1. Marguerite Duras, en un texto de 1980 titulado Los ojos verdes describía –con su laconismo tan propio y genial– el discurrir de su tiempo, o al menos de lo que ella experienciaba como su pasar por el mundo:
“El enrarecimiento de la actualidad y de la simultaneidad de uno mismo y del mundo se hace sentir cada vez más… ¿Y qué puedes hacer tú? Todo es distinto y, sin embargo, el truco está ahí. Tú sólo tienes que mirar, ¿entiendes?”.
El pasaje es desestabilizante a la luz de un individuo perplejo que no es capaz de definir su experiencia; la realidad rara, bizarra a los ojos verdes de quien la resiente como pura extrañeza, al tiempo que se concibe a sí mismo como una individualidad simultánea que se coordina con las variaciones también ingentes de una mundanidad revuelta. En breve, Duras nos habla de un individuo disuelto en una multiplicidad de roles exigidos por una existencia subordinada a la indefinición, atonal y sin rasgos; a no ser esto o aquello, sino, más bien, a quedar vacío en el tinglado infinito de posibilidades que se desparraman en el tartamudeo de las indecisiones, de lo indecible, de lo que no dispone de una secuencia básica que entregue una forma de habitar la vida; de existir más allá de solo vivir como resorte biológico natural.
