Mauro Salazar J. / Más allá del capitalismo académico: alumno-prompter y académico-performativo

Filosofía, Política

Este ensayo sostiene una tesis única y la despliega en cinco movimientos. La tesis que se sirve de los análisis de Benjamin Bratton, es que la universidad contemporánea —particularmente la chilena— no ha sido deformada por la infraestructura tecno-computacional, sino absorbida por ella como una de sus capas funcionales, y esa absorción produce, por diseño y no por accidente, una forma específica de captura epistémica que el capital cultural no atenúa sino que intensifica. Los cinco movimientos que siguen hacen visible esa tesis desde ángulos complementarios: la escena del alumno-prompter y el académico-performativo como figuras complementarias del mismo régimen. El hilo que recorre los cinco movimientos no es nostálgico ni propositivo: es diagnóstico. No se propone aquí salvar la universidad; se propone describir con precisión lo que ya ha dejado de ser, para que al menos la descripción no colabore con la farsa.

I. La escena — descripción antes de teoría

Hay una escena universitaria que conviene describir antes de intentar teorizarla, porque sólo describiéndola con detalle se hace visible lo que en ella ocurre. La escena tiene dos figuras. Una es el alumno que ya no lee, que nunca leyó, quizá, en el sentido fuerte del verbo, y que recibe de la inteligencia artificial no un texto sino un efecto de texto, una superficie lingüística que cumple la función social del texto sin exigir nada de lo que el texto, en otra época, exigía: tiempo, permanencia, reelaboración, interioridad. La otra figura es el académico que ha convertido el libro en objeto performativo (hiper-visibilidad): no el libro como texto que se lee y se discute, sino el libro como insignia, como índice de estatus, como soporte material de una coreografía del prestigio donde lo que importa no es la circulación del pensamiento, sino la escenografía relacional. Entre ambas figuras —y esto es lo decisivo— no hay oposición sino complementariedad estructural.

Giorgio Agamben / La gramática de Occidente

Filosofía, Política

En un ensayo de 1942, Louis Renou podía afirmar que «en la base del pensamiento indio hay razonamientos de orden gramatical». Las tres categorías en las que, según la filosofía india, se articula toda la realidad —sustancia, cualidad, acción— derivan indiscutiblemente del análisis gramatical del lenguaje: nombre, adjetivo, verbo. La gramática de la lengua sánscrita de Panini y el comentario de Patañjali preceden, de hecho, a la mayor parte de los textos filosóficos indios.

Cabe preguntarse en qué medida esto vale también para la filosofía griega que está en la base de nuestra cultura. A esta hipótesis parece oponerse la tradición que atribuía a Platón y Aristóteles el descubrimiento de las partes del discurso y, en consecuencia, la invención de la gramática. La oposición se atenúa y desaparece en cuanto se entiende que lo que de este modo se sugería era que, para poder ser filósofos, Platón y Aristóteles antes tuvieron que ser gramáticos.

Giorgio Agamben / La infancia de Adán

Filosofía

No se comprende la concepción que nuestra cultura se hace del ser humano si no se recuerda que en su base está un hombre sin infancia: Adán. Según la narración del Génesis, el hombre que el Señor crea y coloca en el jardín del Edén es un adulto, a quien Él habla y da mandamientos, y para el cual crea una compañera para que no esté solo. Y solo un adulto, y desde luego no un in-fante, podía dar un nombre a todos los animales del jardín.

No sorprende que un ser sin infancia no pueda permanecer inocente y esté fatalmente destinado a la culpa y al pecado. Quizá el pesimismo que condena al Occidente cristiano a remitir siempre al futuro la felicidad y la plenitud proviene de esta singular carencia, que hace de Adán un ser constitutivamente privado de infancia. Y acaso sea por esta falta más originaria que cualquier pecado que, por una parte, la infancia es para cada uno de nosotros el lugar de la nostalgia de la felicidad imposible y, por otra, en la organización social, una condición defectuosa que hay que disciplinar y amaestrar a toda costa. Y si el psicoanálisis ve en el niño al sujeto oculto de toda neurosis, ello se debe quizá precisamente a que en alguna parte actúa en nosotros el paradigma adánico de un hombre sin infancia.

Gonzalo Jara Townsend / Apuntes sobre el tiempo de la revuelta y sus implicaciones en la revolución y la reacción desde Furio Jesi

Filosofía, Política

El encanto de la revuelta radica ante todo en su inmediatez e inevitabilidad: debe suceder de manera ineludible. El tiempo está suspendido: lo que es, es de una vez por todas. Al igual que en la alquimia, si el experimento falla, significa que no se era lo suficientemente consciente y puro. Habrá otra suspensión del tiempo, mil otras suspensiones del tiempo, y tal vez alguna vez se será lo suficientemente consciente y puro. Furio Jesi, Lectura del barco ebrio de Rimbaud.

