Una ciudad es mucho más que una ciudad. Es más que esquinas, semáforos, gentes de todo tipo o bebés naciendo en hospitales públicos o clínicas privadas. Una ciudad va más lejos de sus edificios, de sus plazas; la ciudad no es, bajo ningún punto de vista, un puro cuadriculado de calles perfecto que permite ser transitada y entonces evitar que los automóviles se estrellen unos con otros; una ciudad es más que iglesias, poderes del Estado, cines, bibliotecas, casas de buenas o malas familias o aquel breve radio donde duerme el vagabundo alcohólico.
Una ciudad es mucho más que una ciudad. No es el pacto con la rutina del trabajo ni la anárquica temporalidad del cesante; no es tan solo un lugar para hacer el amor o asesinar, o sobrevivir o, al final, simplemente, estar. Una ciudad no es únicamente el espacio para ser subordinados, o rebeldes o para liberar una idea; para levantar una revolución o para callar de cara a la miseria de su propia devastación. No es posible que una ciudad vaya solo del clima, del turismo y de sus Centros Regionales de Abastecimiento; de vecinos que asedian o de voces bíblicas que perforan a sangre fría. Una ciudad no son saberes, universidades, personas incultas, cultas, aristócratas, vagos, trenes. No es el estrado en el que alguna vez te paraste, miraste de frente y dijiste una que otra verdad considerada, por ti, esencial. No es la zona de los aplausos, la región de los errores, la promesa de una memoria que nunca terminará de escribir su testamento.
