Chile atraviesa, bajo el «gobierno de emergencia», una ceremonia fúnebre sin difunto: una sociedad vestida de negro que no sabe a quién vela, y no puede pensar el sentido del velatorio. Se administra la urgencia como quien custodia la contabilidad del presente: se declara una lengua permanente. Todo se vuelve excepción y, por lo mismo, nada se explica. La emergencia, como lengua neutralizadora del deseo, no promete salir de la emergencia, sino su continuación ordenada. Al tiempo que se expande el expediente iliberal como inmunización retórica.
Se dirá que las «emergencias» pasan. Las que pasan, en verdad, no son «emergencias»: son accidentes. Giorgio Agamben (2004) lo formuló con una exactitud incómoda: la excepción que se invocaba como provisoria se instala como «paradigma de gobierno», y la ley aprende a convivir con su propia suspensión, como con un vecino de toda la vida. Chile habita esa zona de indeterminación donde lo extraordinario se hace «domicilio», una manera de residir en el pánico por costumbre y no por convicción.
