Resulta sintomático notar cómo durante estos últimos años la -así llamada- esfera de opinión pública se ha caracterizado por un acelerado copamiento discursivo. Si, según el sueño del liberalismo habermassiano, la opinión pública moderna estaba destinada a constituir un terreno capaz de garantizar tanto la discusión y la deliberación racional, como el ejercicio y perfeccionamiento del Estado de Derecho, de la libertad de expresión y de una cultura democrática al amparo del ideal de la autonomía subjetiva, durante la última década tal sueño ha quedado definitivamente sepultado. La opinión pública, en tanto esfera presuntamente autónoma y posibilitante del ejercicio de la propia autonomía subjetiva, ya no va más: ha extraviado -en caso de alguna vez haber contado con ellas- sus propias condiciones de posibilidad: el carácter crítico de la racionalidad.
Neoliberalismo
Joaquín Pérez Arancibia / Que yo sepa, nadie ha muerto por llorar
Estética, FilosofíaEsta (nuestra) época apropió un discurso acerca de la felicidad, el estar-bien-por-sobre-cualquier-cosa que probablemente trastoca nuestra más íntima capacidad de sufrir, y con ello, de sanar. Como si fuésemos dos polos de una misma dimensión, o dos caras de una moneda, o la luz y la sombra de un objeto, se volvió primordial evidenciar, dejar registro tangible, de aquello que solamente alumbra artificiosamente nuestros sentidos. Y quizás ni siquiera eso: de la capa más superficial de nuestros sentidos, esa capa donde todo entra ligera y rápidamente en la comprensión de los sujetos. La dificultad, la complejidad y la perplejidad no tiene admisión, son totalmente expatriados de aquella nacionalidad mainstream que es la felicidad/facilidad vacía. ¿En qué momento, dentro de aquella estética cotidiana del día a día, condenamos al exilio a aquel dolor que sin duda nos permite constituirnos como ser humano?
Mauro Salazar J. / Distopías del progresismo. Crónica de los desbandes
Filosofía, Políticaa la comunión de los expertos.
La derrota de la izquierda reformista en 1973 y la sobreabundancia de mitos, leyendas y disputas hermenéuticas. La vía italiana y las lecciones extraídas desde la Unidad Popular. Enrico Berlinguer y su célebre «Lecciones de Chile«, advirtiendo que la «vía pacífica» carecía del momento hegemónico. El ineludible tributo a la obra de Antonio Gramsci allende los andes. Los años del plomo en Italia y la caída del «compromesso Storico» tras el secuestro de Aldo Moro (DC) a manos de las “brigadas rojas”. La experimentación del Eurocomunismo y la irrupción de los teóricos del éxodo bajo el (post)operaismo -Negri y un largo exilio- para contrarrestar la crisis del obrero masa, y la debacle insalvable del marxismo vulgar.
Alejandro Fielbaum S. / Carteles de izquierda
Filosofía, PolíticaTodos los hombres se ríen de los peces de colores y Charlot se llora de los peces de colores. (Federico García Lorca, La muerte de la madre Charlot)
I. En los años gloriosos del cine mudo estadounidense, los dos cómicos más importantes se dieron un curioso desafío: Buster Keaton y Charles Chaplin compitieron por quién podía dirigir un largometraje con menor cantidad de carteles, esos que indicaban con palabras escritas lo que la actuación de ellos y sus colegas no podían mostrar. Pese a la supuesta rivalidad que se ha querido ver entre ambas estrellas, se trataba de una disputa amistosa: solo se podría desafiar a una competencia tan exigente a quien se respeta, asumiendo de paso que ella solo podría mejorar la producción del otro.
Mauro Salazar J. y Carlos del Valle R. / La Abuela amargura: goces del capital y progresismos laxos
Filosofía, PolíticaNo se puede hablar de imágenes, sin hablar de cenizas. Georges Didi-huberman
Nuestro Reyno, que vive de las mercancías efímeras,ha domiciliado en su atribulada vida cotidiana, la saturación mediática y la fragmentación como formas que renuevan la producción y liberalización de los consumos visuales. Ello sucedeen el atardecer del Chile post-octubrista (vértigos destituyentes), cuestión que, nuevamente, nos recuerda la imposibilidad de una distancia entre facticidad y pensamiento crítico. Esta trama se asemeja a los espejos rotos de Borges (luz y sombra). En 1977, el escritor argentino sostenía, “Yo de niño temía que el espejo me mostrará otra cara que ocultaría algo sin duda atroz”. Ciertamente, cuando cae la unidad de la imagen, nadie quiere verse retratado en aquella desemejanza macabra que proyectan las «transiciones adulteras» en la región que, sin restañar, perpetraron impunidades normativas y vidas de derechas. Huelga señalar que aquí el nihilismo -en su escena no originaria– sería la condición histórica de la “acumulación capitalista”. En un contexto de distopías no románticas y de valores sin sombras, se renueva el flujo de las mercancías. En lo parroquial, el personaje de turno –La Abuela– ha puesto el colofón para que la lengua política del congreso asuma su vileza en el grado cero de la “política representacional”. Para que los rostros se vean demacrados en el espejo de la locura cuando se ha consumado la liquidación de todos los referentes o fines últimos. De tal suerte, el virus de la hipersimulación -en plena autonomización- ha dislocado la diferencia de lo “verdadero” y lo “falso”, de lo “real” y lo “imaginario”. La hiperrealidad ha trastocado al Estado, coaliciones e ideologías, hegemonías, sujetos y derechos sociales desmantelados por el tiempo enloquecido del aceleracionismo. Toda vez que la obsolescencia programada del presentismo capturó el pensamiento crítico, instauró la trampa visual, e impide alcanzar algún «reparto de lo político», hemos asistido a la destrucción de la realidad en un Chile Post-Watergate. Fin de la metafísica. No hay trascendencia posible, salvo abrazar el mercado con los pecados de Caín. Ahí deviene un fondo espectral, donde se desliza la coreografía violenta de Pamela Jiles, con su personaje grisáceo, gestionando ficciones anti-elitarias, sodomías mediales y los deseos errantes que solo sabe gozar el capital.
Giorgio Agamben / Libertad e inseguridad
Filosofía, PolíticaJohn Barclay, en su profética obra Argenis (1621), definió en estos términos el paradigma de la seguridad que más tarde adoptarían progresivamente los gobiernos europeos: «O se da a los hombres su libertad o se les da seguridad, por la que abandonarán la libertad». La libertad y la seguridad son, pues, dos paradigmas antitéticos de gobierno, entre los que el Estado debe elegir cada vez. Si quiere prometer seguridad a sus súbditos, el soberano tendrá que sacrificar su libertad y, a la inversa, si quiere libertad tendrá que sacrificar su seguridad. Michel Foucault ha mostrado, sin embargo, cómo debía entenderse la seguridad (la sureté publique), que los gobiernos fisiocráticos, a partir de Quesnay, fueron los primeros en asumir explícitamente entre sus tareas en la Francia del siglo XVIII. No se trataba entonces -como ahora- de prevenir las catástrofes, que en la Europa de aquellos años eran esencialmente hambrunas, sino de dejar que se produjeran para intervenir inmediatamente después para gobernarlas en la dirección más útil. Gobernar recobra aquí su sentido etimológico, es decir, «cibernético»: un buen piloto (kibernes) no puede evitar las tormentas, pero cuando se producen debe ser capaz de gobernar su barco según sus intereses. Lo esencial en esta perspectiva era difundir un sentimiento de seguridad entre los ciudadanos, mediante la creencia de que el gobierno velaba por su tranquilidad y su futuro.
