicos diagnosticaron un síncope. Era ciudadano de la república austriaca, pero se declaró súbdito de los Habsburgo.
Aldo Bombardiere Castro / Religión como vocación mesiánica: uso del mundo y revocación identitaria
FilosofíaLa religión ha de ir más allá de la religión.
Pero este más allá no lo debemos entender en el sentido de la simple trascendencia, esto es, en el acto de sembrar la fe en un supuesto trasmundo divino para luego recibir los frutos que emerjan de éste. En caso de leerse así, la dicotomía inmanencia/trascendencia no haría más que replicar -quizás hasta la farsa- las categorías y dinámicas metafísicas tradicionales, exacerbando la determinación de los alcances, límites y articulaciones de y entre cada una de tales dimensiones, como si ellas estuvieran, desde ya, preconfiguradas en su manera de darse a la experiencia y a-la-vista.
Giorgio Agamben / Las dos caras del poder 4: anarquía y política
Filosofía, PolíticaFue un constitucionalista alemán de finales del siglo XIX, Max von Seydel, quien planteó la pregunta que hoy suena ineludible: «¿qué queda del reino si le quitas el gobierno»? En efecto, ha llegado el momento de preguntarse si la fractura de la máquina política de Occidente ha alcanzado un umbral a partir del cual ya no puede funcionar. Ya en el siglo XX, el fascismo y el nazismo habían respondido a esta pregunta a su manera mediante el establecimiento de lo que con razón se ha llamado un «Estado dual», en el que el Estado legítimo, fundado en la ley y la constitución, está flanqueado por un Estado discrecional que sólo está formalizado parcialmente y la unidad de la máquina política es, por tanto, sólo aparente. El Estado administrativo en el que se han deslizado más o menos conscientemente las democracias parlamentarias europeas no es, en este sentido, técnicamente más que un descendiente del modelo nazi-fascista, en el que los órganos discrecionales ajenos a los poderes constitucionales se sitúan junto a los del Estado parlamentario, vaciado progresivamente de sus funciones. Y es ciertamente singular que una separación de reinado y gobierno se haya manifestado hoy incluso en la cúspide de la Iglesia romana, en la que un pontífice, viéndose incapaz de gobernar, ha depuesto espontáneamente la cura et administratio generalis, conservando su dignitas.
