Rodrigo Karmy Bolton / Mutación feudal

Filosofía, Política

El llamado nuevo “realismo político” se revela, así, como una especie de realismo de la crueldad donde la “realidad” de la crueldad, lejos de ser un “dato natural”, es un agenciamiento estratégico, es decir, la realización de una crueldad: su puesta en obra desde la impotencia del poder para reducir el mundo a una economía bajo su comando soberano. Junypero Loyola

I

En su última columna publicada recientemente en CIPER, titulada Venezuela y nuevo orden internacional1 el destacado economista José Gabriel Palma ofrece una lectura clave respecto de la mutación que se despliega antes nuestros ojos. Para esto, Palma inicia con una crítica al análisis reduccionista presente tanto en las derechas como en las izquierdas, según el cual, la intervención trumpista habría tenido lugar para iniciar un proceso de transición democrática (versión de derechas) o bien, dicha intervención habría servido exclusivamente para apropiarse y extraer el petróleo (versión de izquierdas). Frente a los análisis reductivos de ambas posiciones, Palma avanza otra tesis que llamaremos, la mutación: en su perspectiva, la cuestión de fondo que pone en juego la intervención trumpista de Venezuela, con la inacción tanto de Rusia como de China, no parece ser solo el aislamiento económico y político de Cuba en función del posible desmantelamiento de su régimen por parte de las fuerzas estadounidenses, sino una destrucción de largo alcance del orden internacional vigentes desde finales de la Segunda Guerra Mundial en función de instaurar otro orden no basado en el liberalismo imperial y el derecho sino en la restitución de un neofascismo necesariamente imperial bajo la mano de la fuerza. De esta forma, Palma argumenta que Rusia podría quedar tranquila con su influencia sobre las ex repúblicas soviéticas como Ucrania, China podría no ser molestada con la anexión de Taiwán, Israel con Medio Oriente y los Estados Unidos –premunidos de su antigua doctrina Monroe- con el llamado “hemisferio occidental” que, por cierto, incluye la totalidad de Latinoamérica. La tesis de Palma es interesante y rigurosa porque ofrece una mirada más amplia para analizar los fenómenos globales. Mi lectura se apuntala en la suya. Pero pretende enfatizar los diversos planos de la mutación acontecida situando la noción, absolutamente provisoria de imperialismo feudal, junto al énfasis sobre la industria cibernética como una función teológica decisiva, en la medida que orienta sus dispositivos a la captura de la vida, es decir, del alma, que provee de nueva vida a la máquina para posibilitar su paso hacia la segunda fase global: la del imperialismo feudal. Por cierto, esta columna no tiene más que un sentido experimental, en el sentido que todas sus conclusiones necesariamente han de ser provisorias.

Junípero Loyola / El Rey Lobo. Tel Aviv, Washington, Berlín y Santiago de Chile

Filosofía, Política

SEGUNDA PARTE. BERLÍN, SANTIAGO DE CHILE

La Fuerza Pública (…) representa la organización que el Estado se ha dado para el resguardo y defensa de su integridad física y moral y de su identidad histórico-cultural. (Augusto Pinochet)1

