Fue un constitucionalista alemán de finales del siglo XIX, Max von Seydel, quien planteó la pregunta que hoy suena ineludible: «¿qué queda del reino si le quitas el gobierno»? En efecto, ha llegado el momento de preguntarse si la fractura de la máquina política de Occidente ha alcanzado un umbral a partir del cual ya no puede funcionar. Ya en el siglo XX, el fascismo y el nazismo habían respondido a esta pregunta a su manera mediante el establecimiento de lo que con razón se ha llamado un «Estado dual», en el que el Estado legítimo, fundado en la ley y la constitución, está flanqueado por un Estado discrecional que sólo está formalizado parcialmente y la unidad de la máquina política es, por tanto, sólo aparente. El Estado administrativo en el que se han deslizado más o menos conscientemente las democracias parlamentarias europeas no es, en este sentido, técnicamente más que un descendiente del modelo nazi-fascista, en el que los órganos discrecionales ajenos a los poderes constitucionales se sitúan junto a los del Estado parlamentario, vaciado progresivamente de sus funciones. Y es ciertamente singular que una separación de reinado y gobierno se haya manifestado hoy incluso en la cúspide de la Iglesia romana, en la que un pontífice, viéndose incapaz de gobernar, ha depuesto espontáneamente la cura et administratio generalis, conservando su dignitas.
Filosofía
Giorgio Agamben / Las dos caras del poder 3: Reino y Gobierno
Filosofía, Política«Le roi règne, mais il ne gouverne pas«, «el rey reina, pero no gobierna». Que esta fórmula, que está en el centro del debate entre Peterson y Schmitt sobre teología política y que en su formulación latina (rex regnat, sed non gubernat) se remonta a las polémicas del siglo XVII contra el rey de Polonia Segismundo III, contiene algo así como el paradigma de la estructura dual de la política occidental, es lo que intentamos mostrar en un libro publicado hace casi quince años. Una vez más, en su base se encuentra un problema genuinamente teológico, el del gobierno divino del mundo, a su vez expresión en última instancia de un problema ontológico. En el capítulo X del libro L de la Metafísica, Aristóteles se había preguntado si el universo posee el bien como algo separado (kechorismenon) o como un orden interno (taxin). Es decir, se trataba de resolver la drástica oposición entre trascendencia e inmanencia, articulándolas a través de la idea de un orden de entes mundanos. El problema cosmológico tenía también un significado político, si Aristóteles puede comparar inmediatamente la relación entre el bien trascendente y el mundo a la que une al estratega de un ejército con el ordenamiento de sus soldados y a una casa con la conexión mutua de las criaturas que viven en ella. «Los entes», añade, «no quieren tener una mala constitución política (politeuesthai kakos) y por ello debe haber un único soberano (heis koiranon«, que se manifiesta en ellos en la forma del orden que los conecta. Esto significa que, en última instancia, el motor inmóvil del Libro L y la naturaleza del cosmos forman un único sistema de dos caras y que el poder -ya sea divino o humano- debe mantener unidos los dos polos y ser tanto norma trascendente como orden inmanente, tanto reino como gobierno.
Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: Imagen
Estética, Filosofía, PolíticaHablábamos en torno a la imagen. Como no la teníamos presente, hablábamos de ella, cerca y acerca de ella. Quizás, por lo mismo, no buscábamos anclarnos a su centro trasladando a registro conceptual la presunta evidencia de su mensaje; de seguro, por lo mismo, tampoco soñábamos perdernos más allá de su periferia o proyectar nuestro eros desprovisto de objeto como si la imagen fuera un mero recipiente vacío y dispuesto a satisfacer esa voluntad que le concedería absoluto sentido desde cada sujeto. No se trataba de lo uno ni de lo otro; se trataba de lo uno y de lo otro, pero en cuanto otro más: de un indelineable. Indelineable sobre y más allá del cual el encuentro entre la consistencia irrefutable de lo representado (por ejemplo, el perro hundiéndose en Goya, que no puede dejar de ser un perro) y el deseo espontáneo de interpretarlo para sobreinterpretarlo y transgredirlo (la angustia ante una irremediable vejez, que es la vejez de Goya pero también de la pintura figurativa y del arte al servicio de la Corte) fricciona su propio abrazo, hunde el encuentro de dos dimensiones en una profundidad turbia, opaca y resistente, donde quienes se abrazan, quienes se tocan, saben que sólo han de abrazarse porque en el otro hay algo intocable que dicho abrazo quiere y no puede tocar.
Conversaciones a la intemperie / Infancia y ceguera de Carlos Casanova
FilosofíaEn Ficción de la razón presentamos Conversaciones a la intemperie, conducido por Gerardo Muñoz. En esta ocasión, se conversa sobre el libro Infancia y Ceguera: tentativas sobre la ejercitación o de acerca de las artes de hacer (Ediciones La Cebra, 2022) de Carlos Casanova. Participan Mauricio Amar, Sergio Villalobos-Ruminott, Gerardo Muñoz, y el autor.
Joaquín Pérez Arancibia / Que yo sepa, nadie ha muerto por llorar
Estética, FilosofíaEsta (nuestra) época apropió un discurso acerca de la felicidad, el estar-bien-por-sobre-cualquier-cosa que probablemente trastoca nuestra más íntima capacidad de sufrir, y con ello, de sanar. Como si fuésemos dos polos de una misma dimensión, o dos caras de una moneda, o la luz y la sombra de un objeto, se volvió primordial evidenciar, dejar registro tangible, de aquello que solamente alumbra artificiosamente nuestros sentidos. Y quizás ni siquiera eso: de la capa más superficial de nuestros sentidos, esa capa donde todo entra ligera y rápidamente en la comprensión de los sujetos. La dificultad, la complejidad y la perplejidad no tiene admisión, son totalmente expatriados de aquella nacionalidad mainstream que es la felicidad/facilidad vacía. ¿En qué momento, dentro de aquella estética cotidiana del día a día, condenamos al exilio a aquel dolor que sin duda nos permite constituirnos como ser humano?
Giorgio Agamben / Las dos caras del poder 2: política y economía
Filosofía, PolíticaEs bien conocida la frase lapidaria que pronunció Napoleón al reunirse con Goethe en Erfurt en octubre de 1808: Le destin c’est la politique: «el destino es la política». Esta afirmación, perfectamente inteligible en su momento, aunque aparentemente revolucionaria, ha perdido totalmente su sentido para nosotros hoy. Ya no sabemos lo que significa el término «política», y mucho menos soñamos con ver en ella nuestro destino. El destino es la economía» es más bien el estribillo que los hombres llamados «políticos» nos repiten desde hace décadas. Y, sin embargo, no sólo no renuncian a llamarse a sí mismos tales, sino que los «políticos» siguen llamándose a sí mismos los partidos a los que pertenecen y los «políticos» se declaran a sí mismos las coaliciones que forman en los gobiernos y las decisiones que no cesan de tomar.