Existe un debate pendiente sobre el fenómeno de la revuelta, que debe ir más allá de su lectura romántica que se centra en los “afectos”. Para abordarlo, es necesario releer a Furio Jesi desde una perspectiva política, evitando la interpretación que lo separa completamente de la revolución o la reacción. Para comenzar, podríamos aseverar que la revuelta no puede entenderse como suspensión mágica del “tiempo histórico”, ni como un fenómeno explicable por una causa única o un origen determinado.

Desde un enfoque crítico, la revuelta debe ser analizada a partir de sus consecuencias concretas y posibles, no desde explicaciones causales abstractas. Buscar un “origen” —como el “neoliberalismo” o la “desigualdad”— simplifica un fenómeno complejo y limita su comprensión. En este sentido, se debe aceptar que la revuelta rompe con la lógica lineal de “causa” y “efecto”, exigiendo una evaluación “situada” en el tiempo y el espacio, que permita un análisis dinámico y no esencialista de su acontecer.

Gerardo Muñoz / Pintar el paraíso

Arte, Estética, Filosofía

El «Paraíso» (1445) de Giovanni di Paolo es un pequeño y poco conocido cuadro sobre madera que en algún momento formó parte de un retablo de la catedral de Santa Dominica de Siena. A pesar de sus proporciones diminutas, esta impactante imagen del paraíso nos sitúa ante una coreografía de encuentros con los muertos, como si el cielo no fuera una mera etapa superior en la secuencia de la salvación, sino un territorio que continúa cultivando, de forma ininterrumpida, el habla de “esta vida”. Mediante una composición sencilla y rítmica, rodeado de cítricos y vegetación y animales, Di Paolo ofrece al espectador un estado paradisíaco que no se centra en la gracia absoluta ni en un mundo bañado de una irresistible encantación; sino en algo que, en su pobreza aparente, revela la proximidad, cara a cara, con un otro, quizás un amigo, un amante, o un ángel. En ese encuentro el habla es silenciosamente redimida. Si recorremos con la vista todas las figuras del cuadro es como si se confirmara aquella bella intuición de Robert Antelme en cuanto a que “la única trascendencia es la relación entre los seres”, alma a alma. Y no otra cosa es la textura pictórica de este paraíso que trasciende la vida porque retorna al encuentro. Aquí podemos definir el paraíso terrenal como ese espacio donde se dispensa la trascendencia porque, ante todo, acoge el cometido de aquello que nos ha tocado.

Mauro Salazar J. / Una glosa a «Un espejo trizado». Circuitos y posiciones de las modernidades Ensayo sobre cultura, política y modernidad periférica. (FLACSO, 1988)

Filosofía, Política

I. Cómo se rompió el espejo

Hay un momento en la historia intelectual de Chile donde la pregunta por la cultura deja de poder formularse en los términos heredados, no porque los términos se hayan agotado por desgaste conceptual, sino porque la violencia los rompió desde afuera, los devolvió fragmentados, obligó a su rearticulación desde los bordes. Ese momento no es un instante puntual sino una lenta acumulación de fracturas superpuestas: el golpe de 1973, los años de silencio administrado por la dictadura, la emergencia de centros académicos privados como espacios de resistencia intersticial y, sobre todo, el largo proceso que en la segunda mitad de los años setenta y durante toda la década de los ochenta se denominará, con imprecisión productiva, «renovación socialista». En ese cruce de heridas y reformulaciones —donde la herida no es metáfora sino condición material de la escritura—, la obra de José Joaquín Brunner, y en particular el volumen de ensayos reunidos bajo el título «Un espejo trizado» (FLACSO, 1988), emerge como uno de los ejercicios más sostenidos de reconfiguración del análisis cultural en el cono sur latinoamericano.

La renovación socialista no fue un movimiento homogéneo ni produjo un programa articulado. Fue, antes que nada, un proceso de duelo intelectual: el duelo por la derrota del proyecto de la Unidad Popular, por la imposibilidad de sostener la teleología revolucionaria, por la erosión de los grandes relatos que habían organizado la política de izquierdas desde los años sesenta. El duelo no como estado sino como trabajo: la labor oblicua de quien debe seguir pensando con los fragmentos de lo que ya no puede sostenerse entero. En ese contexto, el marxismo deja de ser un instrumento de certeza científica para convertirse en un campo de interrogación abierta. La pregunta que se abre, y que Brunner asume con una urgencia que la escritura cifra pero no disimula, es ésta: si la revolución fracasó, si el paradigma leninista había mostrado sus límites operativos y sus efectos perversos, ¿desde qué lugar analítico puede pensarse la sociedad, la cultura, la política chilena? ¿Con qué herramientas conceptuales, extraídas de qué tradiciones, producidas bajo qué presiones institucionales?