Esta lógica fascista, en sentido amplio, fue esencial en la filosofía esotérica del hitlerismo, a comienzos del siglo XX. La Sociedad Thule (Thule-Gesellschaft), un grupo ocultista alemán que en aquel entonces tuvo fuerte influjo sobre el nazismo, inseminaba la mitología de la “raza aria”, “quinta raza raíz descendiente de los atlantes” (una adaptación de la teosofía de Helena Blavatsky), así como el de la “patria hiperbórea” (Thule), que no era un lugar geográfico, sino un símbolo abstracto de pureza espiritual en el extremo norte del planeta. El racismo, además, se entendía no sólo desde la “ciencia de la raza” de la época, sino también desde la concepción de un “racismo esotérico”, según el cual el judío no era sólo un “enemigo racial” en sentido biológico-político, sino una “fuerza metafísica corruptora del espíritu ario” (antisemitismo esotérico): el judaísmo representaba la “contra-raza” que encarna el materialismo (apego a lo corporal, concreto), versus el espiritualismo ario (dedicado a símbolos abstractos: origen, destino, honor, espíritu). En consecuencia, el cuerpo judío —y luego el eslavo, gitano, no-heterosexual, comunista, discapacitado, etc.— era un obstáculo material (contaminación degenerativa física, estética, moral e intelectual) para la realización del símbolo abstracto y su teleología: la raza aria como realidad espiritual. Todo esto se alineó, por supuesto, desde fines de los años veinte, con la “metafísica de la sangre” de Alfred Rosenberg: la sangre como vehículo del alma racial. La sangre no sería un mero fluido biológico, sino un símbolo espiritual que porta el “alma étnica”, de modo que los cuerpos individuales sólo importan como portadores de esa sangre simbólica: como corolario, el sufrimiento corporal es irrelevante si sirve a la purificación de la sangre racial (símbolo abstracto). En efecto, las SS (Schutzstaffel, Escuadrón de Protección), bajo su aspecto de aparato policial-militar dirigido por Heinrich Himmler, funcionaba como “orden esotérica”, y tenía bajo su comando a la Ahnenerbe (Forschungsgemeinschaft Deutsches Ahnenerbe, Sociedad de Estudios de la Herencia Ancestral Alemana), que entre otras cosas buscaba vehementemente “artefactos simbólicos” (Santo Grial, Lanza de Longinos) para “activar el poder espiritual ario”. En el Castillo de Wewelsburg, en el norte del Estado federado alemán de Nordrhein-Westfalen, Himmler estableció un centro de rituales SS donde se practicaba una suerte de religión que reemplazaba al cristianismo (considerado “judaizado” por su compasión por los débiles), y, en ese contexto, los cuerpos de los oficiales SS eran vistos como “templos del espíritu ario”, mientras los cuerpos “inferiores” eran considerados descartables, sacrificables, matables impunemente.

Junípero Loyola / El Rey Lobo. Tel Aviv, Washington, Berlín y Santiago de Chile

Filosofía, Política

PRIMERA PARTE. TEL AVIV, WASHINGTON

Los líderes de Israel son como lobos que devoran a su presa, derramando sangre, destruyendo vidas para conseguir ganancia ilegal. (Ezequiel 22:27)1

Desde hace unos cinco meses atrás he oído circular, entre una parte importante de la base de apoyo MAGA de Trump que son los conservadores protestantes, una suerte de doctrina teológica al uso popular: la del “rey lobo”. Trata de la figura de un líder terrible y violento, que se comporta como un “lobo”, pero que, a diferencia de los lobos normales, protege al rebaño y no lo ataca. Aunque se tratara de una figura cruel, implacable y pecadora, se trataría al mismo tiempo de un enviado de Dios para cumplir una misión que es más importante que sus pecados: Dios juzgará los pecados de Trump post mortem, pues su misión en vida —proteger al (“verdadero”) pueblo de los Estados Unidos y a la “civilización judeo-cristiana occidental”— es más importante que la purificación de sus propios pecados y la salvación de su alma. Este va a ser uno de esos nuevos viejos secretos juicios de la razón común, hoy algoritmados, por los que no va a ser precisamente este sector evangélico y sionista el que cuestione su apoyo a Trump por el caso Epstein, así como tampoco su apoyo al genocidio palestino perpetrado por el sionismo estatal israelí, pues son millones de cristianos que acogen la doctrina de que Israel es “el pueblo elegido” en un sentido que avala la excepcionalidad de un proyecto estatal-colonial etno-racial con garantía divina, nada menos.

Maurizio Lazzarato / ¡Combatir la máquina genocida! Repensar el dos, la división, la revolución

Filosofía, Política

¡El neoliberalismo nunca ha existido!

