En los últimos días la ciudad ha descorchado una cadena de muertes en las plataformas del metro de Santiago. Cuerpos que se lanzan contra el acero con una frecuencia que ha dejado de ser anomalía para convertirse en un hecho cotidiano: una regularidad que apenas despierta sorpresa, sin siquiera sopesar la dimensión política de tanta distopía. La máquina neoliberal sigue funcionando porque ha naturalizado las patologías de la individuación. El sistema administrativo apenas registra notas. Y el armatoste medial mantiene un silencio que no es accidental sino deliberado. Lo que está en juego en cada cadáver es una pregunta política: ¿a quién permitimos morir en medio de tanta visibilidad?
Política
Giorgio Agamben / Estado y anomia II
Filosofía, PolíticaSi nos referimos a la doctrina contenida en la segunda carta de Pablo a los Tesalonicenses, podemos entonces decir, como ya hemos hecho en esta sección, que el catechón, el poder que retiene y retrasa el fin, que los Padres identificaban con las instituciones (el Imperio romano y la propia Iglesia), está hoy en crisis por doquier y asistimos, por tanto, al advenimiento del ánomos, de un poder sin ley que produce ruina y proclama ser Dios (por eso los Padres lo identificaban con el Anticristo).
Sergio Villalobos-Ruminott / Sobre mímesis disruptiva
Filosofía, PolíticaLa mímesis disruptiva implica una comprensión no restringida de la mímesis—entendida tradicionalmente como mera copia pasiva o reproducción subordinada al original— al transformarla en un espacio de intervención crítica, desestabilización y reconfiguración no identitaria. Este giro, anticipado por Walter Benjamin mediante su apelación a una facultad mimética ligada a las correspondencias mágicas y la experiencia profana, es también elaborado conceptualmente por Philippe Lacoue-Labarthe, quien desmonta la ontología de la presencia al definir la mímesis como una inestabilidad que es, a su vez, constitutiva del sujeto. En los ámbitos político y cultural, esta fuerza disruptiva se operacionaliza a través de la concepción de la performance de Judith Butler, donde la repetición paródica del género subvierte y expone el carácter construido de las normas hegemónicas; de la mimesis colonial (colonial mimicry) de Homi Bhabha, que describe la imitación de los colonizados como un simulacro defectuoso y amenazante (un “casi lo mismo, pero no del todo”) que fisura la autoridad colonial; y del entramado de mímesis y alteridad en Michael Taussig, donde el acto mimético es una facultad encarnada que permite asimilar lo ajeno, fusionando la copia con el poder del otro para subvertir las divisiones cartesianas occidentales. La mímesis disruptiva puede ser pensada también en relación con la noción de repetición de Gilles Deleuze, donde el acto mimético deja de ser una copia subordinada a un supuesto “original” para convertirse en la producción de una diferencia. En esta dinámica, la repetición no reproduce lo mismo, sino que desposee al original de su autoridad y libera la potencia del simulacro (las potencias de lo falso), generando devenires múltiples que subvierten las jerarquías de la representación clásica a través de un juego constante de variaciones e intensidades.
Carlos del Valle Rojas / Enemización. Notas sobre emergencia y gubernamentalidad
Filosofía, PolíticaPodemos partir de una premisa: la investigación en contextos mediales se ha vuelto difícil de eludir, porque el poder ya no se ejerce por la fuerza ni por el control de los recursos materiales, sino por la capacidad de producir sentido en redes neuronales a través de plataformas donde la experiencia es alogarítmica. Sobre este suelo se levanta la «enemización»: la operación por la cual los medios y buena parte de la (hiper) industria cultural se especializan en la producción de enemigos, dentro de un conflicto permanente por el estatuto de lo real. No es un exceso ocasional del discurso, sino una tecnología de poder que gobierna administrando la emergencia; instala un estado de amenaza sin tregua del que toda excepción parece surgir por necesidad. Su fuerza no proviene de mentir, sino de seleccionar qué se ve, qué se teme y a quién se responsabiliza, hasta que esa emergencia perpetua parece el orden natural de las cosas.
Aldo Bombardiere Castro / Segunda divagación acerca del Mundial de fútbol 2026: espectáculo, verdad, alegría
Filosofía, PolíticaEspectáculo
El Mundial ha terminado. Pero el carácter mundial del Mundial recién amanece. En efecto, hoy la fiesta del fútbol también transparenta las políticas de muerte que él mismo se empeña en administrar. La banalización espectacularizante, la hipercomercialización ante la cual la FIFA se prostituye sin ninguna vergüenza y el intervencionismo exacerbado a favor de ciertas selecciones y en desmedro de otras, en este Mundial han terminado por concordar plenamente con la banalización del lenguaje político y la estupidez de los grandes medios de comunicación, con la privatización y expropiación de los derechos sociales y, finalmente, con un sistema-mundo capitalista que ha consumado su destino ontológico. El Mundial expone el derrotero cúlmine del capitalismo imperial, exposición donde el término “cúlmine” debe ser entendido en sus dos sentidos: por un lado, en cuanto consagración cúlmine de su proceso de acumulación y concentración de capital por explotación de los hombres y devastación de la naturaleza; por otro, en tanto colapso implosivo que marca la última etapa anterior a su muerte. El Mundial, al igual que tantos otros fenómenos actuales de escala global (como la destrucción del sistema del Derecho Internacional, de la diplomacia política o de la misma Naciones Unidas), se torna expresión de la dinámica neofascista.
Paloma Castillo / Heredar la alegría
Filosofía, Política“Hay entonces una cita secreta entre las generaciones pasadas y la nuestra”. Walter Benjamin
Voy a empezar por lo luminoso, porque la otra coreografía me tiene cansada: el inventario minucioso de los fracasos y, al final, un pedacito de esperanza que parece sustentarse solo en la porfía. Así ha sido siempre, o al menos desde que tengo memoria. Esa estructura, la del sacrificio: sufrir ahora para merecer. Ese es precisamente el problema que arrastra la izquierda en la que crecí.
Pienso. La alegría primero. Una marcha de un millón de personas, ese instante en que uno mira hacia los lados y el estar entre muchos hace algo con la rabia: la vuelve soportable, legítima. Lo curioso es que eso —que es lo más vivo que nos ha pasado en años— el psicoanálisis suele leerlo con desconfianza: como masa, como pérdida del sujeto, como regresión. Hay buenas razones históricas para esa desconfianza; Freud escribió sobre las masas con el ascenso del nazismo de fondo. Pero Wilhelm Reich, que estudió la psicología de masas del fascismo desde dentro, advirtió algo que la izquierda de su época no quiso escuchar (y nosotros tampoco): que el fascismo le ganó el fenómeno de masas porque la izquierda lo despreció, porque trató la necesidad humana de pertenecer, de formar cuerpo con otros, como una debilidad a corregir en lugar de una fuerza a disputar. Esa advertencia sigue intacta. Cuando la izquierda desprecia el deseo de estar juntos, no lo elimina: se lo regala a otros, que sí saben qué hacer con él.