El paso del fordismo al llamado neoliberalismo se produce a través del despliegue de la «potencia de lo negativo», ejercida no por individuos —como querría el liberalismo— sino por Estados, instituciones, monopolios, grupos sociales, partidos políticos, fuerzas militares, etc. La afirmación de un nuevo sistema económico‑político‑militar se realiza ante todo a través de la destrucción: negación de las clases tal como habían salido de la Segunda Guerra Mundial (tanto las clases revolucionarias del Sur del mundo como las comprometidas en luchas más reformistas, pero también las clases dominantes de inspiración keynesiana); negación de los dispositivos económicos de los «treinta años gloriosos» (el funcionamiento de la moneda, del salario, del welfare, de los servicios públicos, etc., según los principios keynesianos); negación de las instituciones de aquella época, en particular de la democracia, juzgada incompatible con el capital; negación de la cultura del «compromiso» instaurada en la posguerra.

Solo recordamos aquí algunas fechas «simbólicas» (y los acontecimientos que se les vinculan) de este proceso al mismo tiempo de negación y de afirmación, describible como una larga serie de decisiones, amenazas, intimidaciones, chantajes, guerras civiles, imposiciones unilaterales fundadas en la fuerza del imperio estadounidense. A diferencia de la transformación en curso, de la revolución conservadora de los años setenta y ochenta tenemos todos los documentos necesarios para hacer un balance de su desarrollo y podemos constatar fácilmente que se trata de la matriz de nuestro presente.

Javier Agüero Águila / Soberanía, guerra y violencia plástica

Filosofía, Política

Comencemos con la siguiente cita de Horacio Potel:

No hay un centro, ni un original que funde las repeticiones, no existe el antepasado primordial, el origen primigenio. No hay origen que pueda servir para identificar el original del suplemento, ni para dominar su diseminación. Lo que reemplaza al centro-origen es una prótesis, un parásito, un suplemento1

¿Qué es lo que nos dice Potel cuando indica que no existe algo así como un origen que funde las repeticiones? Se piensa que no habría un punto de partida, una economía absoluta que aglutine al pasado, que condense un presente y que repercuta en un futuro dándole forma. El origen siempre remitirá a otro y es imposible rastrear su primer impulso. Si pensamos en la guerra, ésta no tendría ni ascendencia ni descendencia, no obstante, parece heredarse a sí misma reproduciéndose en un incesante espiral histórico.

Giorgio Agamben / Moneda y memoria

Filosofía, Política

Moneta, el término latino del que deriva el nuestro, proviene de moneo, «recordar, pensar», y era originalmente la traducción del griego Mnemosyne, que significa «memoria». Moneta se convirtió así en Roma en el nombre del templo en el que se celebraba a la diosa de la memoria y se acuñaba la moneda. Es a partir de este nexo etimológico entre la moneda y la memoria que deberíamos considerar el resurgimiento actual de los debates sobre la abolición de la moneda única europea y la recuperación por parte de cada país de su moneda tradicional. Bajo la urgente cuestión «monetaria» se esconde una cuestión no menos urgente de memoria, es decir, nada menos que el redescubrimiento de la memoria propia de cada uno de los países europeos que, al renunciar a la soberanía sobre su moneda, han abdicado sin darse cuenta, en cierto modo, también de su patrimonio de recuerdos. Si la moneda es ante todo el lugar de la memoria, si en la moneda, en cuanto que puede pagar todo y sustituir todo, está en juego para el individuo y para la colectividad el recuerdo del pasado y de los muertos, no es de extrañar entonces que en la ruptura de la relación entre pasado y presente que define nuestro tiempo surja con ineludible urgencia el problema monetario. Cuando un ilustre economista declara que la única forma que tiene Francia (como quizás cualquier país europeo) de salir de su crisis es recuperar la autoridad sobre su moneda, en realidad está sugiriendo a ese país que recupere la relación con su propia memoria. La crisis de la comunidad europea y de su moneda, que ya está a las puertas, es una crisis de la memoria, y la memoria —no hay que olvidarlo— es para cada país un lugar eminentemente político. No hay política sin memoria, pero la memoria europea es tan inconsistente como su moneda única.